martes, septiembre 04, 2007

MIL PALABRAS UNA ALEGRIA

Estaba ya sobre la hora señalada y avanzaba con dirección a la esquina de siempre. No éramos muchos, pero la cantidad nunca ha sido determinante en esto. Unas pintas previas y ya estamos todos en el micro con dirección al estadio. Conmoción en las afueras, no hay entradas de barra, mucha gente esperando, ellos, al igual que nosotros, han llegado desde diferentes puntos de la ciudad. La entrada a la tribuna popular cuesta diez soles y yo solo cuento con siete, a mí alrededor solo veía rostros de preocupación, y la policía siempre metiéndose a joder donde menos falta hace. La hora avanza y los ánimos comienzan a decaer. “Los que tengan para su entrada compren de una vez, hay pocas entradas de barra y las daremos solo a los que no tienen fichas”. Eran muchos los que rodeaban al jefe de barra esperando una entrada a menor precio. Apretaba dudoso mis siete soles en el bolsillo, por fin me decidí, los saqué y dije: “Yo tengo siete lucas”, de inmediato el jefe de barra sacó tres soles y me los alcanzó. “Ya compadre ve comprando tu entrada y nos esperan en la puerta para entrar todos juntos”. Mientras hacía cola en boletería veía a algunos hinchas veteranos –ancianos en su mayoría- que juntaban monedas para ayudar a completar sus diez soles a los más jóvenes. Nuevamente, y aún sin estar en la tribuna, volvía a sentir ese cálido ambiente familiar tan propio entre quienes seguimos a este equipo. Uno de esos niños que siempre vienen –solos- a los partidos, se me acerca en la cola antes de entrar. “Causa pa´entrar contigo pe”, alguna vez lo he visto ayudando a cargar el bombo, o colgar alguna banderola. Lo puse delante de mí tomándolo de los hombros, avanzábamos rápido, pronto empezaría el partido y teníamos que recibir al equipo. En la puerta de entrada a la tribuna popular, la chica que recibe los boletos observa al niño con desconfianza. “viene conmigo -Le digo adelantándome-, tiene nueve años”, minutos después me encontraba bajo una lluvia de papel picado mientras la oncena del deportivo municipal pisaba el gramado del Estadio San Martín de Porres.



He tratado de encontrar una palabra, de entre tantas posibles, capaz de resumir lo que vi aquella tarde y en muchas otras tardes en que he venido a alentar a mí equipo, y no encuentro otra más que esta: Profesionalismo. Solo un profesional, comprometido con lo que hace –y precisamente por eso se llama profesional- es capaz de entregarse por entero en cada acto que su profesión le exija, y para el caso de quienes hablamos, en cada jugada, con seriedad, compromiso y respeto por la profesión. Si un abogado recibe una coima, se convierte en una vergüenza para sus demás colegas y para la sociedad, igual sucede con un jugador de fútbol cuando comete una falta alevosa que atenta contra la integridad física del rival, a cualquier amante del fútbol –más allá del color que defienda- le daría vergüenza ver las faltas que cometieron aquella tarde contra los jugadores del municipal, tanto así que en algo de veinte minutos expulsaron a tres jugadores del equipo contrario. Pero volvamos a lo profesional, que es precisamente en medio de esas vicisitudes cuando aparece en todo su esplendor, por que estos profesionales a quienes hoy me refiero, saben campear los temporales con el manejo respetuoso de su profesión: El fútbol. Y así fue, no solo quedó demostrada su entrega sino que también nos regalaron el triunfo con un hermoso gol fruto del trabajo colectivo –sin desmerecer al anotador- que hizo estallar de alegría a toda esa variopinta tribuna del “muni” de la cual me siento tan orgulloso de pertenecer.




Hay que ser bien hinchas para alentar a un equipo que lleva más de medio siglo sin campeonar, que ha estado por varios años jugando en la segunda división, llevando su fútbol –y su incondicional barra- por los más impensables, y no menos desastrosos, estadios del país. Y hay que serlo más –ya no diría hincha por que la palabra misma queda corta- para alentar como si estuviera ganando por goleada a un equipo que va perdiendo por dos goles de diferencia. Como aquella inolvidable tarde en el estadio nacional cuando volteamos un partido que perdíamos por dos a cero y terminamos ganándolo por tres a dos, y la barra del otro equipo, que había cantado mientras ganaban, comenzó a abandonar el estadio cuando tenían ya el marcador en contra –insultando a sus jugadores- antes que terminara el partido. O aquella vez en que jugamos de visita y perdimos por un gol a cero, y al terminar el partido seguíamos cantando: “Cómo no te voy a querer, como no te voy a querer, si mi corazón es franja y cada que juegas yo te vengo a ver” Y es que así es la Banda del Basurero (BDB), juega con el equipo desde la tribuna, en cada canto, con ese aliento que sale del alma de un anciano, señora, joven o niño, que en cada partido venimos al estadio para, como dice un veterano hincha, “dejarlo todo en el cemento”.
Ser hincha del “muni” me ha ayudado a comprobar que las grandes alegrías de la vida se encuentran precisamente en aquello que está alejado de la boca de todos, lejos de las relucientes –y bien vacías- vitrinas de los medios y sus adormecedoras monsergas. Descubrir lo que es la alegría de compartir un abrazo cálido y fraterno con alguien desconocido que siente en ese instante tu misma emoción, que es también la suya. Por fin encontré la excepción a la regla, sí hay algo que dura para siempre.




Y la BDB seguirá alentando en cada partido, sin importar cuántos seamos, ni cual sea el marcador, lejos de bochornosas actitudes delincuenciales de personas que mancillan la palabra “hincha”. Ahí estaremos, cual camaradas bajo la consigna de alentar, siempre y en todo lugar a nuestro equipo, el deportivo municipal.



GRACIAS POR LA ALEGRIA
ECHA MUNI
Las fotografias han sido tomadas del blog www.franjaradikal.blogspot y de la página www.echamuni.net

1 comentario:

anarkito dijo...

Mucho sentimiento. Sin duda, tu llegada a la BDB te ha dado la posibilidad de tener una nueva visión de la vida: la pasión, la fidelidad y el descontrol...