jueves, noviembre 03, 2005

ITALIA O LA AGONÍA DEL CREPÚSCULO NARANJA REFLEJADO EN LA NEGRURA DE TUS PUPILAS.

ITALIA O LA AGONÍA DEL CREPÚSCULO NARANJA REFLEJADO EN LA NEGRURA DE TUS PUPILAS.

Ronald Vega.

A Sarita.


Viento serrano, purificador. Santagracia amanecía amodorrada, era el último día de la fiesta Patronal y a esa hora algunos volvían a sus casas. Ebrios, alegres, bulliciosos, balbuceando canciones y prodigándose efusivas muestras de afecto.
En casa de la familia Arróspide, Grecia había sido la primera en levantarse; luego de persignarse y ya con las pantuflas puestas se dirigió presurosa a la habitación de su padre.
Don Alcides se desperezaba parsimonioso y sereno cuando Grecia inundó el espacio con primaveral sonrisa de niña – adolescente.
-¿Vamos? – Preguntó la niña mientras se disponía a besar la frente rugosa del padre.
Don Alcides no pudo evitar en ese momento el recuerdo de su esposa fallecida hacía dos años. Asintió con la cabeza mientras se incorporaba para vestirse. Grecia, con alegría desbordante, abandonó la habitación pensando en el día que le esperaba.

Los Arróspide era una de las primeras familias españolas que llegaron a Santagracia a finales del siglo XVIII, Don Francisco, el patricio de la familia, arribó a la ciudad junto a una delegación de jesuitas, con quienes desarrolló la noble misión evangelizadora que le encomendara en la madre patria un digno representante de la Iglesia, amigo suyo. La escasez de recursos naturales aunada a las dificultades geográficas impidió durante muchos años la tarea colonizadora. Don Francisco, que por ese entonces contaba apenas veinte abriles, tuvo a su cargo la organización política de la ciudad siendo nombrado el primer alcalde en la historia de Santagracia. Así, la familia fue creciendo sentando las sólidas bases, junto a otras familias de origen español llegadas posteriormente, de una aristocracia local que tiene en Don Alcides Arróspide a uno de sus más notables representantes. Don Alcides había estado dedicado a la agricultura, tras heredar las tierras de sus antepasados invirtió en maquinaria para mejorar la producción, así, amplió el mercado de sus productos e inició, paralelamente a la actividad agrícola, su incursión en lo que a la postre se convertiría en una de sus grandes pasiones, la ganadería.

La mañana era hermosa, no tanto como Grecia que frente al espejo peinaba su larga cabellera, envidia de las demás niñas del pueblo y de algunas viejas cuarentonas gerontofóbicas. Había esperado ese momento con mucha paciencia, su madre siempre le prohibió ir al establo por considerarlo un espacio no apto para niñas como ella. Tras la muerte de la madre, Grecia fue enviada por Don Alcides a continuar sus estudios en la capital del departamento, en el internado del colegio de las hermanas de la caridad; dos años después, ya en primer año de secundaria, regresaba nuevamente a Santagracia para ver a su padre y participar de la fiesta patronal. En el pueblo las cosas no habían sufrido grandes cambios en los dos años transcurridos, y eso a Grecia no le fue muy difícil comprobar en la semana que llevaba de estadía. Cuando se esta en este pueblo, uno nunca se quiere ir, pero cuando se va jamás se regresa decía una venerable anciana santagracina cuya edad había sido olvidada por todos, hasta por ella misma. En efecto, a Grecia le bastó tan solo esa semana para comprobar que se había convertido en toda una citadina, ya no le apetecía correr por las grandes chacras de su padre, detrás de los pollos, o llevar heno a los caballos desafiando incluso las ordenes de su madre, que se ponía extremadamente nerviosa al ver a su princesa en medio de tanto animal. Ahora, Grecia caminaba taciturna por las calles, sus ojos habían adquirido esa tristeza típica de las metrópolis, a decir verdad, si la ausencia de su madre había hecho de ella un ser aun más frágil, la vida en la capital había coronado su tristeza.

La ciudad no terminaba aún de despertar cuando Grecia y su padre salieron de casa con dirección al establo. La niña, fiel a su educación occidental, llevaba un overol jean, una camisa a cuadros y botines de cuero, por su parte Don Alcides, mas pegado a sus costumbres provincianas, tenía la clásica vestimenta del patrón: pantalón de tela, camisa de franela a cuadros y un sombrero de paja con ala redonda. El sol se abría paso entre los cerros anunciando un esplendoroso día de primavera.

