domingo, diciembre 23, 2007

VESTIDA PARA SOÑAR

Todo indicaba que sería una noche tranquila. Había llegado más temprano que de costumbre, tanto así que no quiso perder el tiempo en ponerse la pijama. Se acostó con la ropa puesta. Desde hacía ya algunos años, luego de terminar sus estudios de teatro, trabajaba en una compañía que hacía atípicas versiones para adultos de obras para niños. Luego de sus clases en la universidad , asistía a los ensayos para las obras que se representaban tres veces por semana en el teatro de la ciudad. Esa noche acababa de representar a blanca nieves y como su padre -hombre moderno a quien el tiempo siempre le falta- fue a rocogerla, no tuvo tiempo de quitarse el vestido. Así fue como luego de entrar en profundo sueño, comenzaron a llegar a sus oídos lentas melodías de violines. La puerta sonó, al despertar estaba sola en una habitación donde todos los muebles eran pequeños, restregó sus ojos y volvió a sentir los golpes en la puerta, al abrir tuvo frente a ella la figura de una vieja encorvada que le sonreía amablemente ofreciéndole una manzana. La comió despacio, saboreando cada mordida y volvió a la cama. Al despertar ya había amanecido, la luz del día iluminaba toda la habitación, y ella aún con el vestido sentía el sabor de la fruta en su paladar. Se pasó el día entero pensando en lo sucedido ¿Era posible algo así? Por la noche abrió su armario de par en par, comenzó a buscar aquel vestido corto de cuadros y luego de ponérselo se cubrió con una manta roja de caperuza. Para hacer más real el asunto, buscó una canasta en la que puso unos panes y la dejó a un costado de la cama. Así se acostó y a los minutos estaba ya dormida. Caminaba por un angosto sendero de tierra en medio del bosque, estaba contenta, andaba silbando y dando saltos, los violines se escuchaban a lo lejos. Cuando vio al lobo frente a ella permaneció tranquila, le pareció inofensivo, y cuando este, con sus peludas manos y su gran hocico de dientes pequeños e incisivos, le señaló el camino que debería seguir, ella le agradeció y continuó su andar despreocupado. Durante el camino jugaba con las mariposas y recojía las más hermosas flores que a su paso encontraba. Al fianlizar la vía llegó a una modesta casa de madera, luego de tocar la puerta escuchó una voz melíflua que desde el fondo la invitaba a pasar. Mientras se acercaba a la cama de donde la llamaban, y al ver en esta un bulto del que solo se notaban unos ojos malévolos, tuvo un extraño presentimiento. Se llenó de temor y despertó. La canasta seguía al costado de la cama y ella, con la caperuza puesta, miraba en derredor confundida. Las noches siguientes fueron de febril experimentación onírica. En menos de una semana había ya vivido las experiencias de heroínas y doncellas cuyos vestidos guardaba en su armario y se ponía cada noche antes de acostarse. Así llegó temerosa a una tienda donde se vendían todo tipo de disfraces y uniformes. Sacó de su bolsillo una lista con los atuendos que compraría. Las noches siguienes las pasó viviendo intensas aventuras, apagando incendios, develando misterios, domando fieras salvajes, navegando por mares turbulentos enfrentando a piratas aguerridos, aventuras en las que, al final, siempre era ella la vencedora. Emocionada decidió seguir experimentando. Una noche se empolvó la cara , pintó sus labios de rojo carmesí y los párpados de negro. Se amortajó. Era un vestido negro de seda que le llegaba hasta los tobillos. Se acostó de cara al techo con las manos a la altura del ombligo, llevaba en ellas un clavel. Fue el mejor sueño que había tenido en todos esos días, el sueño más hermoso de su vida. Se veía niña, corriendo descalza y saltando en medio de una verde pradera llena de flores amarillas y árboles, desde cuyas ramas, negros y pequeños gorriones esparcían sus trinos en el bucólico ambiente. Gritaba de alegría, sonreía. A su alrededor estaban todas aquellas personas que había conocido, sus padres, amigos de la infancia, todos se acercaban a ella para cargarla, abrazarla, jugar. Era un día soleado de cielo azul intenso y nubes como grandes esponjas multiformes de algodón que viajaban lentas por el firmamento. Fue la primera vez -desde que todo esto había comenzado- que no quiso despertar. Todos se habían reunido alrededor de una gran mesa de madera en medio de ese jardín. Comían y bebían, celebraban algo que tenía que ver con ella pero que ahora le era imposible comprender. Pensó que se trataría de su cumpleaños. Los presentes estaban felices. Por un momento se detuvo y empezó a mirarlos con gesto de extrañeza. Notó que salvo ella las demás personas estaban íntegramente vestidas de blanco. Sintió miedo y quiso despertar, al no poder hacerlo comenzó a correr desesperada buscando a sus padres en medio de un gentío que la perseguía para cargarla. Se abría paso a empujones entre grupos de personas, vestidas de un blanco reluciente, que se ponían frente a ella con los brazos extendidos. Sintió que lloraba. Fue tomada y levantada de las axilas por un tío suyo muerto hacía ya algunos años. Empujó con los pies la cara sonriente del tío y cayó al suelo, se incorporó y comenzó nuevamente a correr. Una anciana desdentada se inclinó hacia ella para entregarle un clavel. Al fondo divisó a sus padres vestidos también de blanco tomados de la mano, tenían la mirada perdida en el horizonte. Comenzó a gritar mientras corría en dirección a ellos. A pocos metros de llegar pisó un gran espejo rectangular que estaba en el suelo y comenzó a caer. Se sintió liviana mientras veía flamear su vestido negro en plena caída. Ahora solo escuchaba los violines cadenciosos y su respiración estertórea. Al despertar vio, desde el fondo en que se encontraba, el rostro lloroso de su madre pegado a un vitral y, a ambos lados, la oscuridad.


Ronald Vega

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