domingo, julio 13, 2008

NO HAY MAR QUE POR BIEN NO VENGA



¿Esta ocupado este lugar? Pregunta el tipo flaco y de ojos hundidos que tengo frente a mí. Como todas las noches he venido a este restaurante por una milanesa y un refresco, en Bolivia la gente es sumamente educada, algunas veces ya al extremo. Luego de mi negativa el tipo acomoda su silla y toma asiento frente a mi; somos lo únicos comensales en la mesa. ¿Usted no es de aquí verdad?, me pregunta luego de hacer su pedido al mozo. Es difícil ser descortés en un país donde la cortesía reina por doquier, hubiese podido negar con la cabeza y seguir concentrado en mi plato, pero levanté la mirada y encontré los ojos de ultratumba de mi interlocutor. Sí, contesté sin dejar de mirarlo intuyendo que vendría alguna otra pregunta. Y… ¿En que trabaja? Como siempre que no pretendo descubrirme ante una persona nueva me invento una historia. Soy cajero, trabajo en la sucursal de un banco en la ciudad de El Alto. Antes que continuara me adelanté rebotándole la pregunta. ¿Y usted?, yo hago muebles, me dice, tengo una taller aquí cerca. Aproveché su respuesta para llevar la conversación por el lado laboral, le contaba un poco sobre lo difícil que es ser cajero por lo del trato con las personas y él hablaba sobre cómo pasó de ser ayudante de carpintería a fabricar sus propios muebles y montar un negocio. Yo buscaba evitar la pregunta sobre mi nacionalidad, desde que vivo aquí no me he sentido realmente extranjero, y es que las diferencias entre nuestros países son muchas veces tan inadvertidas que me siento extrañamente satisfecho cuando paso por nacional, aunque hay personas que con solo escucharte dos palabras ya saben si eres de aquí o no, este señor era una de esas personas. ¿De dónde eres?, me pregunta luego que el mozo deja su pedido sobre la mesa. Peruano, digo yo atento a su comentario luego de mi respuesta. Tuvo una exhalación parecida a un suspiro de nostalgia, apoyó los codos en la mesa y la cabeza sobre las manos, su mirada estaba fija en algún punto perdido de la pared que tenía tras mío. Era obvio que el hombre estaba mirando hacia dentro de su ser, tal vez recordando algún hecho relacionado con ese lugar del cual ahora me siento tan distante a pesar de la cercanía geográfica. Entonces…conoció el Perú. Lo dije como una aseveración tomando en cuenta la actitud que él había tomado. Sí, me contesto saliendo de su ensimismamiento, cuando mi hijo era pequeño tuvo una época en que estaba como loco por conocer el mar. En ese momento yo dejé de comer prestándole toda la atención a aquel hombre que tenía en frente y hablaba sin mirarme a los ojos, totalmente abstraído por sus recuerdos, él continuaba hablándome. Le prometí que si sacaba buenas calificaciones en la escuela lo llevaría a ver el mar. Era la primera vez desde que estoy aquí en que escucho hablar sobre el tema sin que se toquen asuntos de política o historia con un aire marcado de revancha, esto aumentó mi interés por la persona a quien escuchaba, él lo notó y decidió continuar su relato con lujo de detalles. Fue el año en que sacó las más altas calificaciones en toda la escuela y luego de recibir sus notas me recordó la promesa, así que viajamos a Arequipa. Para ese momento yo ya estaba tan metido en la historia que no le di oportunidad de abstracción al tipo. ¿Y como estaba su hijo cuando llegaron?, le pregunté antes de verlo abandonarse a sus recuerdos. Cuando llegamos a la playa comenzó a correr y luego se dejó caer a mitad de camino antes de llegar a la orilla, se revolcaba sobre la arena. El hombre seguía con la mirada fija en la pared, había achicado los ojos como para ver mejor la imagen que en ella se proyectaba para él, la imagen de su pequeño hijo aquel día en que lo llevó a conocer el mar. Yo reflexionaba sobre la dicha que tienen los niños al no concebir la idea de frontera en su pensamiento. ¡Cuánto puede significar en la vida de un ser humano la contemplación del mar! Recuerdo los inviernos en que íbamos con mi mejor amigo a la playa de San Bartolo solo para sentarnos en algún peñasco y contemplar la infinitud del mar escuchando el reventar de las olas, pienso en lo que aquellas tardes pueden haber significado en las visiones que ahora tengo de la vida. El asunto del mar no termina siendo del todo una deuda histórica o una lucha por territorio perdido, es por sobre todo eso, una necesidad humana, espiritual, la contemplación de una extraña belleza capaz de producir múltiples efectos en nuestro ser.

2 comentarios:

carol dijo...

realmente comparto tu visión del mar... es una necesidad que al ser suplida deja huellas profundas en la memoria

perrorabioso dijo...

que triste historia cumpa, peor de como me la contaste. Snif.
Vamos al mar!!!