jueves, enero 10, 2008

EL CAMINO A LA PAZ

Medio día en la panamericana sur y el bendito carro recién se mueve, lo abordé a las nueve y treinta y dijeron que salía a las once. Dieciocho horas de viaje y por fin en Arequipa. El hombre que vende los diario en el terminal es calvo, bajito y rengo, su blanca cabeza de mentón saliente y barba de tres días le da un aspecto popeyesco. Pone un "popular" frente a mis ojos, niego con la cabeza y continúa su camino por el pasillo del bus en este interminable desfile de personas que ofrecen las cosas más insólitas: Radios con reloj y termómetro, dudosas pastillas para el mareo amén de los más variopintos productos culinarios de la ciudad. Respetos guardan respetos, vaya frase que quedó para el recuerdo en una pegajosa canción. La salida a Puno, con terminal y todo, programada para las seis de la mañana, se realizó a poco más de las siete y gracias a la insistencia -reclamos a viva voz- de algunos pasajeros.

Lo mejor que se puede hacer cuando se sale de Lima es parecerse lo menos posible a un turista, por que si a alguien se le aumenta los precios en cualquier ciudad es a él. No aceptar los servicios de aquella persona que, sin mediar siquiera alguna palabra, se presenta como el solucionador de problemas, se me hace ahora una regla de oro. Debo reconocer que tengo una posición bastante acomodaticia con el asunto de la informalidad. Al llegar a Puno, una de las agencias del terminal que ofrecía viajes a La Paz, me dijeron que dada la convulsión política que vive la ciudad, los pasos estaban restringidos y los pasajes en alza. Dedos a la frente, un cigarrillo y vueltas por el terminal. Había que salir de allí. A solo unas cuadras un pequeño "Fiori", ofrecía viajes a desagüadero, zona de frontera. Viaje corto para todo lo recorrido hasta ese momento. Linda la informalidad, no hay cinturones de seguridad, ni boletos de viaje, pero sí un motivador ambiente familiar. Desde la carretera el lago Titicaca parece un mar de aguas detenidas, pétreas, sobre las cuales navegan pequeñas embarcaciones de pesca artesanal. Al pasar por Ilave algunas personas se cubrían de la lluvia bajo los aleros de calaminas de sus casas, más allá el puente, inevitable recuerdo de Cirilo Robles. El paso por Juli es el recorrido por una costa verde sin neón ni bullicio.

Desagüadero es un gran mercado por ambos lado, y como en todo mercado se puede comer bueno y barato. No tengo la cifra exacta de la cantidad de personas que diriamente cruzan la forntera, pero imagino que deben ser demasiadas para esa única oficina de migraciones. Algunos sellos y el inevitable encuentro con la policía. Todo bien.

WELCOME TO BOLIVIA. Más sellos, esta vez no hay revisión. Dos bolivianos (Bs) y medio por cada Sol te da la impresíóm momentánea de que el dinero se multiplica. En la combi -minibús lo llaman aquí- tuve la sensacíón de ser un extraño, en buena hora duró poco. Cuando llégó el primer control policial comprobé que la mayoría de los pasajeros con queines viajaba eran peruanos. Comerciantes que viven entre Puno y La Paz, con una tácita doble nacionalidad. La señora que viaja a mi lado, por ejemplo, triene al esposo en Puno y ella trabaj en La Paz, donde también estudian dos de sus tres hijos. "traigo mercadería para vender cuatro veces por semana", me dice mientras guarda su DNI luego de la revisión.

Si desagüadero es un mercado, La Paz es el paraíso del comercio ambulatorio con todo lo que ello significa. Si usted ha estado alguna vez en "la chanchería" en Villa el salvador, o en el mercado "ciudad de dios" en san juan de miraflores sabrá más o menos a lo que me estoy refiriendo, o para poner un ejemplo más común, hablaría de gamarra antes de la intervención municipal. Lugares así por las noches son un verdadero caos.
Lo primero que te habla de una ciudad cuando recién llegas son sus paredes: "Evo se queda, la revolución avanza". En los prócimos días espero descubrir por dónde es que avanza esta revolución, al menos por el lado del orden urbano parece que todavía ni asoma.

Treinta bolivianos (30 Bs) por una noche de jazz y soledad en un hostal colonial con escaleras de piedra distante a unas cuadras de la plaza Murillo. Treintaidós horas después, el camino a La Paz ha concluído, ahora una ciudad nos espera.

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