viernes, marzo 30, 2007

EL VIAJE

EL VIAJE

No pensaba que aparecería tan pronto, por lo general existe un espacio de varios minutos entre uno y otro, pero esa tarde muchas cosas fueron distintas. Apenas tuvo tiempo de cerrar el libro y buscar las monedas en su bolsillo mientras subía las metálicas gradas. Delante (o detrás, dependiendo de donde o de cómo se lo vea) del timón, un hombre gordo, en cuya frente se reflejaba el sudor como gotas de rocío, lo observaba con la mano extendida para recibir el dinero. Era una sofocante tarde de verano y Juan, tomado de uno de los pasamanos mal atornillados en el techo, observaba el interior del vehículo indeciso sobre donde sentarse. “Al fondo será mejor, esos asientos tardan más en ocuparse”. En tantos años de usuario en el servicio de transporte público había aprendido aquellas pocas y tácitas leyes que, en la medida de lo posible, hacían del viaje, o de un tramo de este, algo soportable para él. Una de las decisiones más importantes sobre este respecto la había tomado hace ya algunos años cuando optó por no subir a esos carros de ambiente kafkiano llamados “combis”, en donde ir de pie era ya todo un suplicio, con la espalda pegada al techo y el cuerpo – que ya de por sí tenía que adaptarse a la forma del carro-, pugnando por un pequeño espacio que le permita seguir llamándose materia, sin contar el violento trato que muchas veces recibía por parte de choferes y cobradores. Era ya demasiado. Ahora prefería salir más temprano para esperar estos viejos armatostes, más grandes y espaciosos, donde al menos no tenía que soportar a nadie encima suyo. Avanzaba con la mirada fija en el asiento que ocuparía, el último de la fila del conductor, siempre al lado de la ventana. “Lo único que no cambia es el paisaje”. Intentó acomodar sus piernas en el pequeño espacio que le quedaba (el asiento posterior estaba bastante pegado al suyo), observó por un momento el panorama a través de la ventana para luego abrir su libro y retomar aquella lectura que lo tenía varios días atrapado. Algunos minutos después de iniciada esta actividad comenzó a salir de un parlante, ubicado exactamente detrás suyo, el estridente sonido de una canción de moda. Suspiró. “Conchesumadre”. Cerró el libro y volvió a guardarlo. Intentó distraerse observando los rostros de los pasajeros (Manía que tenía desde muy pequeño) pero todos estaban de espaldas a él. Cruzó los brazos, apoyó la cabeza en la ventana e intentó dormir. Segundos después, comprobada la imposibilidad de encontrar el sueño, se incorporó, y mientras se rascaba innecesariamente la cara a la altura del pómulo derecho se sintió observado. Miró hacia todos lados para luego descubrir la mirada del conductor que, desde el otro lado del vehículo, lo observaba a través del espejo retrovisor. De inmediato calló la música. Juan hubiera querido agradecer el gesto pero le pareció demasiado cruzar todo el carro para eso, así que se limitó a hacerle al chofer una seña con el pulgar levantado. Perdido el interés por la lectura decidió dedicarse a la observación del paisaje. Había recorrido ese trayecto desde muy niño, reconociendo las grandes diferencias, arquitectónicas primero, que existían entre uno y otro lado de la ciudad. Con el tiempo fue comprobando que estas diferencias eran también de orden cultural e incluso étnico. Cada viaje significaba para él una nueva comprobación.

