lunes, septiembre 10, 2007

ESTACIONES DE CANTA

"A la ciudad donde enterré mi sueño mejor"











EL SILENCIO EN CANTA (Lado A)















“Si es así déjalo ahí, hechizado encantado por ti, que más da soy feliz, no, no rompas ese embrujo mujer, déjame por siempre junto a ti…” La bulla era insoportable, más por el volumen alto que por la canción en sí –que a decir verdad no es del todo mala-, y es que en el reducido espacio de una combi resulta inhumano tener el radio al máximo volumen. El vehículo, y sus ensordecidos pasajeros –entre ellos yo- avanzaba por la, a esa hora de la tarde, transitada avenida Túpac Amaru al norte de la capital. Siempre he creído que Lima – al igual que cualquier otra capital latinoamericana- tiene zonas claramente diferenciadas: La colonial – tradicional, de plazas, alamedas y balcones que no solo se ven en el cercado sino también en esos distritos ribeyrianos de clase media. La residencial (Habitad, en su mayoría, de personas como Martha Hildebrandt), de grandes y lujosas casas entre calles silenciosas, vacías y solitarias. La cosmopolita, en cuyos inmensos y lustrosos vitrales se reflejan los rostros de esta variopinta caterva de personas que formamos parte de la ciudad. Y, la periférica, con sus todavía caóticos emporios comerciales, lugar donde residen en su mayoría los últimos en llegar, aquella parte de Lima donde vive el Perú. Si usted hace un viaje de Villa el Salvador (VES) a San Juan de Lurigancho (SJL) en la línea C (Custers de color amarillo y rojo) o en la 10E (Buses más bien grandes de color morado) podrá constatar las diferencias que aquí menciono, las cuales no son solamente urbano – arquitectónicas, sino principalmente culturales. Podrá usted comprobar también, la increíble similitud que existe entre las periferias de ambos lados de la ciudad, por ejemplo, lo mucho que se parecen las avenidas Revolución en VES y Wiesse en SJL. De esta comprobación quedé sorprendido aquella tarde de martes cuando, luego de haber visto la similitud entre la avenida Pachacútec en San Juan de Miraflores y la Túpac Amaru en Comas, por donde avanzaba esta bulliciosa combi, tuve que bajar en el Km. 22 para abordar el carro que me llevaría a la ciudad de Canta. Por un momento tuve la sensación de estar en mi propio barrio, me acerqué a una señora que vendía humitas, en medio de uno de esos característicos mercadillos desordenados, a preguntarle dónde exactamente tomaba los carros hacia mi destino. Amablemente la señora me indicó que debía caminar aún algunas cuadras, antes de irme me dio una importante advertencia: “Tenga cuidado joven que este barrio es bien peligroso”. Obviamente no quería comprobar la veracidad de sus palabras, así que volví a subirme a otra combi de la cual bajé algunos minutos después. Lo primero que vi al bajar fue a un hombre que me señalaba con el brazo estirado “Uno a Canta, uno a Canta”, tras él, la puerta abierta de su auto me invitaba a pasar de inmediato, los pasajeros al interior del vehículo no parecían querer esperar más. Minutos después dejábamos atrás los cerros de Comas, con sus desordenadas y pequeñas casas, para adentrarnos hacia la sierra.

EL SILENCIO EN CANTA (Lado B)

