jueves, octubre 20, 2005

EL DESIERTO DE LA VIDA

Crónica de un paseo campestre


EL DESIERTO DE LA VIDA
Crónica de un paseo campestre.


-¡Ronald! ¡Ronald!, despierta que se te va a hacer tarde.

La voz de mi madre me sacó de un profundo sueño. Eran las 8 de la mañana. Ya se me había hecho tarde. Quedamos en encontrarnos a esa hora en la puerta del colegio. Me vestí presuroso, fui a la cocina, preparé algo de comer y partí raudo con dirección a nuestro lugar de encuentro. Ahí encontré a Elizabeth, acompañada de su madre, Estephany y Álvaro, Abraham llegó minutos después, había ido a mi casa a buscarme. La madre de Elizabeth se fue, luego que le explicara algunos pormenores de nuestra salida, acto seguido, las dos inseparables amigas fueron a casa de Natalia, a unos pasos del colegio, volvieron con ella y nuestra comitiva inicial partió a la búsqueda de los/as restantes, comenzando por Gustavo que vivía a poca distancia de donde nos encontrábamos. El día, frío y gris, no era el más apropiado para una caminata, pero nuestra emoción era tan grande que nada podría impedir que ese sábado partiéramos a Lurín, puente Lurín como me explicaron luego, tal como lo habíamos decidido hacía dos semanas y confirmado el día anterior.

Durante las clases de tutoría se tocan temas relativos al desarrollo de los/as estudiantes en el aspecto académico, familiar y personal. Días atrás había estado pensando mucho en la idea de organizar un paseo con la finalidad de confraternizar, sentía mucha curiosidad por saber como se comportarían estando fuera del aula. Aquella mañana les propuse tener una salida al campo y recibí una respuesta positiva de la mayoría, salvo de dos chicas, una por cuestiones de permiso y otra por su preferencia a lugares urbanos, céntricos. A pesar de las respuestas positivas, durante las dos semanas que transcurrieron hasta antes de la fecha pactada no había notado la misma euforia del principio en mis alumnos/as, tomé esto como una de esas tantas cosas que se dicen y jamás se hacen, incluso, contrariamente a lo expuesto en aquella reunión, con el devenir de los días eran mas quienes se pasaban al bando de la duda que los que afirmaban su participación en el paseo.
Los viernes son, para mí, los días mas desasosegados en el colegio, si es que durante la semana puedo tener alguno de absoluta tranquilidad, pero los viernes son fatales, las dos últimas horas tengo taller de lectura con sexto grado de primaria y segundo de secundaria respectivamente, salones que, después de la supremacía de tercero de secundaria, considero los mas difíciles en cuestión de comportamiento. Aquel viernes cuando salía de mí clase en segundo tenía a cuarto año de secundaria en pleno esperándome en la puerta. La pregunta me pareció haberla oído al unísono.

- Profesor mañana vamos ¿no?