En uno de los paraderos subió un hombre de gordura descomunal, podríamos decir obeso, que avanzaba lento con la mirada hacia abajo observando indistintamente las filas de asientos, pensando, seguramente, en cual depositar su imponente masa corpórea. El hombre, tosco, de avanzada edad sin llegar a ser anciano, llevaba una camiseta corta, de manga cero, que le dejaba parte del ombligo al descubierto. Levantó la mirada clavándola fijamente en el asiento libre al costado de Juan quien, al percatarse de la decisión, hizo una mueca de fastidio que su flamante compañero de viaje no pudo notar. Por unos segundos pensó en cambiarse de asiento pero mientras sopesaba las probabilidades –pensaba sobretodo en lo que eso podría significar para aquel hombre- y a punto de tomar la gran decisión, sintió depositarse sobre sus hombros el peso de un brazo, que más parecía un muslo, que no solo presionaba su cuerpo hacia el espaldar del asiento, sino que se extendía hasta cubrirle la mitad del pectoral. Intentó pegarse lo más posible hacia la ventana para evitar el roce, pero fue en vano, miró nuevamente el retrovisor y vio el abultado rostro del conductor que lo observaba sin poder contener una risilla burlona. El diario deportivo estaba humedecido por el sudor de sus axilas cuando el hombre lo sacó de debajo de estas para extenderlo frente a su rostro –al parecer por algún problema de visión- aumentando así la incomodidad de nuestro ya mal tratado Juan, que miraba la ventana – sellada- con intenciones de romperla. “! Que huevada! , A este paso no llegamos al mundial ni de milagro”, el hombre volteó la mirada a un costado esperando una respuesta a su comentario, Juan se limitó a observarlo con cara de idiota, arqueando un poco las cejas y levantando los hombros en la medida que su situación se lo permitía. Al parecer la incomodidad de Juan tenía sin cuidado al hombre que, luego de observarlo por unos segundos, volvió a sumirse en la lectura de su diario. Un tramo mas allá, el hombre, luego de doblar su diario y volver a colocárselo debajo de la axila, se puso de pie dirigiéndose a la puerta de bajada que le quedaba a solo un par de pasos. De inmediato, y esta vez sin importarle en lo más mínimo lo que pudiera pensar o sentir aquel hombre frente a la puerta esperando por bajar, Juan se precipitó al asiento libre que estaba a la mitad del pasillo –el cual, desde que el hombre se sentó a su lado, no había dejado de observar ansioso- siempre al lado de la ventana, experimentando, al abrir esta completamente, una incomparable sensación de alivio que fácilmente se podía adivinar en su rostro.

El vehículo avanzaba lentamente acercándose a aquello que, parafraseando a Hobbes, Juan, junto a una inolvidable compañera de ruta, había convenido en llamar “El pacto social”, el lugar que marcaba el cambio de paisaje. Cruzando aquel puente toda la ciudad cambiaba, atrás quedaban los desordenados mercados que daban paso a enormes centros comerciales, las casas de material noble construidas en las faldas de los cerros que se divisaban a ambos lados de la avenida, eran ahora grandes edificios de concreto con lujosos carros en las cocheras, o modernas viviendas vigiladas por pobladores del otro lado, del lugar de donde Juan provenía. Esto siempre había sido para él lo más notorio en cada viaje. Aquel puente era algo así como un túnel del tiempo. Vestimentas, modales, rostros, todo era diferente conforme el carro avanzaba más hacia el centro comercial de la ciudad. Pero no habían desaparecido, y esto quizás sea lo que más lo irritaba, solo se habían cambiado los roles. Los rostros de aquellas personas que antes de cruzar el puente eran en su mayoría comunes pasajeros, señoras que iban o venían del mercado con sus niños de la mano, vendedores o vendedoras en los desordenados mercados, ahora aparecían como limpiadores de parabrisas en las esquinas, o niños malabaristas que intentaban con sus piruetas ganarse unas monedas en los semáforos, o madres harapientas llevando a espaldas –además de su miseria- a sus desnutridos niños ennegrecidos por el humo. Todos pugnando por conmover a indiferentes conductores de modernos y polarizados carros, o a aquellos falsamente felices peatones que avanzan riendo, con sus coloridas y repletas bolsas de centros comerciales, en medio del bullicio de una ciudad indiferente a si misma. Pero si había algo realmente insoportable para Juan, era tener que estar cara a cara con estas personas, escuchar sus voces suplicantes, sentir sobre él esas miradas sin esperanza, esas escenas lastimeras. Podía soportarlo todo estoico, la música que interrumpía su lectura, el adiposo cuerpo de un pasajero incomodándolo a su costado, las miradas de burla, los asientos estrechos. Nada de eso se comparaba con la rabia que le producían estas personas, cuya sola presencia lo hacían sentirse culpable por incapacidad, al saberse tan lejos de una solución, al notar aquella pasiva aceptación del papel de espectador que le había tocado desempeñar en este doloroso teatro de la iniquidad. Hasta ahora había tenido suerte, ninguno de ellos había subido, solo los miraba, desde lejos, a través de la ventana. Cada que el carro se detenía en algún paradero, estiraba la cabeza para ver si alguno subía. Ya tenía la treta preparada, el libro a la mano listo para ser abierto y enterrar en el la mirada, si fuera posible la cabeza entera. Algunas veces ya lo había hecho, pero cuando el vendedor –La cosa se le ponía peor cuando se trataba de un niño o un anciano- pasaba por su costado, no podía evitar cerrar con fuerza los ojos, ya sea que estuviera haciendo el ademán de leer o intentando mirar por la ventana, y apretar las manos en puño. Cuando se armaba de valor levantaba la mirada, observaba los ojos de la pobreza frente a él y movía la cabeza en señal de negación manifestando con este gesto su imposibilidad –muchas veces moral más que económica- de colaborar. En esas ocasiones se llenaba de rabia, sentía ganas de ponerse de pie e iniciar todo un discurso ahí mismo, despotricando contra todos, ganas de abrazar a esa persona y gritarle ¡Acabemos con todo esto de una vez! , ganas de llorar, de morir, pero se daba cuenta que todo sería en vano y volvía a ser un pasajero más entre millones de pasajeros en la ciudad, impasibles ante semejante escena.