Si piensa que estando en Lima – ciudad ha podido usted encontrar el silencio, déjeme decirle que está completamente equivocado. Eran poco más de las diez de la noche y estaba sentado en la plaza principal de Canta con la sensación de estar completamente solo. Por un momento creía ser el único habitante de la ciudad, luego pensaba que todas las personas del pueblo me observaban escondidas en algún lugar que escapara a mi vista. Y eso solo era el inicio. Una persona sin documentos es alguien inexistente a los demás. Había ya tocado la puerta de casi todos los hospedajes del lugar y en ninguno me querían recibir al no tener mi documento de identidad. Detrás de una de esas puertas una señora me lanzó la pregunta: ¿Cómo se yo que usted no viene a mi hotel para suicidarse?, al instante me sentí bien de llevar tantos años sin ver televisión. En uno de los extremos de la calle Arica, al costado de una de las avenidas más concurridas, una anciana se apiada de mi y decide recibirme en su hospedaje. “Habitación número seis”, me dice entregándome una pequeña llave. Es curioso pero mientras subía las escaleras tuve la sensación de haber estado ahí antes. Luego de estar escribiendo una carta por varias horas –andaba sin reloj así que no tenía ni idea del tiempo transcurrido- quedé dormido. Hasta ese momento solo había escuchado el rumor de conversaciones que venían de la calle. De pronto desperté sobresaltado y me sentí en medio de la nada. La oscuridad era tan absoluta como el silencio. Movía la mano frente a mi cara y pensaba que en realidad no era mi mano, que podía ser cualquier cosa. Estaba en medio de algo donde tiempo y espacio habían perdido cualquier significado. Me levanté y encendí la luz, puede haber sido por miedo, pero en el fondo quería completar la carta que había estado escribiendo antes. No pude terminar de escribir, se había quemado el foco., me desintegré en la nada. Solo flotaba en medio de la oscuridad y el silencio. Podía escuchar los latidos de mi corazón, y si agudizaba el oído, creo que hubiera podido incluso escuchar el ritmo cardíaco de las personas que dormían en las casas vecinas. Nunca antes había experimentado la sensación de estar tan dentro de mí. Todos mis sentidos percibían una sola cosa, nada. En ese momento solo existía mi mente, mis pensamientos, todo lo demás había desaparecido. Quedé así bastante rato, incorpóreo, desintegrado, transitando los caminos de mi infancia surquillana, o mis correrías de adolescente por esas canchas de tierra mojada en mi barrio marginal, o, lo que resultó ser más fascinante, con la mente en blanco, en negro diría mejor, en un negro tan intenso en el que entre tener los ojos abiertos o cerrados no existía diferencias alguna. Así pasé mi primera noche en Canta, en medio de un silencio que se presenta como gran desafío para cualquier persona acostumbrada a vivir en medio de los ruidos cotidianos de la ciudad. La aventura estaba por comenzar.