La madre de Gustavo – una mujer joven y dinámica, a quien conocí en la primera y única reunión que tuve hasta ese momento con los padres de familia – salió por la ventana del segundo piso para avisarnos, en un tono medio en serio medio en broma, que su hijo, al no haber cumplido con ciertas obligaciones del hogar, no podría acompañarnos. Luego apareció por la misma ventana el tío de Gustavo – a quien no pensaba volver a ver tan pronto ¡solo unas horas después! – quien con extraña comicidad entró en detalles sobre las obligaciones que su sobrino no había cumplido, estos detalles generaron la risa general en las féminas que nos acompañaban, no tanto así en los varones, quizás por un oculto sentimiento de solidaridad de género.
Mientras la familia de Gustavo negociaba su salida yo llamaba por teléfono a Martín, otro de los ausentes, a quien luego de escucharle todos los acontecimientos que le impedían venir con nosotros – el cumpleaños de una prima y otros asuntos familiares – le propuse volverlo a llamar en 20 minutos por una respuesta final, no sin antes reiterarle la importancia de nuestra actividad.
Con Gustavo entre nosotros y a la espera de la respuesta de Martín nos dirigimos a casa de Fernando, donde no hubieron mayores inconvenientes para que nos acompañe, uno de los chicos llamó a Martín, quien aseguró su presencia en menos de media hora, la alegría se dibujaba en nuestros rostros, pronto estaríamos, por fin, completos. Al volver con dirección al colegio nos topamos con una primera señal: Una rata muerta yacía en medio de la calle. Personalmente no soy muy amigo de los roedores, mas allá de las condiciones en que estos se encuentren. No pude ocultar mi pavor y tomé a Elizabeth del brazo corriendo con ella apresuradamente varios pasos más adelante. El hecho desató la risa de los/as presentes, en menos de media hora ya habíamos tenido dos grandes carcajadas.
Nos dividimos en dos grupos, a pesar de mis esfuerzos no pude evitar que esta división se haga entre varones y mujeres, los varones esperarían a Martín en el colegio y las mujeres se dirigirían a casa de Krisna con cuya presencia se completaría el grupo. En el camino conversaba con ellas sobre cosas del colegio y sobre la posibilidad de contar con la presencia de Krisna, bromeábamos mucho, entrábamos en confianza, sentía que lograba poco a poco aquello que me propuse cuando asumí la tutoría de este grupo de jóvenes, mimetizarme entre ellos rompiendo las relaciones verticales profesor – alumno/a para que así mi voz no sea escuchada desde abajo, ahora, después del paseo, creo que exageré un poco la mimesis.
Una chiquilla regordeta nos dijo, entre risas solapadas, que Krisna se sentía mal y no podría acompañarnos. No le creímos, ni ella misma creía lo que nos decía, al final, resignados tácitamente a la idea de no estar completos, preferimos no insistir.



El consejo estudiantil del colegio organizaba aquel viernes por la tarde la proyección de una película, esta actividad, destinada a recaudar fondos para la fiesta por el día de la juventud, contó con la asistencia mayoritaria de estudiantes de secundaria. Me encontraba con Fernando, Abraham y Álvaro ultimando los detalles para la salida cuando caí en la cuenta que no había solicitado el permiso respectivo a la dirección. Aprovechando la presencia del director en la actividad, lo abordé para hacer de su conocimiento la decisión que habíamos tomado.
Con más años de experiencia pedagógica que los que yo tengo ahora de vida, el profesor Jorge se esmeró en presentarme una detallada relación de las cosas que podrían pasar y los riesgos que correríamos. Me limité a asentir displicente sus reparos. Las entusiastas voces de mis alumnos/as comentando la salida, mientras bajábamos las escaleras tan solo unas horas antes, comenzaron a retumbar insistentes en mi cabeza.
Conocedor de la amplia estima personal y el cariño casi maternal que me tiene, acudí presuroso - luego de hablar con el director y cumplir mis responsabilidades con el consejo estudiantil -, a casa de la señora Mercedes, la subdirectora del colegio, buscando una voz superior que dé algún respaldo a la decisión tomada con los/as estudiantes. Para ejercer cierta presión – que en verdad jamás creí necesaria – fui acompañado por Abraham y Álvaro. Luego de darle una explicación detallada sobre lo acordado, la señora Meche –así le decimos cariñosamente todos/as en el colegio- dio su aprobación y una que otra bendición mientras nos retirábamos.

