viernes, enero 18, 2008

UN ACCIDENTE


Eran niños jugando a la rondita lo último que viste antes de abrir los ojos, había sido un mal sueño aunque la realidad se presentara como algo todavía peor. Estabas observando aquel techo de lata a solo unos centímetros de tus ojos cuando sentiste el sabor amargo en la boca y ese olor mezcla de perfume barato, trago y nicotina que de tu cuerpo emanaba. "Vamos ingeniero no se vaya tan temprano mire que las chicas todavía no se quieren ir y además mañana es domingo". Pensaste en aquella mujer morena de anchas caderas y pechos generosos con la que habías estado hacía solo unas horas y te sentiste tonto. Quedaste en silencio, agudizabas el oído para percibir algún sonido, una señal de vida, nada. Afuera imaginabas todo como una dantesca escena de fierros retorcidos sobre esquirlas de vidrio ensangrentadas y cuerpos mutilados esparcidos en derredor. Intentaste incorporarte ¿Tal vez pensando en escapar? sentiste la tensión que se originaba en el abdomen y ascendía lenta hasta la nuca, lo hiciste varias veces pero fue en vano, estabas atrapado. Pensaste que esa sería tu primera cárcel antes que llegara la patrulla y te condujera al lugar donde realmente tendrías que pagar por lo ocurrido. Tal vez con una buena fianza y unos cuantos meses en prisión estarías nuevamente en la calle, pero sabías que la peor condena era el tener que cargar hasta el último de tus días con la culpa de haber arrebatado la vida de personas inocentes por una estúpida irresponsabilidad. Sabías perfectamente que jamás volverías a ser el mismo. Intentaste volver a incorporarte esta vez sí pensando en escapar, pero era inútil, ya no tenías nada más que hacer.
Tus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas cuando escuchaste dos fuertes golpes al lado de la puerta. Había llegado el momento, tus latidos eran acelerados, jadeabas, no querías salir, preferías quedarte ahí adentro antes de presenciar el horror que habías causado, sentías ya sobre ti el llanto de los familiares a quienes habías quitado la alegría de vivir junto a sus seres queridos. Ahora llorabas presa del miedo y el espanto. Nuevamente los golpes en la puerta. Al voltear viste un rostro que se te hacía extrañamente familiar, la voz te llegaba desde lejos.
- Ingeniero, ¿Todavía no se va?
Sacudiste levemente la cabeza y respondiste con un NO lento y arrastrado. Luego de un suspiro de alivio apoyaste la cabeza sobre el volante mientras observabas nuevamente a los niños jugando a la rondita, sin escuchar el claxón que a esa hora despertaba a todo el pueblo.

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