viernes, octubre 21, 2005

PADRE

"El hombre de sombrero de palma, ojos irónicos y sonrisa maliciosa me dijo con acento cariñoso: Yo soy tu papá. Acto seguido sacó de su bolsillo una moneda de cinco centavos y me la dió. Con las mismas picó espuela como si temiera la aparición de alguien."

LEONCIO BUENO.



PADRE



Padre. Amor, ternura, alegría. Gritos, alcohol y fútbol. ¿Cómo atravesar los muros de tu silencio? ¿Cómo acompañarte en el viaje de tus pesares? Memoria. Infancia diáfana. Ambiente cargado de alegría inusitada, de tragedias imperceptibles. Corro hacia ti con los brazos extendidos, la bicicleta en el suelo. Puedo sentir el sabor de la sangre, que cae de mis fosas nasales a mi boca. Miedo, terror. Grito desaforado que se pierde en el bullicio de la calle. Solo tú y yo lo escuchamos, lo sentimos, a ambos nos duele, yo lo sé.

Padre. Sonrisas, cariño, afecto. Facturas, alquitrán y Box. Un bolero de Daniel Santos, un tango de Gardel. El crepúsculo naranja entra por la ventana, da exactamente a tu sillón, solo algunos minutos y se irá la luz, con el sol. Afuera la calle, el paraíso adolescente, aquí tú, imperturbable ante el crucigrama. Te hablo. Es un soliloquio extenso, por fin levantas la mirada, esa mirada petrificante que detiene el universo en derredor. Solo tres palabras coronan la escena, “no llegues tarde”. Cierro la puerta detrás de mí, el sol ha dejado de alumbrar el cielo. Gracias a ti, algunos soles alumbran mi bolsillo.

Padre. Esfuerzo, sacrificio, empeño. Arado, tuerca, centinela.

Y romper como comba el muro de tu razón
Con mi voz, tenue, frágil
Y tus manos de fuego, toscas, grandes
Recorriendo la suavidad de mi piel

En los oscuros confines de tu pensamiento
En el hermetismo incólume de tu mirada
En tu grandeza de montaña, de mar, de cielo claro
Ahí donde se pierde la voz más potente
Ahí donde el tiempo olvida sus quehaceres
Ahí, tu, despierto
Con ojos de tigre furibundo
Frente a mí, de pie
En el umbral de la puerta al infinito.


Ronald Vega.
Junio, del 2005.

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