La confirmada inasistencia de Krisna no logró mellar nuestros ánimos, de una u otra manera era algo previsto. Cuando regresamos a encontrarnos con los demás ya Martín había llegado, el grupo se había completado casi una hora y media después de la hora fijada. Compramos algunas cosas que en ese momento considerábamos importantes, pilas para el discman de Abraham, rollo para la cámara de Martín entre otras cosas. Por fin emprendimos la partida con dos grandes ausencias, Krisna y Lourdes, la co-tutora del aula, quien llamó a Elizabeth la víspera para confirmar su inasistencia, de la ausencia de esta última me lamentaría silenciosamente horas mas tarde.
Caminamos bulliciosamente por las calles mojadas del jirón Sucre, cerca de la casa donde viví el tránsito entre la infancia y la adolescencia antes de mudarme a mi actual domicilio. Fernando me pidió enviar desde mi casa, muy cerca de donde estábamos, un mensaje de texto que consideraba de suma importancia, me negué – mas por no perder tiempo, que ya habíamos perdido bastante, que por no querer hacerlo- comprometiéndome con él a que llegando a nuestro destino yo mismo lo acompañaría a buscar una cabina pública donde pueda cumplir con el envío de tan importante mensaje.
Cuando estuvimos en la avenida principal detuvimos un colectivo, tomé la palabra utilizando el lenguaje coloquial en su máxima expresión. “Causa, china por mitra hasta la curva pe”, pagamos cada uno/a 50 centavos hasta el paradero de los carros a Lurín, los mismos que jamás tomamos por que de ahí decidimos emprender nuestra caminata. En el trayecto las bromas continuaban y sentía, con alegría indecible, que la confianza entre nosotros/as crecía cada vez más.

Caminamos unas cuadras, volteamos a la izquierda y el desierto de Pachacamac apareció ante nuestra vista como un calmado mar de arena que estábamos dispuestos a cruzar con rumbo a nuestro destino. Un camino asfaltado atraviesa el desierto en línea recta dividiéndolo en dos mitades tristemente iguales, una que da hacia el lado del distrito de Pachacamác y la otra hacia Lurín, por esta última transitamos diagonalmente.
Durante el camino noté que comenzaban a relacionarse estudiantes que por lo general en clase permanecen alejados, esos acercamientos me llenaban de una callada alegría. Tomé algunas fotos para retratar esos momentos sin imaginar los que estaban por venir.
La venta de chicharrones es uno de los atractivos principales de la ciudad de Lurín, cada fin de semana muchas familias limeñas vienen hasta este distrito donde los restaurantes campestres flanquean la autopista. Los vendedores de chicharrones se acercan a vehículos y peatones portando un trinche que tiene incrustado un atractivo pedazo de carne frita de cerdo.

Seducido por uno de estos vendedores, Gustavo propuso comer algo antes de continuar nuestro trayecto, a pesar de su insistencia la idea fue abortada por que era demasiado temprano para comer, ¡recién eran las 11 y media de la mañana ¡ Es increíble como avanza la hora sobretodo en los momentos que tanto se disfrutan, habíamos cruzado el desierto alegremente, fotografiándonos, riendo, conversando y algunos corriendo en medio de la arena. Nos detuvimos en unas ruinas que alguna vez habrán sido, supongo, murallas de una de las culturas pre-incas existentes en esta parte de Lima.
Del bullicio en la calle principal, vendedores de chicharrón, ambulantes y peatones, pasamos a la tranquilidad de una típica calleja provinciana, angosta y silenciosa, donde algunas vecinas y ocasionales transeúntes nos miraban con extrañeza. Al ser un grupo numeroso era inevitable no llamar la atención, alterando la tranquilidad de aquella bucólica zona.
Avanzamos algunas cuadras mas, siempre riendo, bromeando, hasta llegar a la última cuadra asfaltada de la calle, hicimos ahí, en las últimas tiendas de la zona urbana, nuestro aprovisionamiento antes de adentrarnos al campo. En ese momento, otras cosas consideramos importantes, sobretodo comestibles, líquidos y algunos dulces.
La idea inicial era caminar por la ribera del río, divertirnos, pero también hacer observación, conocer otras realidades cercanas a la nuestra, había esperado ansioso ese momento. Natalia, Elizabeth y Estephany eran las más entusiastas del grupo, Gustavo, un año mayor que el resto, era también de los más animados. Cuando nos disponíamos a iniciar nuestro recorrido Fernando me recordó el compromiso que con el había asumido antes de salir de Tablada. Nos detuvimos en una esquina muy próxima al limite entre lo urbano y lo rural, ahí donde el asfalto da paso a la tierra, mas abajo, lo natural (si se le puede decir así a un río de aguas turbias rodeado de basurales) esperaba por nosotros/as. Mis ganas de bajar parecían incontenibles, como las del resto del grupo, sin embargo, tuve que asumir la responsabilidad con Fernando y dejé indicaciones para que nos esperaran ahí donde estábamos, puesto que el envío del mensaje no demoraría mas de diez minutos, tiempo suficiente para que Fernando y yo volvamos e iniciemos todos juntos el descenso.





