viernes, enero 27, 2006

LA DIGNIDAD DE SER MAESTRO

INSTITUTO DEL LIBRO Y LA LECTURA DEL PERÚ

LA DIGNIDAD DE SER MAESTRO

ENTREVISTA
A HERNÁN VELARDE

Por: Danilo Sánchez Lihón
Hace un año, en enero del 2005, murió Hernán Velarde quien, extraordinario periodista pero, además, maestro tanto en las aulas universitarias como en escuelas primarias del ámbito rural y urbano de su pueblo, el Cuzco. De otro lado, acaba de culminar la Conferencia Nacional "Educación y Buen Gobierno", organizada entre el 16 y 19 de enero por Foro Educativo, institución a la cual me honro pertenecer, certamen en el cual un aspecto esencial e ineludible de reflexión es la condición del maestro en el Perú.
Como un homenaje a la memoria de Hernán Velarde, a un año de su muerte, y a la Conferencia que evoca en su nombre al cronista indio Guamán Poma de Ayala, quien por los años 1635-1640 reclamaba en su "Corónida y Buen Gobierno" la educación universal para corregir las injusticias del mundo, publico la siguiente entrevista que le hiciera a Hernán, apenas semanas antes de su sensible fallecimiento. El tema versa sobre el maestro, la escuela y el buen gobierno de la educación.
EL PRECIO DE LA EDUCACIÓN
Entrevista
Ser maestro en el Perú
Yo pienso que el maestro debe ser, en primer lugar, un poeta; es decir un ser libre. Y todo maestro debe saber hacer versos, aunque sean malos. Debe saber cantar, recitar, contar cuentos y ¡amar la vida! Yo, en realidad, he tenido maestros increíbles. Evoco a mi maestra Silvia Hurtado, de Calca, respecto a quien he escrito un cuento con ocasión de su muerte. Recuerdo también a aquel maestro que entraba al aula disfrazado de payaso en los días plomos e insufribles de lluvia. Llegaba ágil, hecho un bailarín de feria para lo cual se disfrazaba con un traje de colores que su misma esposa le había cosido, a su pedido. Hacía una y mil piruetas y nos mantenía entretenidos las horas que quisiera, porque sus clases eran prodigiosas, apasionantes; vestido de polichinela hacía remolinetes en el aire, locura y media, para luego, al final, quitarse la máscara diciéndonos, con una venia de artista consumado en el arte dramático: "Con ustedes su humilde maestro de escuela". Todos los chicos estábamos pendientes de sus palabras, ideas y acrobacias. Así nos enseñaba todas las materias y nos reíamos. Entonces ya no había tristeza ni en el alma ni en el ambiente gris de aquellas tardes invivibles.

Casi todos los maestros del Cuzco de mi época eran así, tipos legendarios, ¡artistas!, tocados por una locura divina. Es que el maestro tiene que llegar hasta el alma del niño y joven y apoderarse de ella para orientarla; porque si no les demostramos a los niños y jóvenes toda la sinceridad, convicción y amor; toda la dedicación y entrega totales de nuestra persona hacia la causa de su formación –y si al interior de nosotros mismos no tenemos la idea fija y jurada de que podemos cambiarlos, en algunos casos totalmente, y de que al volver a sus casas, luego de permanecer en la escuela, han de ser distintos de aquel que vino al aula de clases– entonces, si no fuera así, la educación no estaría sirviendo de nada. Otro debe ser el personaje que salga del aula, distinto de aquel que vino de su casa a la escuela, espacio en donde debe alcanzar un nivel diferente. Y esto no por la lección que les dictemos sino por el ejemplo del maestro que les demos.
La proeza y dignidad de ser maestro
Yo tuve otro maestro, llamado Leonidas Caparó. Era un escritor de primera magnitud, un poeta. Nos enseñaba todo con canciones que él mismo componía: para la primavera, para el día de la madre, para el día de la patria. Para todas las efemérides tenía hecha una canción, compuesta por él mismo. Y escribía en los periódicos y revistas artículos temibles con el seudónimo de León Caropa que todos sabían quién era. Es decir, el maestro participaba en el debate cultural, orientaba a la ciudadanía, era una persona honrada y no porque ganara bien.

