martes, enero 29, 2008

LA BÚSQUEDA



"Yo tuve un perro y una profesora que me enseñaron a olvidar, inesperadamente fui felíz pero no lo puedo recordar."

Instrucción Cívica





Por fin había dado con la callecita estrecha de balcones coloniales y suelo empedrado de la cual le había hablado aquella anciana medio ciega y desdentada a quien le compró unos cigarrillos despúes del desayuno. No tenía ganas de comprar nada a pesar de estar la calle colmada de vendedores de artesanías. Caminaba despacio en medio de una procesión de bulliciosos turistas que a esa hora colmaban la calle. Era como la avenida del mundo en un país remoto y él en medio de todo, estando sin estar, perdiéndose en el multicolor de mantas, camisetas, cerámicas y demás maravillas salidas de las manos creativas de los pobladores de aquella ciudad tan cercana y extraña a la vez. Los móviles que hasta ahí lo habían llevado no eran los mismos de aquellas emocionadas familias que a su alrededor hablaban en voz alta sobre sus próximos destinos o sobre lo bien que les quedaba aquellas prendas que se probaban, pero en fin -pensó- eso a quién podría importarle ahora, que cada quien lleve en silencio su cruz y decida si hacer o no amistad con alguno de los ladrones vecinos. Pero igual estaba ahí, tal vez por no estar solo en ese cuarto de hotel, o por no verse en medio de aquella avenida vacía llamada tristeza por cuyas veredas había transitado durante los últimos años. Comenzó a preguntar mecánicamente por cosas que en verdad no necesitaba, monederos, encendedores, entre otros pequeños productos que observaba con desinterés ante el entusiasmo de los vendedores que se esforzaban por describir las ventajas de aquello que tuviera entre sus manos. Así avanzaba de tienda en tienda preguntando por cualquier cosa intentando hacer algo en aquella soleada mañana de verano en la sierra.

En una de las tiendas ubicada al medio de la calle, donde el bullicio y el gentío se hacían casi insoportables, llamó su atención una muchacha que parecía estar vendiendo la tristeza en las vitrinas de sus ojos. Sentada sobre una pequeña silla de madera al fondo de un estrecho pasadizo colmado de artesanías a ambos lados, dominaba su pequeño negocio en el que él, casi sin darse cuenta, estaba ya revisando algunas piezas de cerámica. No pasó mucho tiempo para comprobar el por qué tan poca gente, casi nadie, nadie, entraba a este lugar o pasaba en él más de medio minuto sin antes salir con un gesto de extrañeza. La muchacha, que parecía estar clavada a su silla, había pegado a cada producto un papel con su precio. Un turista, tipo alto y rubio de ojos casi transparentes, se acercó a ella con una cerámica que pensaba comprar: "Hola -dijo con la sonrisa del foráneo mientras le enseñaba el producto- ¿Qué tal esto?", ella levantó la mirada desde su silla y respondió con voz fría y sentenciosa: "No sé, usted sabrá por que lo ha elegido". El hombre puso cara de confusión y regresó por donde vino dejando antes la pieza en su lugar. La escena que había sucedido a solo unos pasos de donde él estaba lo había puesto algo aturdido. Miraba disimulado a la muchacha que parecía perdida en algún extraño rincón del tiempo sin percatarse de aquella presencia que junto a la suya eran las únicas en toda la tienda. Él observaba con fingido interés, y algo de nerviosismo, diversos artículos buscando inútilmente llamar la atención de aquella muchacha vestida de soledad y tristeza, sentada siempre sobre su silla con la mirada al infinito y las manos perdidas entre sus piernas. Tenía unos grandes ojos color madera desde donde nacía una nariz abrupta y ancha que terminaba en dos fosas como cuevas oscuras y profundas, sus labios eran gruesos y toscos, siempre cerrados sin permitir adivinar la forma de sus dientes y mucho menos un esbozo de sonrisa.
Había algo que no le permitía salir de ahí, una atracción inexplicable que lo mantenía pasando de una manta a un mechero, y de ahí a alguna prenda de vestir y así de un lado a otro del pasillo. Pensó que ya había pasado demasiado tiempo y que era hora de decidirse de una vez, por que estaba seguro que solo comprando algo tendría una razón, aunque sea forzada, para acercarse a ella. Con un bolso artesanal de colores opacos -degradaciones del marrón- comenzó a acercársele mientras sacaba el dinero de su bolsillo. La muchacha tomó el bolso y le quitó el papel del precio, luego recibió el dinero y entregó el produco sin mediar palabra. Él hubiera querido preguntarle por alguna calle inventada o una plaza conocida pero mientras pensaba en algún argumento para iniciar conversación ya se encontraba nuevamente entre esa masa de turistas que avanzaban hacia todas direcciones en medio de la calle. Volteó para ver el lugar por última vez mientras era empujado por el gentío, llevaba el bolso doblado en la mano. Así llegó hasta una plaza cercana alfombrada de palomas, avanzó por el medio haciendo volar algunas aves a su alrededor tomando el camino de regreso al hotel.

