miércoles, septiembre 13, 2017

CUATRO POEMAS DE UN ARBOL


CUATRO POEMAS



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Estos huesos brillando en la noche,
estas palabras como piedras preciosas
en la garganta viva de un pájaro petrificado
este verde muy amado,
este lila caliente,
este corazón sólo misterioso.

16
has construido tu casa
has emplumado tus pájaros
has golpeado al viento
con tus propios huesos

has terminado sola
lo que nadie comenzó

17
Días en que una palabra lejana se apodera de mí. Voy por esos días sonámbula y transparente. La hermosa autómata se canta, se encanta, se cuenta casos y cosas : nido de hilos rígidos donde me danzo y me lloro en mis numeroso funerales. (Ella es su espejo incendiado, su espera en hogueras frías, su elemento místico, su fornicación de nombres creciendo solos en la noche pálida.)

31
Es un cerrar los ojos y jurar no abrirlos. En tanto afuera se alimenten de relojes y de flores nacidas de la astucia. Pero con los ojos cerrados y un sufrimiento en verdad demasiado grande pulsamos los espejos hasta que las palabras olvidadas suenan mágicamente.




(Alejandra Pizarnik, del libro «Arbol de Diana », 1962.





EL ARBOL



CUATRO POEMAS DE UN ÁRBOL 




Fue durante los primeros años de la década del sesenta cuando Alejandra 
Pizarnik escribió los poemas del libro “Árbol de Diana”. Entonces vivía en París y 
le costaba aceptar el hecho de tener que trabajar para vivir: “Comienzo a darme 
cuenta. La economía existe. La política existe. Todo eso existe a causa de que yo 
no puedo pasarme el día leyendo y haciendo poemas. Pero aún me parece tan 
absurdo, tam irreal que yo tenga que trabajar para vivir...” (Diario, 11 de enero 
de 1961). Nace en Buenos Aires y publica sus primeros poemas a los veinte años. 
“Árbol de Diana” es para muchos su libro más importante. Publicado en  1962 por 
la editorial argentina Sur, cuenta con un prólogo de Octavio Paz en el que el poeta 
mexicano dice: “El Árbol de Diana es transparente y no da sombra. Tiene luz 
propia, centelleante y breve...”. El libro está compuesto por 38 poemas breves, de 
los cuales tomaremos cuatro para el análisis.  

El primero es una descricpión que la poeta hace de sí misma, alumbra su 
yo poético y dice lo que ve: “Estos huesos brillando en la noche / estas palabras 
como piedras preciosas..." Hasta aquí ella y la palabra, el poeta y su herramienta; 
de  la  fusión  de  ambos  nacerá  el  poema.  “Si  siento  algo  suavemente  benigno cuando escribo estos silencios o cuando surgen las imágenes de mis poemas no es 
el placer de crear sino el asombro ante las palabras.” (Diario, 25 de marzo del 
61) “...En la garganta viva de un pájaro petrificado / este verde muy amado / este 
lila  caliente  /  este  corazón  sólo  misterioso.”  Estos  versos  finales  comienzan 
hablando de algo tan importante para la poesía como lo es la voz; las palabras 
como piedras preciosas que nacen de una garganta viva pero que pertenece a un 
pájaro petrificado que es inevitablemente Alejandra, cosa que queda más que clara 
si volvemos a lo anotado en su diario aquel 25 de marzo del 61: “ Nada ni nadie 
en mí se atreve a moverse, a girar, a rodar. Nunca se pone en marcha. Nunca 
abre la boca sino es para morder el silencio. He sentido dolor y silencio. Sufro o 
estoy callada. Estar bien es ser al modo de una estatua.” El pájaro petrificado. 

“Como  toda  la  gente  realmente  interesante,  Alejandra  podía  ser 
enormemente  seductora  en  ocasiones  y  en  otras  provocar  un  visible  rechazo. 
Aquella noche ocurrió esto último. Sin embargo, algo en mi corazón me dijo que 
detrás  de  esa  adolescencia  mal  liquidada,  que  se  expandía  en  obscenidades  y 
palabrotas, había algo así como un pájaro cautivo de extraordinaria belleza.” Con 
estas  palabras,  Ivonne  Bordelois  describe  su  primer  encuentro  con  Alejandra 
Pizarnik, sucedido en París a comienzo de los años sesenta.  

El  segundo  poema  está  escrito  en  segunda  persona.  Hay  aquí  un  mirar 
desde la distancia que permite a la poeta ciertas comprobaciones: “has construido 
tu casa / has emplumado tus pájaros / has golpeado al viento / con tus propios huesos..."  Sea  tal  vez,  en  principio,  una  enumeración  de  logros,  o  un  breve 
inventario poético de sus años parisinos, que se cierra con un verso sobre la eterna 
soledad  del  poeta,  del  creador  que,  avanzando  a  ciegas  por  un  laberinto,  logra 
construir  una  obra:  “...has  terminado  sola  /  lo  que  nadie  comenzó.”  Nótese  la 
repetición de la palabra “Hueso” con relación al primer poema. Ahí son huesos 
que están “brillando en la noche” y aquí los mismo huesos golpean al viento. El 
hueso como lo que hay debajo de la carne, más allá de ella; tómese el doble uso de 
esta palabra como una posible manifestación personal de la profundidad corporal 
de donde nace la poesía de Pizarnik. 