Y, ¡cuán puntuales eran antes! Te contaré una experiencia: Una mañana el maestro Caparó estuvo mirando su reloj. Le había llamado la atención que el maestro Rojas, del salón de al lado, no llegara todavía. Para ellos llegar 5 minutos tarde era un escándalo. Entonces, cuando se cumplió ese tiempo Caparó dijo: "Debe de haberle ocurrido algo al maestro Rojas. Voy a nombrar una comisión para que vaya a buscarlo a su casa y vean si necesita quizá alguna ayuda". Entre los nominados para ir a verlo estuve yo. Ubicar la casa fue difícil y después fue una decepción ver el lugar donde vivía. Los vecinos nos dijeron: "Suban aquellas gradas de adobe y a la izquierda hay una especie de pajarera donde el maestro vive", ver lo cual fue para nosotros un dolor terrible. Pero más fue cuando entramos casi a gatas por el agujero. Abrimos algo que vamos a llamar puerta y ahí estaba el maestro tendido sobre unos periódicos acomodados en el suelo. Allí estaba patente toda la horrible miseria, la soledad suprema y sin amor de persona tan digna. Él no dormía sobre un colchón. Y se había puesto las manos cruzadas sobre el pecho, sobre esa camisa blanca, almidonada pero falsa porque al abrirla vimos que sólo era pechera. Después supimos que le hacía una señora, presentando sólo la parte de adelante, lo demás era desnudo. Su abrigo era únicamente el saco. Yo digo, ¡qué frío sentiría. Pero lo extraordinario de esos maestros era su dignidad. Y así se había muerto, didácticamente, para enseñarnos también cómo se debe morir.

También he sido profesor primario, ¡cómo no! Pero en escuelitas miserables, ninguna hecha como un local escolar. Eran casas improvisadas y alquiladas. Todos los maestros eran pobres y los niños igual. Pero donde falta el padre y la madre ahí debe estar el maestro. Esas escuelas estaban situadas encima de Sacsayhuamán, el monumento arqueológico más grandioso del mundo, ¡Imagínate el contraste, tanto que se piensa que fue construido por cíclopes o gigantes de otro planeta! Hacia la altura hay una serie de aldeas, con un frío de 10, de 8 y de 4 grados, en el mejor de los casos. Ahí fui maestro bilingüe por dos años.

También enseñé en Choquejara, en el Cuzco, en una escuela que quedaba en un primer nivel, al pie de una montaña que tiene andenes. En el segundo piso había otra escuela y en el tercero inquilinos. Todo esto colindaba con el cerrito de San Blas, pero en el lado no turístico del Cuzco. Como nuestra escuela funcionaba en el primer piso vivíamos en la oscuridad, en una sala sin ventanas, sin baño y sin patio. ¿Dónde hacer el recreo entonces? Teníamos que sufrir, a esa hora, el martirio atroz de soportar la alta presión de los niños que jugaban encima, porque cuando tocaba recreo para la escuela del segundo piso, no teníamos dónde salir sino quedarnos allí sentados.
La pizarra de madera que teníamos estaba ya tan luída que resbalaban las tizas sin poder escribir, haciendo ese sonido chirriante de las tizas cuando resbalan sin pintar sobre una superficie lisa. Así, jamás se lograba al trabajar allí un buen resultado ni en números, ni en letras ni en dibujos. Entonces yo le dije al director. Señor, no sé si existirán pizarras de cemento empotradas en la pared, pero sería lo mejor para sustituir estas que ya no sirven. Él me miró con admiración, Y dijo: Vamos a ver. Cuando regresé, después de las breves vacaciones de agosto, ya había una pizarra de 1.80 por 1.20, empotrada en la pared, de color azul oscuro.

