jueves, marzo 26, 2009

DOS PREGUNTAS

Sentados sobre un peñasco, mirando el mar, navegan en un silencio de aguas tranquilas. Piensan, sueñan, no se hablan ni se miran.
Un ave de cristal surca el cielo delante de sus ojos tristes. Ella, lanza a la inmensidad sus palabras desde las sienes. Él, acaricia nostálgico las alas de aquel ave de cristal convertida en un punto blanco en medio del cielo que ha comenzado a vestirse de noche.

Bastaría solo una palabra capaz de retroceder el tiempo, una caricia para congelar el mundo, una sonrisa para incendiar el firmamento. Pero ambos continuan en silencio, dos solitarias soledades desoladas, que caminan una senda de espinas-flores-melodías-luces-aromas, y demás nimiedades del mundo contemporáneo.
Noviembre ha cáído sobre ellos envolviéndolos en un manto de luz. Mas, al partir, los dejó en medio de esa oscuridad donde las almas se pierden, donde solo se escucha el respirar de la muerte.

El miedo de llegar al final, un paseo en bicicleta por la Vía Lactea (¿Será de leche?), la muerte de una niña ciega que nunca aprendió a hablar, un gracias que empuja desesperado la puerta para salir, pero se siente pequeño e innecesario. No tiene caso cantar las palinodias. No hay canto capaz de acabar con este silencio.
Hay una mujer sentada en la orilla, allá abajo, tiene un garfio y dibuja una luna sobre la arena mojada, observa el caer de sus lágrimas en la silueta del astro.
A kilómetros de sus miradas, un hombre alado con rostro de salamandra y cola de león, ha caído en medio del mar apretando en su mano un adiós. Ellos siguen en silencio, tratando de escuchar la voz del otro en el romper de las olas. En ese momento, algo más fuerte que el silencio se rompió con sus palabras. Aún sin mirarla preguntó:

- ¿Y si sembramos Giralunas en los soles?

Entonces se miraron por vez primera, el sol volvió a asomar en el cielo, la noche se dispersó, la mujer se clavó el garfio en el ojo y corrió hacia el mar, la cabeza de salamandra fue devorada por tiburones. Ella, una niña que mira y habla, poniéndose en pie preguntó:

- ¿Y si las regamos con vino?

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