lunes, octubre 27, 2008

EL BOMBITA

Cuando era pequeño teníamos dos perros en casa, uno normal y "el bombita". Le llamaban así por su apariencia de pequeña bola lanuda y sucia cuya cola se me aparecía como una mecha que buscaba ser encendida. Cierto día mamá me descubrió con un fósforo intentando prenderle la cola al animal, por unos segundos no me dijo nada y me observaba extrañada, tal vez tratando de entender el por qué de lo que hacía, pero, cuando se dió cuenta que mis asuntos me los lllevo muy en serio, me quitó el fósforo y se fué riendo y diciendo cosas que yo no podía entender, el perro se alejó de mi como quien se aleja del fuego, y yo me quedé ahí pensando alguna nueva forma de hacer explotar al bombita.

En el techo de la casa había una poza de cemento que en algún momento habría servido para almacenar agua, pero ahora se encontraba llena de escombros. Me pasé varios días limpiándola para hacer de ella el lugar más agradable de lectura que haya tenido hasta hoy en mi vida. Todos pensaban que no estaba en casa y yo pasaba tardes enteras metido en el fondo del pozo con "las mil y una noches", con esa seguridad de no ser interrumpido que solo el aislamiento nos puede dar. Recuerdo haber salido de la poza una tarde cuando vi al bombita de espaldas a mi mirando la calle muy cerca al borde del techo.

Era la gran oportunidad de acabar con la duda. Me acerqué sigilosamente sin que él se percatara de mi presencia, y cuando estuve a unos pasos de su cuerpo, le di un empujón con el pie viendo su figura desaparecer, antecediendo a un golpe fuerte y seco que yo en ese momento confundí con una explosión. Bajé corriendo hacia la calle pensando ver alguna mancha negra como esas que aparecían luego de una explosión en las series norteamericanas sobre vietnam, y encontré al pobre animal manando borbotones de sangre por la boca. Murió frente a mis ojos. Esa tarde comprendí que los animales sienten, que la muerte existe y que el llanto es la mejor forma de desahogo.

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