Fue el regalo más portentoso que he recibido en mi vida. Allí dibujaba todos los días un cuadro, en toda su extensión. Era un paisaje cada vez diferente, lleno de caminos, poblados y lejanías, de todos los colores, profuso en mariposas, pájaros y auroras. Cada vez que tocaba el recreo les decía a los alumnos que se evadan por ese paisaje, que caminen por esos parajes pintados. Les decía: miren todas las sorpresas que pueden encontrar por esta ventana de la pintura. Entonces los alumnos se quedaban galvanizados mirándola y la presión esta de los muchachos de la escuela de arriba, del segundo piso, bajó totalmente sólo por tener un cuadro por donde nuestras almas podían expandirse. Por eso, la educación es también cuestión de inventiva, imaginación y mística.
Hay que traspasar el alma y mirar lejos
Yo fui maestro de arte en todas las escuelas fiscales del Cuzco, en todos los colegios de mujeres. Enseñaba a la vez Geografía Plana y Dibujo. Era un profesor muy popular pero a la vez muy respetuoso. Y creo que respetado. Aunque tuve que dejar el magisterio porque sucedió lo siguiente:

En Cancharina yo era profesor y pedí para diciembre que todos los alumnos hicieran un dibujo, era una lámina grande. Entre los trabajos que se presentaron hubo uno que no sólo era bueno, extraordinario, sino que rebasaba lo excepcional. era tan bueno el dibujo y la pintura de este alumno gordito que yo entusiasmado hasta el delirio le puse de frente la nota de 21 en el Acta. El Dr. Lechuga, que era el director, después de revisar los registros me llamó y me dijo: "Profesor Velarde, somos demasiado amigos para que yo le haga observaciones. Y mucho menos reconvenciones. Pero el hecho de que en el Acta de Exámenes aparezca un alumno con nota de 21, que usted ha envuelto además con un círculo rojo, en el nombre del alumno Alberto Quintanilla, no está de ninguna manera permitido". "Doctor –le dije– se lo merece". "Pero el Ministerio no otorga para la excelencia más nota que la de 20. De tal manera que Hernancito –me rogó– no me hagas estas cosas. Rehace el acta". Yo me fui. No rehice el Acta. Me llamó una Junta de Maestros. Me hablaron en todos los modos y tonos. Siempre con un espíritu de camaradería, de cariño y de respeto. Me rogaban de que no fuera loco: "Hernán –por favor, me conminaron– sabemos que vives solo de este sueldo, que esta es tu subsistencia y no vas a permitir que los maestros votemos porque te saquen del colegio". "¡Yo no arreglo el Acta!" Me paré y me fui. Y así me quedé otra ves de hambre en la calle, porque necesariamente me tuvieron que botar. Fue una audacia terrible. Es que yo sabía que no podía transar. Mi espíritu no me lo permitía. No me parecía justo.

Resulta que once años después volví al Cuzco, en mis vueltas que daba cuando estaba en diario Expreso. Y me encuentro con el conjunto de maestros de Cancharina, donde yo enseñé. Venían caminando por la vereda. Era sábado y estaban saliendo de alguna reunión. Yo recién había llegado. Todos al verme se bajaron de la vereda. Yo todavía me bajé más y dije: "Dr. Lechuga, su lugar es pasar por la vereda. Y también de ustedes maestros que están acompañando al director". "Aquí el único maestro eres tú, Hernán", me respondió el Dr. Lechuga: "¡Su lugar es ese!", enfatizó. Yo respondí: "No me avergüence señor director, ¡incluso he salido expulsado de su colegio!". "No Hernán, tú ves más allá de lo que vemos nosotros, y a través del alumno. Yo soy un pobre obediente –siguió diciendo–, un borrego del Ministerio de Educación Pública. No tengo la capacidad que tienes tú, porque ese muchacho por el cual te expulsamos es un orgullo para el Cuzco. Acaba de ganar una beca excepcional para Francia y ahora mismo está representando al Perú en la Bienal de Sao Paulo en el Brasil. ¿Cómo lo sabías tú cuando ese niño era nadie? Así que, por favor, a ti te toca pasar por la vereda".

Es que educar es tener plena conciencia de lo que estás haciendo. Es formar a una persona para el porvenir. También es asunto de mucho amor y de mucha entrega, por eso no perdono al maestro que se refugia bajo el lema de: "Trabajo poco porque gano poco". Si crees que ganas poco –le digo desde aquí– cámbiate de empleo u oficio pero ponerle precio a la educación no es digno de ser maestro.
Texto que puede ser reproducido citando autor y fuente.

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