lunes, junio 16, 2008

EL REENCUENTRO


Faltaba poco para que den las once, ya sabía que a pesar de la prisa llegaría tarde a la cita. Tomó el saco del perchero, se acomodó el sombrero y salió. Afuera el frío arreciaba, avanzó hasta la esquina frotándose las manos y subió a un taxi. Un burdel, un burdel, decía mientras pensaba por qué esta persona lo había citado en un lugar como ese. Créame amigo, ambos tomaban café en un restaurante, si usted ha venido hasta aquí escapando de la rutina de la ciudad pues este lugar que le digo le va a caer perfecto, se lo digo yo que soy cliente antiguo. El chofer del taxi lo miraba extrañado por el retrovisor. Sacó del bolsillo la dirección mirando preocupado hacia la calle. “La gata” me dijo, preguntó el taxista con la intención de darle confianza a su particular pasajero. Si, respondió él sin dejar de mirar por la ventana aquella su nueva ciudad vestida de noche. Bajó. Una fina garúa teñía de blanco los invisibles cabellos de la urbe. Caminaba sobre las veredas humedecidas haciendo un sonido seco con el taco que se reproducía en toda la calle por la que a esa hora era el único que transitaba. Los postes derramaban sobre él una luz amarilla que se reflejaba en las aceras. Con las manos refundidas en los bolsillos del saco caminaba acelerando sus pasos, encendía un cigarrillo. Por momentos se sentía observado. Era tarde, pero no demasiado y decidió entrar. Los dos enormes tipos que custodiaban la puerta lo observaron de arriba a abajo con cierto desprecio, luego se miraron entre ellos compartiendo una media sonrisa. Adelante, dijo uno mientras el otro empujaba una pesada puerta de rojo escarlata con bordados dorados. Él los miró sonriente mientras entraba como tratando de ganarse su amistad, ellos habían vuelto a su habitual seriedad. Era un pasillo alfombrado y estrecho iluminado por una débil luz que venía del fondo. Del otro lado tuvo frente a él un amplio salón rodeado de confortables muebles que invitaban al descanso. Al costado, tras de la barra, el barman agitaba una coctelera. No parecía haber clientes a esa hora, cosa rara para un lugar como ese, tal vez había muchos otros mejores en la ciudad, pensaba mientras se acercaba a la barra. ¿Ha estado alguien aquí antes que yo llegara? El Barman dejó la coctelera, se limpio las manos, lo miró a los ojos y dijo con fingida amabilidad, un tipo que acaba de salir y dejó dicho que si alguien lo venía a buscar que lo esperara. Le pidió una cerveza y fue a sentarse en uno de los sillones. Había espejos por todos lados, se divertía observando su reflejo. Música sensual en el ambiente. Las notas del saxo flotaban por todo el salón. Una mujer en traje de látex que cubría su rostro con felino antifaz comenzó a caminar hacia él haciendo resaltar su provocativa figura. Olvidó su cita y llamó a la mujer para que le hiciera compañía, pensaba cual sería su frase de entrada para impactar y ya la tenía frente a él pidiéndole le hiciera un espacio. Llegó la hora de los gatos, dijo ella mientras le pasaba un brazo por el cuello y levantaba el muslo apoyándolo sobre la pierna del hombre. Él estaba relajado, bebía por ratos su cerveza viendo los dedos de ella desbotonándole la camisa con lentitud. Comenzó a acariciarle las manos. Que grandes que son, dijo con voz melindrosa, cuántas cosas no habrás hecho antes con ellas, ahora paseaba con suavidad la yema de sus dedos por las gruesas manos del hombre. Por un segundo fugaz pasaron por su mente las imágenes de inmensas y desoladas pampas, de personas arrodilladas, ojos vendados y las manos sobre la nuca, frente a él. Le pareció escuchar el sonido de disparos. ¿Dónde estas?, preguntó ella acariciándole la barbilla. Él lanzó una intensa mirada sobre las piernas de la mujer y posó su mano sobre uno de los muslos. Quedé en verme con un amigo, dijo como excusándose. No existen amigos en esta ciudad, respondió ella alcanzándole otra cerveza de las tantas que habían traído sin que él las pidiera. ¿Y que haces por estos lares?, preguntó la mujer. Él dudó. De vacaciones respondió algo confundido por la pregunta. Debes haber trabajado demasiado y necesitas relajarte. Tal vez, contestó ciñéndola por la cintura. Pues verás como aquí te vas a relajar, dijo ella haciéndole señas al barman para que subiera el volumen de la música. Ahora le hablaba casi al oído, por ratos lo besaba en la mejilla con ocultado desprecio. Aún eres un hombre fuerte, seguro que has trabajado en cosas rudas. Se sentía mareado, pensó que era demasiado pronto para estar así, pero ya su cabeza no podía controlar sus manos que paseaban por las piernas de la mujer. Debes haber sido albañil, dijo mientras le acariciaba los brazos, él negó torpemente con la cabeza. Entonces has sido boxeador, preguntó ella acercando sus labios a la oreja del hombre que comenzaba a incomodarse, tampoco, respondió casi arrastrando la palabra. Entonces…ella acercó bien sus labios para susurrarle al oído, engrosó algo la voz y dijo. ¿Militar?. Él intentó incorporarse pero se sentía pesado, ella se sacó el antifaz, la música calló repentinamente. Cómo está teniente García, dijo la mujer tomándolo de la barbilla, acercando su rostro al del hombre que había comenzado a temblar. Soy Sarah, él escuchó el nombre y en su mente aparecieron imágenes de una joven corriendo en medio de la pampa. ¡Atrápenla!, había ordenado el teniente mientras se subía los pantalones, y en cuanto den con ella acábenla, no quiero después tener problemas. El hombre intentó decir algo pero a esas alturas le era ya imposible articular palabra alguna. Los dos tipos de la puerta ingresaron al salón, uno de ellos tomó al retirado sargento García del cuello de la camisa, lo levantó como a un muñeco, en ese instante se apagaron las luces, el barman apareció con un revólver en la mano, la mujer encendía un cigarrillo cómodamente sentada en uno de los sillones.




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