Pedro Daniel Jiménez Rodríguez, había nacido en Santagracia hacia 20 años. Terminados sus estudios secundarios, en el colegio del pueblo, partió a la capital del departamento en busca de nuevas y mejores opciones académicas. Estaba seguro que lo suyo era estudiar e ingresó a la facultad de ciencias sociales de la universidad departamental, semillero de inconformes, fumadores compulsivos y utópicos radicales. Dos años después de poco estudio y mucho activismo, Pedro regresaba al pueblo acompañado por un grupo de amigos con quienes hacía ya un par de años había formado el CAN (Comando Antitaurino del Norte) organización dedicada “al enfrentamiento directo contra los energúmenos responsables, organizadores y asistentes a las corridas de toros” , según rezaba en su acta de fundación. En los claustros universitarios y las plazas de la capital eran conocidos por el curioso apelativo de “Los Canes”, el cual no derivaba tanto del nombre de la organización sino de la rabia que mostraban en cada una de sus apariciones públicas. Los Canes habían llegado esa mañana al pueblo luego de 6 horas de viaje por una carretera sin asfaltar y en un bus donde apenas se podía respirar. Su único equipaje consistía en afiches, pancartas, vídeos y demás propaganda antitaurina. Durante la tarde darían una conferencia y expondrían sus materiales en un pequeño centro cultural montado a duras penas por un grupo de artistas de la localidad. Instalados en casa de Pedro, el grupo descansaba para luego iniciar sus actividades.

Los negocios comenzaban a abrir, la ciudad se preparaba para su último día de fiesta. Grecia caminaba por el establo observando los extensos corrales de gallinas, con la leve sensación de estar visitando una cárcel para mujeres. Avanzó hasta llegar a un amplio cuadrilátero cercado por maderos, dentro, varios bovinos rumiaban y pastaban con desgano.

- Creo que si don Alcides, a ese ya le toca.

Cipriano era uno de los mas leales empleados del señor Arróspide, había servido a la familia desde hacia muchos años como capataz en las chacras, ahora estaba a cargo del establo.
Don Alcides asintió con la cabeza. Ambos miraban el establo mientras conversaban en el hall de la casa hacienda, morada espiritual para don Alcides luego de la muerte de su esposa.

La niña fijó su mirada en el lomo de una de las bestias, algo en él le llamó poderosamente la atención. No podía creer lo que estaba viendo, era exactamente igual, los contornos eran perfectos, como si hubiera sido dibujado por un cartógrafo. Desde Piamonte hasta Sicilia, del golfo de Génova al mar mediterráneo, el mapa de Italia estaba grabado en el lomo de ese animal con tal precisión que solo podía ser obra de la misma naturaleza. Grecia acababa de terminar un curso de italiano básico en el colegio y tenía una fijación especial con el arte y las letras de la “cultura romana”, nombres como Séneca, Horacio, Virgilio y Petrarca, le eran tan familiares como las pinturas y esculturas de Miguel Angel, o el intenso y apasionante recorrido de Dante para llegar a Beatriz.
El animal, que no se había percatado de la presencia extraña, avanzaba lento, mezclándose entre los demás, a pesar de ello Grecia no lo había perdido de vista, no entendía la sorprendente coincidencia que se le presentaba. “Y aquí estas de nuevo, Italia”, se dijo. La niña se acercó a una de las barandas, “Italia” pastaba con tranquilidad, Grecia estiro la mano y pudo acariciar por algunos segundos la cabeza del toro que absorto observaba al infinito.

Los “canes” desarrollaban sus actividades con normalidad, mientras en la casa Arróspide los criados ultimaban detalles para el almuerzo familiar. En las calles, las gentes se empujaban al caminar, vivanderas y ambulantes elevaban sus pregones entre el apurado andar de peatones.

Para la tarde, Pedro y sus camaradas ya habían logrado el compromiso de una veintena de jóvenes decididos a apoyar la causa de “los canes”. Prepararon sus pancartas antitaurinas, incluyendo sendas diatribas contra los organizadores a quienes mencionaban con nombre propio. Era un desfile extrañamente festivo, alegre. Chicos disfrazados de toreros, eran perseguidos y golpeados por quienes acompañaban la comitiva. Si, era algo coloridamente fúnebre, chicas con velos negros, entregadas a un baile macabro, giraban alrededor de un actor vestido de toro totalmente ensangrentado, que se retorcía frenéticamente mientras otro hacía el ademán de querer cortarle una oreja.
Para el pueblo fue algo impactante. Jamás habían visto algo parecido. Desde sus balcones, algunas señoras se tapaban la boca al ver las dantescas fotografías (ampliadas) de toros al final de una lid.





El grupo avanzó bulliciosamente por las principales calles del pueblo despertando la curiosidad de vecinos y transeúntes. Claro que no faltó aquel que intentara llamar a la policía al considerarse testigo de un atentado contra las tradiciones. Sin embargo, el carácter festivo de la marcha evito la queja de algunos. La mayoría se limito solo a observar.