A pocas cuadras de llegar al paradero donde tenía que bajar, Juan, que no salía de la sorpresa producida por el hecho de no haber visto un solo vendedor subir al ómnibus durante todo el viaje – cosa extremadamente inusual en una ciudad como esta-, comprobó la inexistencia de su suerte cuando vio frente a él, a solo algunos pasos, a un anciano ciego que comenzaba con su plañidero discurso.
– Putamadre-, dijo con tristeza mientras suspiraba y agachaba la cabeza hasta juntar el mentón con el pecho, en su mente se había quedado grabada la imagen de aquel anciano que llevaba el color de la muerte en la piel, cuyas palabras llegaban ahora indetenibles como pequeños alfileres que se impregnaban en su alma. “…mi tratamiento es costoso y no tengo a nadie que me apoye, por eso vengo a pedirles su colaboración voluntaria…”. Ya no podía más. El anciano había comenzado a cantar una dolorosa canción en quechua mientras avanzaba agitando en su mano una bolsa de plástico transparente donde algunas personas depositaban monedas. Antes de ponerse de pie, aún faltaban algunas cuadras para su paradero, decidió observar por última vez –Quizás por una incomprensible necesidad de hacer más grande y doloroso su sentimiento de culpa- los perdidos y blanquecinos ojos del invidente octogenario, cuya bolsa y el tintinear de las monedas se le acercaban amenazantes. Ahora se encontraba lejos del anciano, Juan estaba ya frente a la puerta, listo para bajar, su paradero estaba a solo unas cuadras pero el carro permanecía inmóvil en un retén. Más allá, a solo unos metros, el paradero donde debía bajar estaba lleno de buses y de gente que subía a estos lentamente. Comenzó a tocar el timbre, no le importaba bajar en medio de la avenida con tal de alejarse del anciano que avanzaba hacia el balanceando un arrugado y casi deformado cuerpo, haciendo sonar el contenido de su bolsa. “…Una colaboración por favor…ayúdame para poder operarme…”. Estaba desesperado, nuevamente el rostro carrilludo del conductor en el espejo retrovisor haciéndole a Juan una seña para que espere. Por un momento pensó que el chofer y el anciano lo conocían bien y estaban confabulados para esto. La idea le pareció absurda, se sonrió, pero la sonrisa se le borró de cuajo al comprobar que tenía aquel cuerpo marchito justo a su costado, esperando también por bajar. Comprobó que el anciano no hacía sonar las monedas apropósito, sino que, dada su avanzada edad –o lo avanzado de su mal- no podía controlar el movimiento de su mano. El carro comenzó a avanzar lento. Juan solo pensaba en ver esa puerta abierta para salir de inmediato cuando una señora, que ocupaba el asiento al costado de la puerta, lo llamaba mientras le jalaba la manga de la camisa. “Joven, entregue por favor esta moneda al viejito”. Juan miró a la señora y al anciano –que si bien era ciego, de sordo no tenía nada- que ya había levantado su bolsita hacia él. Maquinalmente estiró la mano para tomar la moneda, la señora se la dio junto a una sonrisa de agradecimiento. Volteó hacia el necesitado, que ya lo esperaba con la bolsa lista, y en el momento que dejaba caer la moneda – para lo cual tuvo que tomar la mano huesuda del anciano- este, mirando al infinito desde su ceguera le dijo: “Buen hombre, ayúdeme a bajar por favor”. Ni bien terminó de hablar la puerta se abría de par en par frente a ambos. Juan sintió deseos de salir corriendo y dejar ahí al anciano que se las arregle como pueda, pero era un acto perverso para él, le hubiera gustado pensar que era un acto perverso para cualquiera pero no estaba seguro de poder aseverarlo. Rodeó con el brazo el cuerpo esquelético y jorobado del anciano, y tomándole la mano temblorosa bajó con él hasta llegar a la calzada. El viejo quiso agradecerle pero Juan ya estaba del otro lado de la pista pensando en la crudeza con que se le aparecía aquella realidad de la cual más se pretendía alejar.









Ronald Vega – Marzo 2007

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