DE CÓMO UN NIÑO JESUS SE CONVIRTIO EN MARISCAL.
La primera vez que estuve frente a esa imagen acababa yo de entrar al local de la gobernación ubicado –como en muchos otros pequeños pueblos de la sierra- en la esquina de la plaza principal. En una de las aristas de la sala de estar, sobre un pedestal que parecía de mármol, estaba aquella extraña figura que luego vería en la mayoría de negocios que visitara durante mi estadía. La sorpresa que me causó la mencionada efigie no era para menos, era la imagen de un niño pigmeo, de carita rosada y cabellos amarillos, vestido a lo Napoleón Bonaparte y sentado sobre un trono de madera tan diminuto como él. En ese momento no tenía ni la más mínima idea de lo que aquello significaba. Una primera hipótesis me llevó a pensar que se trataba de la representación de la infancia de algún libertador al cual el pueblo le tendría algún tipo de cariño especial. Esta hipótesis – comprobaría algunas horas después- estaba bastante alejada de la realidad. A decir verdad quedé preocupado, pensando durante muchas horas en lo que podría significar aquella imagen que aparecía insistente en mi cabeza. Pensé sobre ella las cosas más impensables. El hijo menor de algún general Canteño, o algún pequeño niño de la ciudad muerto por las balas del bando contrario, una especie de infantil mártir de alguna guerra, en fin, las ideas más disparatadas me cruzaban por la mente. Me gustó mucho pensar –al punto de creer que realmente era eso- que se trataba de un aguerrido militar de campo que en uno de esos pequeños y remotos pueblos campiña arriba, se enamoró de una vieja curandera que, al ser abandonada por este, decidió en venganza preparar un conjuro que lo regresara a la infancia sin perder sus dotes de guerrero, la bruja amaba la dureza de su hombre militar pero quería darle alma –y cuerpo- de niño. Tuve que abandonar la leyenda cuando supe que esa imagen era la del Niño Jesús Chaperito de Canta. De inmediato comencé a atar cabos. Cuando estuve en Lima preguntando por empresas de transporte en las cuales viajar, una de ellas se llamaba “Mi Chaperito”, ese nombrecito podía leerse tanto en la mayoría de negocios de la ciudad como en los parachoques de los carros que transitaban sus callecitas polvorientas y estrechas. Publicada en un libro editado en Canta este mismo año (*), la historia narra lo que sucedió con un niño llamado Juan Bautista, allá por la época en que el único lugar para sacar agua eran los puquiales de Waytará a dos kilómetro de la ciudad, donde se habían perdido muchos niños en su intento de hacerse del líquido elemento. Se decía que cerca de los puquiales se había visto un duende que se aparecía en forma de niño que engañaba a las personas hasta desaparecerlas. Una mañana muy temprano, el violento padre de Juan lo envió a los puquiales a sacar grandes cantidades de agua, el niño, conocedor de la ira de su progenitor, se apuró en cumplir la orden sin pensar en el peso que tenía que cargar. Durante su viaje de regreso, y luego de un traspié, el niño rodó hasta el fondo de un barranco. Cuando se levantó tenía frente a él a otro niño que se presentó como “Manuel”, este amiguito le ayudó a llenar y cargar los cántaros hasta la entrada del pueblo. El agua de esos cantaros no mermaba en lo absoluto, el pueblo lo declaró como un milagro. Luego Juan Bautista tuvo un sueño en el que se le apareció Manuel para decirle que había hecho brotar un puquial muy cerca del pueblo. Cuando el niño contó el sueño a los vecinos, describió a este enigmático amigo como “un niño de cara colorada, lleno de chapas y radiante como el sol”. Así nació la historia del Niño Jesús Chaperito, pero, aún luego de haberla leído, había algo que me inquietaba sobremanera. ¿En que momento ese niño Jesús se convirtió en mariscal? ¿Cómo así pasó de hacer brotar un manantial de agua cerca del pueblo a combatir en alguna guerra? Al parecer la historia impresa no contempla