lunes, febrero 25, 2008

EL ÚLTIMO NO

Ronald Vega


Él dijo no, pudo haber explicado mejor su respuesta pero lanzó esa negativa contundente ante el asombrado rostro de Julia. Pero nos hemos pasado la semana entera planificando esto Marce, no puedes ahora echarte para atrás, algo ha tenido que haber pasado y exijo me lo expliques para poder entenderte. Marcelo revolvía la cucharilla en el café, el vapor se elevaba frente a su rostro. La llamé el miércoles para invitarla a salir y aceptó. Julia escuchaba con atención, él vaciló por unos segundos y continuó. Estuvimos conversando en el café La Palma, ella es agradable, no lo puedo negar, tenemos muchas cosas en común, hablábamos sobre el pasado, su experiencia en el África, mi trabajo en la biblioteca, todo estaba bien hasta que la llamó su madre, en principio me alteré pues en el fondo pensaba que tendríamos que despedirnos ahí, en tan poco tiempo, pero me equivoqué. Pues no me sorprende, por lo general te empeñas en adelantarte a los hechos y hacer todo un mundo de eso. Pero siempre la realidad es la que tiene la última palabra así que terminamos, o tal vez debería decir comenzamos, en el cine club de Las Condes, ché está muy lindo ese lugar. Sí, lo sé, ahora dime que pasó. Pues llegamos cuando ya había comenzado la función así que tendríamos que esperar la próxima que comenzaba a las diez, bueno el hermano y su novia fueron por ahí a comer. Vaya, terminaste rodeado de toda la familia. Algo así, quedamos solo ella, yo, la madre y su compañero, como aún quedaba una hora para la función caminamos por la plaza Freire en busca de un lugar donde pasar el tiempo, fue difícil dar con algún sitio hasta que al final encontramos un restaurante en camino castillo. Vaya que caminaron ché. Ahí el compañero de la madre pidió un vino y se fue el tiempo conversando sobre el país y esas cosas, de vez en cuando nos mirábamos de soslayo con esas miradas cómplices que vos debes conocer. Pero claro, de esas que se dieron el lunes en el carrusel. Pues sí, de esas que yo tomo como señales de algo. De aceptación. De agrado diría. Eufemismos. Bueno continúo, nos sentamos juntos en el cine. Tampoco me lo imaginaba de otra manera. La película estaba fuerte, niños mutilados que vivían recogiendo minas antipersonales para venderlas en una frontera en guerra. Parece buena. Sí, pero luego te digo el nombre, yo había comprado algunos caramelos que le alcanzaba de rato en rato, en el momento más intenso de la película la vi que lloraba así que saqué mi pañuelo y se lo alcancé, lo rechazó. Estaría sucio, al decir esto Julia rió, pero Marcelo continuaba hablando como si no la hubiese escuchado. Me cohibí. Vamos pero también era un primer acercamiento. Puede ser, pero desde ahí comencé a pensar mejor mis formas de acercarme, por ratos le acariciaba el hombro como solidarizándome con su tristeza. Al salir le propuse ir al Tartufo a tomar un café, tuve que insistir un par de veces antes que aceptara. Bueno, hay mujeres a las que les gusta mucho que les insistan. Sí, son aquellas que con el tiempo he llegado a detestar. Bueno, que más. Nunca hubo café, preferimos un vino, ahí me sentí mucho más libre, estábamos solos en una de las mesas del fondo continuando la charla iniciada en La Palma, esta vez fuimos más lejos, cada uno comenzó a escarbar dentro de sí mismo, sentí que por fin volvía a abrir mis puertas y ventanas para que entre otra vez el sol. Que lindo momento Marce. Lástima que durara tan poco como todos, al salir hicimos el regreso a pie, y tal vez tuvo que ser ese el momento preciso para un acercamiento definitivo, pero algo me inmovilizó, comencé a deleitarme con su sola compañía, otra vez el miedo de cometer una torpeza que echara todo a perder. Llegamos a su casa y yo sentía en el fondo el desvanecimiento de una oportunidad perdida, me quedé sin palabras, cuánto me hubiese gustado poder decirle algo, como ese martes en el carrusel cuando la escuchamos cantar y antes de irnos le dije “He venido solo para verte” y luego desaparecí avergonzado. Fue muy gracioso eso Marce. Para mí fue heroico, antes de subir al taxi dejó un cálido beso sobre mi mejilla que me dio la certeza de haber sido un tonto. Pues por lo que me cuentas la cosa no fue tan mal como para que ahora digas no. Marcelo encendió un cigarrillo, Julia acababa de pedir otro café. Ayer la llamé saliendo del trabajo, le hice saber que necesitaba verla y de paso la invitaba a que me acompañara a una reunión con un sindicato en Torrijos. Que interesante. Pensé que a ella por todo lo conversado la noche anterior le interesaría aún más, en el fondo la invitaba a compartir mi mundo, que he sentido tan cercano al suyo, pero no aceptó, la verdad es que sus razones no terminaron de convencerme. Julia se quedó por un momento con la mirada al vacío moviendo los labios de un lado al otro mientras los recorría con los dedos. Que pasó. Nada, que ayer la vi. Dónde. En la fiesta de La Caleta. Se hizo el silencio, Marcelo dio un largo suspiro y se quedó mirando el fondo de la taza vacía como buscando algo, tal vez unas manos que lo tomaran de la solapa de su camisa y lo llevaran hasta ese fondo que ahora había atrapado su mirada, le hubiera gustado mucho quedarse ahí, en el fondo vacío de aquella taza. Julia lo miraba sin saber qué hacer. Es mejor que vayas, no entiendo por que a veces eres tan radical. Por que durante todo este tiempo he sido exactamente lo contrario y ya ves, no puedo comportarme de otra manera. Marcelo se puso de pie, dejó unas monedas sobre la mesa, se despidió de Julia y salió, durante el camino sentía ese leve dolor en el pecho –que con los años había reconocido como un signo de estar enamorado- como cada vez que la recordaba. Al llegar a casa encontró una nota debajo de la puerta, era de ella “Me gustaría mucho que vinieras mañana”, el dolor en el pecho se agudizó, con el papel entre las manos cayó de rodillas sobre el piso, al fondo le pareció escuchar una voz que lo llamaba.

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