Preguntando se llega a Roma. Así también llegamos nosotros a una cabina de Internet en el Puente Lurín. Cuando volvimos para, por fin, reunirnos con el resto del grupo y comenzar el recorrido, no encontramos a nadie.

Mantener la calma se hacía necesario. Continuamos por el camino de tierra, miraba hacia todos lados mientras conversaba con Fernando, nadie en la calle. Descubrí que el silbar es forma melódica de grito desesperado. El camino de tierra terminaba en una pared. ¡No tenía salida! , media vuelta y a seguir. Bajamos a la ribera del río, algunos niños del lugar jugaban alegremente en medio de los basurales, me responde aquel al que llaman camarón: “Se fueron para allá, (señala el horizonte) eran varios, hombres y mujeres, estaban comiendo galletas (ahora señala al suelo y veo las empaquetaduras, siento, en el fondo, vergüenza ajena ante ese niño). Camarón continúa: “Pero se dividieron, al final todos se fueron para el otro lado” (señaló el otro lado del puente). Los otros niños comenzaron a contradecirse. Ya no podía más y me lancé a gritar sus nombres con todas mis fuerzas. ¡Abrahamaaam! ¡Elizabeeeeeth! ¡Alvarooooo!. Silencio.

Nuevamente la calma forzada. Caminábamos por la ribera del otro lado, en el río señoras lavaban ropa, mientras algunos jóvenes pescaban. Preguntábamos a cuantos se nos cruzaran en el camino, por el paradero de nuestros/as amigos/as, nadie nos daba razón. Cansados de caminar y al ver que nos alejábamos demasiado, decidimos regresar, ese lado del río me pareció mucho mas despejado y limpio que aquel donde dejamos a camarón y sus amigos.
Tendría que haber otro lugar de búsqueda. Recordando el hambre que tenía Gustavo e intuyendo cierto nivel de liderazgo que este podría tener dentro del grupo, regresamos a la zona bulliciosa de la ciudad, donde a cada 10 pasos encuentras una chicharronería. Nada.


Decidimos terminar la búsqueda en el mismo lugar donde la habíamos comenzado, en el fondo lo que menos quería era volver a reiniciarla. Tomamos por la calleja provinciana, siempre silenciosa, tanto como nosotros. No se hasta que punto pude disimular ante Fernando mi preocupación, al menos él parecía estar tranquilo.

Una cuadra antes de donde habíamos estado todos/as juntos/as, ahí donde compramos por última vez, vi a las chicas conversando con unas señoras, (supuse que también habían iniciado una búsqueda similar a la nuestra) una prolongada exhalación me devolvió la tranquilidad mas efímera de mi vida.
Conforme nos acercábamos la escena aparecía mas clara, las chicas lloraban, estaban alteradas. Abraham, a un costado, mirada al suelo, parecía dejarse devorar tranquilamente por sus pensamientos.
Natalia y Estephany me hablaban en voz alta, mejor dicho, me gritaban. “!!!Profesor, profesor, no sabe lo que ha pasado, nos han robado, nos han robado…!!!” Fue lo que pude entender, ya que ambas hablaban al mismo tiempo.

“Fue ahí cuando apareciste tú pequeñita, viniste corriendo hacia mi, llorabas desconsoladamente, me abrazaste y continuabas llorando, tratando de explicarme entre gemidos lo que había pasado. Sentía en m.i pecho tu temblar, ¿Quiénes podrían haber hecho algo así? Todo se calló a mi alrededor y solo escuchaba tus lamentos, levanté la mirada al horizonte, te abracé fuerte contra mi pecho y mascullé entre dientes….HIJOS DE PUTA.”

Cuando tuve una idea medianamente clara de lo que pasó me separé de Elizabeth que se había abalanzado a mi a penas me vio.