este hecho. Pero queda para nuestra satisfacción una de esas fuentes de la historia que ha sabido mantenerse viva lejos de los libros o las páginas impresas, dentro de la memoria y los corazones de los pueblos, que son, al final, quienes hacen la historia. La noche era bastante fría cuando salí de una cabina de Internet con la tristísima noticia de tener que enterrar mi sueño mejor, y, como para continuar con mi íntimo ambiente de velorio, decidí entrar a un restaurante a tomar una buena taza de café caliente y cargado. La dueña del local me atendió personalmente, era yo el único cliente a esa hora de la noche. Conversamos sobre mis impresiones del lugar –para ese momento ya había recorrido algunos pueblos aledaños-, la educación y la cultura local, entre otros temas. Hablaba yo como un loro, más por mi necesidad de contrarrestar el deprimente estado de ánimo en el que me encontraba, que por compartirle a esa señora – a quien solo he visto aquella vez en mi vida- mis impresiones de los lugares visitados. Algo avanzada la hora, mi anfitriona me invitó a acompañarla para presenciar la “preparación del ponche”, momento previo a la fiesta del Niño Jesús Chaperito que se celebraría en los días siguientes. Cuando estuvimos afuera, a poco de cruzar la plaza – que para ese momento había perdido ya la magia de su silencio, como preludio a la fiesta- pude observar mejor a esta señora, delgada, de rostro color tristeza, y el hablar pausado de aquellas personas que han conocido en carne propia el significado de la palabra resignación, estaba enfundada en un gabán negro y grueso que le llegaba un poco más por debajo de la rodilla, que le daba además un curioso aspecto de viuda del pueblo. Luego de ver a varios grupos de personas sentadas sobre un amplio patio –tipo cancha de fulbito- alrededor de tinas donde batían, con cucharones de madera, espesas masas de huevo batido y algún otro ingrediente que ahora no recuerdo, salimos del local y nos quedamos conversando en una de las esquinas de la plaza. Para ese entonces –y luego de haber escuchado de mi amable anfitriona muchas historias sobre el lugar- la pregunta se hizo inminente. ¿Cómo este niño Jesús se convirtió en un mariscal? Fue durante la guerra con Chile –me contó mi anfitriona, haciendo gala de un amplio conocimiento de la historia- que en Canta se habían formado focos de resistencia que combatían al ejército invasor bajo la modalidad de guerrillas, varios grupos de estas, que habían peleado duramente, decidieron reunirse en un punto determinado para dar alcance al ejército oficial y plegarse a él. Fue ahí cuando este grupo que avanzaba entre agrestes montañas vio en un escampado la figura de un niño –con las mismas características de aquel que se le presentó a Juan Bautista- montado en un caballo blanco y vestido de mariscal, que los arengaba a dar todo en su próxima batalla para lograr la retirada del invasor. Y así fue, el ejército Chileno tuvo que retirarse de la zona dada la férrea resistencia de las tropas peruanas. Años más tarde, cuando ya existía el culto por el Niño Jesús Chaperito, el ejército lo nombró mariscal vistiéndolo a la usanza militar de la época para rendirle culto todos los años cada 8 de septiembre, completando su ya famoso nombre como “El Niño Jesús Mariscal Chaperito de Canta” o simplemente “Niño Mariscal Chaperito” . Y es precisamente ese nombre el que se puede leer en todos los negocios de Canteños y devotos de esta imagen, diseminados por todo el territorio nacional e intuyo también en algunos lugares del extranjero. Acompañé a la señora Martha, que así se llamaba mi anfitriona, hasta la puerta de su casa, con la promesa de regresar a su local al día siguiente a tomarme una cerveza antes de partir. De mi parte hasta ahora sigue en pie dicha promesa.
(*) ANTOLOGIA KAUKI, Francisco Cornejo Mayta. Universidad Nacional José Faustino Sánchez Carrión UNJFSC
CANTA, UNA ESCUELA Y MI MADRE