Posterior a la publicación del libro, y cuando la amistad entre ambas había 
florecido,  Ivonne  Bordelois  –quien  había  participado  en  la  revisión  de  los 
originales- publica un artículo sobre “Árbol de Diana” en la revista Sur, el mismo 
que  fue  recibido  por  Alejandra  con  inocultable  entusiasmo  –al  punto  de 
proponerle a Bordelois hacerle llegar una copia a su madre-, como se comprueba 
en una carta escrita el año 63: “Releí, eso sí, tu maravillosa nota de Sur. ¿Se la 
mostraste a la madre de quien suscribe? Si te sobra un ejemplar dale una alegría 
enviándoselo o arrancá las paginas que nos conciernen”. (A. Pizarnik: “Nueva 
Correspondencia”). 

El tercer poema comienza con una breve y descriptiva narración de cómo 
nace  el  poema  y  la  transformación  que  este  nacimiento  produce  en  Alejandra: 
“Días en que una palabra lejana se apodera de mí. Voy por esos días sonámbula y transparente...” Y es ahí cuando se da la mística fusión entre poeta y palabra, 
Pizarnik se convierte entonces en... “La hermosa autómata –que...- se canta, se 
encanta, se cuenta casos y cosas: nido de hilos rígidos donde me danzo y me lloro 
en mis numerosos funerales...” Estamos frente a una poderosa imagen de lo que 
es, en el universo de Alejandra Pizarnik, la creación poética. El poema se cierra 
con  un  paréntesis  en  el  que  el  yo  poético  toma  una  vez  más  la  distancia  de  la 
segunda  persona,  para  observarse  y  describirse  en  ese  momento.  ¿Quién  es 
Alejandra Pizarnik cuando escribe un poema? “(Ella es su espejo incendiado, su 
espera  en  hogueras  frías,  su  elemento  místico,  su  fornicación  de  nombres 
creciendo solos en la noche pálida.)” 

Antes de pasar al cuarto y último poema que nos convoca, y para tener una 
idea más amplia del mismo o de las motivaciones que pudieron haber llevado a su 
escritura, propongo la siguiente cita de Pizarnik escrita en su diario en el mes de 
mayo  de  1962:  “Anoche  bebí  demasiado  porque  comí  con  unos  idiotas,  unos 
arquitectos –con sus mujercitas- que hablaban de aviones y del servicio militar en 
todos los países del mundo. Eran muchachos de veinicuatro a treinta años. (Odio 
a  la  gente  joven  –seria  y  estudiosa-  con  su  Porvenir  abierto  y  sus  miserables 
deseos de automóviles y departamentos. Los únicos jóvenes que acepto son los 
bizcos,  los  cojos,  los  poetas,  los  homosexuales,  los  viudos  inconsolables,  los 
frustrados,  los  obsesionados,  sean  condes  o  mendigos,  comunistas  o 
monárquicos, mujeres, hombres, andróginos o castrados.)” Vemos aquí la clásica 
postura de marginalidad que ciertos poetas asumen para con su tiempo, el divorcio con el estereotipo impuesto por su época. Pizarnik no es la excepción. Esta mirada 
crítica de la sociedad queda plasmada en los primeros versos de este poema: “Es 
un cerrar los ojos y jurar no abrirlos. En tanto afuera se alimenten de relojes y de 
flores nacidas de la astucia.” Pero Pizarnik no se queda en la queja vacía, en la 
pura lamentación del que nada hace. Tampoco abrazará alguna ideología desde la 
cual  hablar,  cosa  que  hubiera  sido  más  fácil  pues  hay  que  tener  en  cuenta  que 
“Árbol de Diana” fue publicado en una época en la que la llamada “Poesía Social” 
ocupaba las primeras planas. Lejos de victimizarse frente al peso de una realidad 
ante la cual poco le queda por hacer –recordemos lo “absurdo” e “irreal” que le 
parecía el hecho de tener que trabajar- la poeta encuentra en la palabra su forma 
de  ser  en  el  mundo:  “Pero  con  los  ojos  cerrados  y  un  sufrimiento  en  verdad 
demasiado grande, pulsamos los espejos hasta que las palabras olvidadas suenan 
mágicamente.” El uso en plural del verbo pulsar, nos dice que la poeta deja de 
hablar de sí misma para referirse en general a quienes usan la palabra como vía de 
sobreviviencia,  a  quienes  la  hacen  sonar  “mágicamente”,  los  poetas  en  quienes 
ella misma se reconoce. 

En febrero de 1963, Alejandra Piazarnik envía un ejemplar de “Árbol de 
Diana” a su respetado y admirado amigo Julio Cortázar y a su compañera; en la 
dedicatoria escribe: “A mis queridos Aurora y Julio, este pequeño Árbol de Diana 
prisionera. Esta promesa de portarme mejor a partir de hoy –25 de febrero de 
1963- y esta otra de hacer poemas más puros y hermosos – si me esperan...”  
 Alejandra  Pizarnik  publicaría  algunos  libros  más  en  los  siguientes  años. 
Entre  ellos  valga  citar  “Extracción  de  la  piedra  de  la  locura”  de  1968  y  “El 
infierno musical de 1971.  

“¿Por qué escribo? Para asombrarme, yo, que nada sé de las palabras.” 
(Diario. Junio de 1964) 

Murió en Buenos Aires en 1972. 



Ronald Vega – Pezo.   

BIBLIOGRAFÍA: 

-  Alejandra  Piazarnik.  Diarios.  Edición  a  cargo  de  Ana  Becciu. 
Editorial Lumen, segunda edición. 2005. 
-  Alejandra Piazarnik. Poesía Completa. Edición a cargo de Ana 
Becciu. Editorial Lumen. Cuarta edición. 2002. 
-  Nueva correspondencia Pizarnik. Edición de Ivonne Bordelois y 
Cristina Piña. Editorial Alfaguara. Primera edición. 2014.