-Don Alcides –Cipriano había llegado corriendo a darle la noticia a su patrón- en el pueblo hay una marcha y en los carteles ta’ su nombre.
El señor Arróspide no tenia ninguna idea de la marcha a la que Cipriano se refería, luego que este entrara en detalles entendió de que se trataba, decidió no darle importancia en ese momento, afuera lo esperaba el principal auspiciador de la corrida.

-Bien don Alcides, en eso quedamos, entonces… – el hombre estrechaba sonriente la diestra del señor Arróspide, momentos antes le había entregado un sobre lleno de dinero- nos vemos en la plaza.

Durante algunos años don Alcides se había negado a donar un toro para la corrida, la palabra donación no figuraba en el diccionario de sus costumbres.

El pueblo abarrotaba la calle que conducía hacia la plaza de toros, una de las primeras construcciones en Santagracia. Al final de esta, una pequeña plazoleta, que llevaba por nombre el apelativo de un conocido torero, mostraba en el centro el “monumento al toro”. Alrededor, grupos de personas bebían y bailaban al son de una banda típica que ofrecía los mejores temas del cancionero popular.

Grecia se había quedado con la imagen del animal, había algo en esos ojos perdidos que le llamaba la atención, además, no podía entender esa coincidencia tan rara que se le había presentado.
-Vamos hijita, alístese rápido que no podemos perdernos el fin de fiesta – La voz del padre sacó a la niña de sus cavilaciones- la corrida empieza a las 3.
La niña comenzó a vestirse un poco sin ganas. Ese “espectáculo” no le atraía demasiado, accedió solo por no contrariar a su padre. Las grandes familias siempre ocupaban los lugares preferenciales, todos bien vestidos con sus mejores ropas, para los adolescentes ir a la plaza en día de fiesta era como asistir a una gran pasarela.

Para Grecia era solo acompañar a su padre, compartir con él los pocos momentos que tenia, los convencionalismos sociales no le interesaban. Zapatillas, pantalón jean y camisa de franela a cuadros fue su vestimenta. Don Alcides no replicó nada tras percatarse que se les hacía tarde, salio con su hija del brazo rumbo a la plaza.

La marcha había llegado a la plaza con sus carteles y representaciones, eran aproximadamente 30 jóvenes, los canes, obviamente, a la vanguardia, demostrando las razones por las que se habían ganado ese apelativo. Por una de las esquinas hacía su entrada un pequeño contingente policial que se apostó delante de los manifestantes para resguardar el orden. Comenzaban los primeros roces. Cuando Don Alcides, de la mano de su hija, paso frente a la manifestación, Pedro logró sortear el cerco policial, de pie, muy cerca del ganadero, con el torso ligeramente inclinado hacia delante le gritó –con visible ira- mientras lo señalaba con el brazo: “Asesino conchetumadre, asesino, asesino”, el coro de los demás manifestantes no se hizo esperar “!!!A-se-sino, a-se-sino a-se-sino!!!. Dos policías redujeron al iracundo estudiante y lo condujeron a un camión policial que se había apostado muy cerca de donde estaban los manifestantes, minutos después Pedro logro escapar y reunirse con los demás en la esquina que habían escogido en caso de emergencias como esta.

Luego del incidente Grecia quedó en silencio. No entendía que relación podría tener su padre con ese tema. Prefirió no indagar más y siguió del brazo de Don Alcides hasta ingresar a la plaza. Dentro, muchas personas comenzaban a acomodarse, afuera, otros pugnaban por ingresar. El sol era una inmensa hostia de fuego que descendía lentamente por el azul cielo.

La sequedad de su garganta le producía carraspera. Grecia, haciéndose campo por entre los asistentes, descendió cuidadosamente las tablas de madera, que a su vez hacían de palco, en busca de algo para beber. En el ruedo, la punta de una lanza cortó el viento y se incrustó en el lomo de “el último toro de la tarde”.

Distraída, indiferente al “espectáculo”, Grecia bebía lentamente su refresco mientras comía.

“Y entonces comencé a caminar. En verdad no me interesaba lo que allí estaba pasando, paseaba observando los rostros de los asistentes, reconociendo a viejas amigas de mi madre. Por ratos se paraban, algunos chiflaban, pero todos, toditos, tenían algo en los ojos. Si, en serio, algo como una inmensa gema color candela, que en el medio tenía dos aros de ojos que giraban hacia lados contrarios. Seguro no me va creer, pero eso vi.
De tanto caminar, aparecí muy cerca del ruedo, me asusté, quise salir y no pude, había mucha gente, todos estaban exaltados, atentos, como si fueran a recibir una noticia importante. Yo los miraba dando la espalda al objeto que captaba su atención. Cuando me di la vuelta pude ver muy cerca de mi, una espada que se incrustaba en lomo de un toro que, casi al instante, flexiono sus patas delanteras mientras de su boca emanaba sangre a borbotones.”

Quedó estupefacta, lívida. “Italia” caía pesadamente sobre la arena, con los ojos abiertos y la cabeza hacia el poniente.

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