Era ya de noche cuando aceptaron mi propuesta de quedarme un par de días más. Sobre la mesa tres tazas de café y frente a mis ojos la pareja Yachachín Vallejo, que acababan de aprobar mi solicitud. Mi emoción debe haber sido bastante notoria para ellos, tanto así, que no dijeron nada cuando me puse de pie inesperadamente y les dije que tenía que salir urgente para hacer una llamada telefónica. Avanzaba a paso rápido por esa calleja de tierra que daba a la plaza principal, mientras caminaba pensaba en los maravillosos días por venir, trabajando junto a ellos en la pequeña escuela primaria del distrito de Obrajillo, de la cual eran ambos profesores y donde había estado hacía solo algunas horas. La noche era fría y la sangre hervía en mi interior. A solo unos metros de llegar a la bodega de don Carlos, con quien por esos días nos hicimos amigos, me detuve en seco. Me tomé la cara con ambas manos y exhalé con preocupación. Hasta ese momento pensaba que la cosa no sería muy difícil, solo cuestión de llamar a casa de mis padres y pedirles que me depositen algo de dinero en el banco para quedarme unos días más, con esa idea fue que había salido emocionado de la casa donde me hospedaría. Pero ahí, en medio del frío seco de la sierra, detenido, con la cabeza gacha y las manos en la cara, recordé que tenía un pequeño problema sobre algo que no tenía en ese momento: Mi documento de identidad. Sin esa bendita tarjeta por la cual somos algo en cualquier lugar donde vayamos, me era imposible cobrar dinero alguno. Retomé el camino a la tienda de don Carlos, ubicada en una de la esquinas de la plaza, esta vez con paso lento, meditativo. Me había propuesto quedarme unos días más y tenía que lograrlo. Deposité una moneda y marqué el número, la áspera ternura de la voz de papá estaba del otro lado, segundos después escuchaba a mi madre en el anexo. Luego de explicarles mis intenciones nuestras voces tomaron ese tono de complicidad, el mismo que siempre han tenido cuando me he encontrado en este tipo de situaciones complicadas. Minutos después habíamos llegado a un acuerdo. Ella cruzaría la ciudad hasta llegar a la empresa de transportes “Mi Chaperito” para enviar el documento, y él iría al banco para depositar el dinero. Colgué el teléfono aliviado y casi de inmediato volvía a sentir la emoción por los días que me esperaban. Al día siguiente nos quedamos hasta la tarde trabajando en la escuela. Un poco después de las tres llegamos nuevamente a Canta. Al bajar de la combi me dirigí a la tienda de don Carlos, mi idea era tomar algo antes de ir a la empresa de transportes a recoger el documento, luego al banco por el dinero, y por la noche invitar a cenar a la pareja de maestros que gentilmente me tenía alojado en su casa. Al entrar en la tienda me di cara a cara con don Carlos quien al verme dijo: “Su madre ha estado aquí”. Me quedé frío a pesar del calor. En un principio no lo podía creer, pero aquel señor de mirada lánguida y pasiva no parecía hombre de ese tipo de bromas, tras del mostrador de su tienda dio media vuelta y estiró el brazo hacía un rincón de los anaqueles que llegaban hasta el techo de la habitación, luego volteó hacia mi con una sonrisa que intuí de complicidad con mi progenitora ausente y me alcanzó el documento. Me pasé el resto del día aturdido, y es que en verdad no podía creer que haya sido capaz de algo así. Quizás no sea una gran proeza teniendo en cuenta la distancia no muy corta que hay entre ambos lugares, pero yo en el fondo me sentía tan lejos de todo en esa ciudad, que pensaba en ese momento que mi madre había hecho el viaje mas largo que persona en el mundo hubiera hecho antes. La podía imaginar con sus pasos extraviados en una ciudad que nunca antes había pisado, preguntando por la tienda de don Carlos, preguntándole a él por mí, entregándole mi documento con la alegría de la misión cumplida. Aquella tarde de jueves, almorzando con la entrañable pareja de esposos en cuya casa estaba alojado, retornaron a mi las palabras que la esposa de don Carlos me había dicho antes de salir, aún consternado por lo sucedido, de su tienda: “Una madre es capaz de cualquier cosa por sus hijos, hasta el final”.
LA BATALLA DEL POETA
- Hay una escuela en Obrajillo, el director es poeta y ha escrito ya algunos libros. Precisamente tenía pensado dirigirme a ese lugar, y lo que acaba de decirme el bibliotecario del colegio Gabriel Moreno de Canta ha terminado por convencerme. Hace ya mucho tiempo que tengo la costumbre de conseguir literatura local de todo lugar que visite, o que visiten mis amigos más cercanos. Esta combi, mucho más tranquila y vacía que las de Lima, avanza por un sinuoso camino de tierra rodeado de escarpadas montañas a cuyos pies se extienden verdes campos de cultivo. El viaje no dura mas de 15 minutos, bajé a la altura de la escuela primaria sin tener idea de qué camino seguir.