“Te di un beso en la frente mientras alisaba tus cabellos con ternura infinita, me costó mucho dejarte”


Tres de los chicos aun permanecían abajo, fuimos con Fernando, solo quería volver a verlos a todos/as juntos/as. El corazón se me quería escapar del pecho, bajábamos corriendo, reconocí a camarón entre los lugareños que miraban la escena. Al fondo del camino, Álvaro y Gustavo venían agitados y descalzos. Martín había estado arriba, no recordaba haberlo visto.
Emprendimos el retorno mientras entraban en detalles sobre lo sucedido. Arriba pude ver nuevamente a todos/as juntos/as, algunos sin zapatillas, otros sin mochila, sin casaca, pero juntos, ilesos, eso era, para mi, lo importante en ese momento.
Caminamos por la calleja provinciana hasta un lugar donde pudimos reunirnos y hacer una primera evaluación de los hechos, había que mantener la unidad del grupo, algunos comenzaban a buscar culpables.

“Estabas asustada, tanto como yo, continuabas llorando, te calmabas de a pocos. Pequeñita, secaba tus lagrimas de la misma forma como seco ahora las mías mientras te recuerdo así.”

Tenía nuevamente a Elizabeth entre mis brazos. Gustavo llamaba, desde el celular de Martín, a su tío, mientras los vecinos formaban una rueda de curiosos a nuestro alrededor. Continuamos caminando por la calle provinciana, cuyo silencio seguíamos alterando como al principio, hasta llegar a la avenida de los chicharrones, en el trayecto, la confianza había vuelto, nos fotografiábamos alegremente, ni el susto, ni el balance de lo perdido, (tres pares de zapatillas, una mochila, una casaca, una gorra) habían logrado abatirnos. Aún teníamos los celulares (de Natalia y Martín) la cámara fotográfica, que estuvo todo el tiempo en mi poder, y sobretodo, nuestra alegría.





El cielo se mantenía gris. Llegamos a la avenida del bullicio, entramos a un restaurante, pedimos algo de tomar y compartimos nuestra comida mientras continuaban las versiones de los hechos, cada una más extraordinaria que la otra.
Por una de la esquinas apareció un wolkswagen verde con lunas polarizadas, del vehículo descendió la mamá de Gustavo acompañada por el tío de este, el que había desatado la primera risa general de nuestro día de campo. Me acerqué a la señora como náufrago a la orilla, ella, calmada, adivinó en mis gestos el nerviosismo que me corroía, inteligentemente supo tranquilizarme. “Profesor, lo bueno es que los chicos están todos bien, esto pudo haberle pasado a cualquiera”
El tío, por el contrario, tenía intenciones de iniciar la búsqueda de los malhechores. Llamaron a la policía y partieron rumbo a la ribera del río. Ninguno de los alumnos (salvo Gustavo con su mama y su tío) acompañó esa comitiva, ya habíamos tenido demasiados sustos para un solo día. Cuando volvieron, de la patrulla alguien me llamó. Un policía, de rostro duro, me dijo que debíamos declarar para que elaboren su informe, así habría posibilidades de recuperar las cosas. La respuesta fue contundente. No. Queríamos regresar ya, y no permitiría que los alumnos vuelvan a narrar hechos que los habían impactado tanto. Todos/as buscábamos tranquilidad. Los mas afectados subieron en el carro del tío de Gustavo (La señora nos invito a todos a su casa), no se como hicieron para entrar. Fernando, Abraham y yo emprendimos el retorno a pie hasta “La Curva”. Apenas estuvimos en el desierto nos echamos a correr, tenía las piernas agarrotadas y la respiración agitada, sentía que en cualquier momento me podría desplomar. COMPRENDI QUE LA VIDA ES ESE CONTINUO CAER Y LEVANTARSE EN UN DESIERTO DE ALEGRIAS Y TRISTEZAS. Aun no podía sentirme tranquilo, lo peor para mi, recién comenzaba.


Ronald Vega.

1 comentario:

GigaColor dijo...

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