Luego del almuerzo subió a su habitación para tomar una siesta, había pensado pasar la tarde en la biblioteca de la ciudad conociendo un poco de la historia del lugar. Al despertar juntó algunas revistas locales cuya lectura pensaba terminar en la biblioteca, tomó el bolso que estaba doblado sobre aquella mesa que fungía de escritorio y al abrirlo para poner ahí las revistas vió en su interior un pequeño papel doblado que sacó de inmediato, al desplegarlo sobre la mesa leyó la siguiente inscripción: 93.1 20:00 Hs. , acercó la luz de noche hasta la mesa para observar mejor la letra. Sí, era ella, inexpresiva hasta en su caligrafía, haciéndole una invitación que no estaba dispuesto a rechazar.
Pasó la tarde en la biblioteca revisando algunos libros de historia de los cuales no entendió nada en absoluto, la imagen de aquella misteriosa muchacha aparecía siempre en cada página que intentara leer. Al salir de la biblioteca fue al mercado y compró un pequeño radio, luego de cenar subió a su habitación, ante la mirada sorprendida de algunos huéspedes -solitarios como él- con quienes solía quedarse para jugar a las cartas y tomar vino luego de cenar. Tuvo un ligero sobresalto cuando al dar con el dial no escuchó nada, aún quedaban cinco minutos para que den las ocho así que colocó el pequeño aparato sobre la mesa de noche y se echó en la cama a esperar. la habitación era pequeña y oscura, el rumor de los huéspedes charlando en la sala se escuchaba desde lejos, comenzaba a sentirse tonto cuando una melodía que le pareció familiar comenzó a salir del aparato llenando la habitación por completo, y luego una voz, esa voz: "Bienvenido pasajero azul, soldado alas de mariposa, víctima de un amor maldecido, es este el tren que buscabas abordar, aqui es donde se detienen el tiempo y las nubes, aquí la luna bajará para acostarse a tu lado". Se incorporó violentamente de la cama, caminó por la habitación envuelto en una triste melodía que siguió a aquella voz, la misma que ahora volvía a escuchar: "No busques más bajo las patas de la mesa o en las esquinas de los techos donde viven las arañas. Yo se por qué estuviste hoy ahí y con eso basta, por eso estoy hoy aquí. No busques las razones donde están ausentes." Luego de esto calló la señal. Bajó al bar y pidió una cerveza fría.

Al día siguiente por la mañana volvió a aquella calle, a la misma tienda, pero encontró a una señora gorda y dicharachera que ofrecía las artesanías ahí donde ayer estuvo esa muchacha cuya voz aún seguía escuchando. Miró bien al interior del local y ni siquiera pudo ver la pequeña silla de madera, ningún rastro de ella ahí donde la vió por primera y tal vez única vez. Pasó la tarde deambulando sin rumbo por las calles de la ciudad, mirando ecaparates, fumando en las plazas, siempre con la esperanza de cruzársela en alguna esquina o verla comer un helado en algún parque pero nada, nada de ella en todo el día, solo sus palabras: "No busques las razones donde están ausentes".
Por la noche antes de las ocho estaba ya acomodado en la cama con el radio encendido, esperando: "No busques si lo que quieres es encontrar", fue la única frase que escuchó antes que callara la señal. Ahí mismo aventó el radio destrozándolo contra la pared, empacó sus cosas y fue a la estación, compró un boleto y dejó la ciudad acompañado por esa voz que acababa de grabársele para siempre en algún rincón del alma.

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