LA BATALLA DEL POETA...
La primera vez que vi a Fidencio Yachachín Rojas estaba sentando tras su escritorio, a su espalda una extensa pizarra acrílica tenía algunos ejercicios de matemáticas, al frente, un grupo de niños escribían en silencio sobre sus cuadernos. Dejó su escritorio y se acercó, yo estaba de pie en el umbral de la puerta sin saber quien era aquel que se me acercaba. Le pregunté por él mismo. - Disculpe, ¿conoce usted al señor Fidencio Yachachín? - Si, soy yo. Estaba ocupado, recién era medio día y las clases aún no terminaban, quedamos en que pasaría nuevamente por ahí a eso de la una y media. Un almuerzo campestre –por la geografía por que el menú fue pollo- y caminata por las orillas del río para matar el tiempo. Regresé a la escuela a la hora señalada. Ingresé a la misma aula donde lo vi por primera vez, los alumnos ya no estaban. Luego de las presentaciones y de manifestarle la intención de mi presencia salimos de la escuela y regresamos a Canta. Éramos tres, antes de salir de la escuela estaba con nosotros la compañera de Fidencio, Lila Vallejo. Durante el viaje conversábamos un poco de literatura, de las publicaciones locales y de su trabajo en la escuela. Preguntaba con prisa, pienso ahora que no les daba respiro. Una vez en Canta fuimos a almorzar, los acompañé con una ensalada de frutas, yo ya había almorzado. La conversación continuaba, siempre salía un tema nuevo, yo seguía preguntando y ellos gustosos respondían. Pasamos la tarde en su casa, los temas se hacían inagotables. Por la noche se me ocurrió hacerles la propuesta. -¿Podría quedarme con ustedes los próximos dos días para colaborar en su trabajo en la escuela? Aceptaron gustosos. Arreglé algunos asuntos para garantizar mi tranquilidad durante ese tiempo y quede enteramente a su disposición. - No pensé que hasta ahora existieran personas como ustedes. –Recuerdo que les dije-. Pocas razones hacen que despierte temprano, pero aquella vez aún no eran las 7 de la mañana y yo ya estaba en pie, aseado y listo para mi primer día en la escuela. En la plaza el aire era tan fresco como el mar, así de refrescante y purificador. Sentado en una de las bancas esperaba la aparición de la pareja de maestros que compartirían conmigo su trabajo. Llegaron, caminamos juntos calle abajo y otra vez estaba en una de esas combis que van de Canta a Obrajillo por un Sol. La escuela no está cercada, y al verla parece que no lo necesitara. Una hilera de aulas, y en frente una extensa y verde explanada como invitación a la alegría. Es el campo deportivo. Durante la formación los niños me observan con extrañeza. Estoy nervioso, hablo un poco sobre el valor del aprendizaje diario, cada día en la escuela debe significar el aprender algo nuevo. Fijo la vista sobre uno de los rostros, me sonríe, percibo que tiene ganas de terminar con todo de una vez y comenzar a corretear por el campo. Cantan el himno de Obrajillo y pasan a las aulas. No existen los uniformes y eso me entusiasma. Ingreso a uno de los salones, las aulas son solo tres, un pequeño cuarto que sirve como oficina de dirección y despensa pedagógica, eso es todo. Hay niños de varios grados en cada salón, me encuentro en el aula de quinto y sexto grado. Me observan de pies a cabeza, me acerco para romper la distancia y los saludo uno por uno. Jefferson, Leonel, Cristhian, Gaby, Eliana, Santiago, son quienes ahora veo y recuerdo. Comenzamos a trabajar, basta de palabras, los veo ansiosos, tanto como yo. Organizamos un juego de casinos matemáticos, de esos que aprendí trabajando en la biblioteca. Ellos mismos, luego de un ejemplo, comenzaron a hacer las combinaciones para cada tarjeta. Quedo sorprendido de sus formas de organización, tres hacen las combinaciones en la pizarra y los otros tres las pasan a las tarjetas, falta uno que corte, Jefferson, uno de los más entusiastas, me alcanza una tarjeta y me invita –ordena- a cortar las cartulinas. Levanto la mirada y noto que todos estamos trabajando, ansiosos por comenzar a jugar. Por fin terminamos, aún sigo sorprendido por su forma de organización, así, solos, sin que nadie les dijera nada. Juntamos unas mesas y comenzamos a jugar, el juego se entendió a la primera, éramos siete alrededor de dos mesas juntas, riendo, multiplicando, divirtiéndonos. Hora de irse, los dejo con el juego, algunos ni se percatan de mi salida, siguen metidos en la multiplicación. Ahora estoy frente al grupo de tercero y cuarto, igual de nervioso. Prefiero no usar las palabras. Es solo esa magia que llevan los niños en su ser lo que te permite hacerte entender con ellos sin utilizar la palabra. Al fondo del aula una profesora callada me observa con mala onda, pienso que en todo lugar hay personas así, no me preocupa. Es más difícil hacer que ellos capten el juego, pienso que la presencia de su profesora los limita, no puedo hacer nada al respecto. Continuamos. Al final el juego se entendió, pero aquí son más, así que lo jugamos en grupos de a tres, se entiende la idea. Terminamos y salimos al recreo. Ahí los grados no existen, todos juegan en esa inmensa alfombra verde, respirando la frescura del aire, observados por la inmensidad de las montañas que rodean el pueblo, arrullados por el sonido del río que pasa a solo unos metros. Al día siguiente, con algo más de confianza, pude observar mejor a los niños y me llamó mucho la atención un tipo de juego que ellos inventaron y que practicaban dentro del aula en sus horas libres. Un grupo de colchonetas, no más de seis, estaban apiladas en la parte posterior del aula. Uno de ellos se metía entre las colchonetas y los otros en fila esperaban su turno para correr veloces y aventarse a ellas estrellándose con el que estaba dentro. El juego me entusiasma, pero soy muy grande, sale el de dentro y me aviento hacia las colchonetas, caigo al piso, todos reímos y comenzamos de nuevo, el aula es alegría, todos jugamos, las niñas son algo más recatadas y solo observan. Aquel día no estuve en aula más que para jugar en tiempos libres. Pasé la mañana en la oficina del director codificando o intentando codificar los libros. Al inicio no había donde trabajar. A pesar que en la oficina estaba una computadora desconectada. La conecto, al parecer no la habían usado en todo el año, contiene valiosos programas educativos multimedia que aún no han sido usados. Los conocimientos sobre computación son escasos. Pienso en el Estado y su política educativa inmediatista y cuantitativa. El ínfimo presupuesto educativo, computadoras que de poco o nada sirven sin una adecuada capacitación del docente, el gran engaño de la educación pública. Y al final, ellos, un niño de quince años en tercer grado de primaria, docentes interesados en utilizar esas herramientas, en dar lo mejor de ellos, que solo encuentran dificultades ante cada iniciativa. Por ejemplo, luego de haber visto los programas educativos en la computadora, se les ocurrió la idea de reunir a los chicos por la tarde para ver algunos de los videos sobre geografía o historia. Pregunto si se reconocerían esas horas extras de trabajo, la respuesta es negativa. ¿Hasta cuando podría durarles el entusiasmo?, no lo sé, pero por ahora juntemos nuestras ganas para sobrevivir en medio de todo. Hemos dejado la escuela, algunos niños corren despidiéndose detrás del carro. Las palabras de Vallejo retumban en mi mente: “Hay hermanos, muchísimo que hacer”. Son ya varios los libros de poesía que Fidencio Yachachín lleva publicados. En ellos representa mucho del sentir rural que lo rodea. Son recurrentes sus versos sobre la escuela donde trabaja, los niños, el maestro rural, el campo, evocaciones familiares y nostalgias infantiles. Es el escritor más constante que existe en la ciudad, en una ciudad donde no existe un centro cultural, donde la primera presentación de un libro se realizó el año pasado –Fidencio no hace presentaciones-, donde no hay un teatro, donde, en resumidas cuentas, no existe un pequeño esbozo de industria cultural. Ahí, prácticamente en medio de la nada, Fidencio publica, cree, sueña. Critica en las formaciones con sus niños actos como las corridas de toros –tan penosamente presentes en pueblos de la serranía- por el maltrato hacia un animal inocente e indefenso, y el beneficio de las “grandes empresas”. Ahí esta el profesor Fidencio, sentado frente a mí, en una pequeña fonda de mercado mientras almorzamos antes de mi partida. Levantándome la mano mientras el auto que me regresara a la gris comienza a dejar Canta. Ahí esta él, y nosotros aquí, o allá, detrás del mismo sueño, en diferentes condiciones.

1 comentario:

runa dijo...

Hola Ronald,

Sentido viaje a Canta. Gracias por poner en palabras las sensaciones que siempre nos asaltan cuando caminamos por pueblos como Obrajillo, donde todo lo que hay es producto de la iniciativa de personas como Fidencio y la chamba dura y pareja de los pobladores. ¡Abrazos! Y que el niño Chaperito nos guarde!

runa
(Pd.- te debo un libro...)