jueves, abril 30, 2009

LA ÚLTIMA JUGADA

Más tarde, el azul cielo comenzó a tornarse gris y el hombre continuaba sentado en la banca de aquel parque. Desde la mañana, la profesora lo observaba disimuladamente por la ventana del salón. Yo también lo veía. Estaba sentado con las piernas cruzadas y al costado tenía un pequeño bolso del cual sacaba un tablero de ajedrez para mostrárselo a algún ocasional transeúnte invitándolo al juego. Nadie le hacía caso. Eran ya varias semanas así.

Una mañana desperté temprano y salí de casa una hora antes de la entrada al colegio. Pasaba por el parque esperando encontrar al hombre sentado en la banca. Ahí estaba, jugaba al ajedrez con la profesora. Durante el recreo me acerqué a ella para preguntarle por el hombre. “Es alguien que sufre”, dijo sin mirarme, concentrada en la lectura de su libro mientras bebía sola el café en la sala de profesores.

A la salida decidí pasar por su delante esperando iniciar conversación. Al verme de pie frente a él, tomó el bolso y me mostró el tablero. “No sé jugar”, dije y me senté a su lado. El hombre permaneció con la vista fija en el horizonte sin decir palabra alguna. Hice un par de preguntas que no contestó. Entonces comprendí su silencio y regresé a casa. Por la noche, buscando entre los libros de mi padre, encontré un manual de ajedrez que leí hasta la madrugada. Compré un tablero pequeño y barato, de esos que vienen con fichas imantadas, que comencé a llevar todos los días al colegio, pero no encontraba entre mis compañeros nadie con quien jugar. Mientras tanto el hombre seguía mostrando su tablero a la gente que pasaba por el parque sin que nadie, salvo la profesora aquella mañana, se interesara en jugar con él.

Al costado de mi casa hay una cabina de internet. Pasé una semana entera jugando partidos de ajedrez en línea, antes de volver a acercarme al hombre del parque.

Cuando ha terminado de acomodar las fichas levanta la mirada y pregunta mi nombre, luego mi edad y algunas cosas sobre el colegio, sobre mi vida. Cuando pregunta me mira a los ojos fijamente, luego baja la mirada hacia el tablero y hace una jugada, dejándome con la duda del juego que debo hacer y el pensamiento de una respuesta. Es un jaque inminente, estoy perdido. Entonces lanzo la pregunta: “¿Usted siente que vive?”.

Hoy mamá me ha pedido que almorzáramos juntos en un restaurante cerca al colegio. Mientras voy hacia allá, paso por el parque y encuentro la banca vacía con una nota pegada al espaldar. Me acerco y leo: “Fui a almorzar, regreso a las tres”. Dejo la nota en su lugar y voy al restaurante pensando en para quién habrá sido escrita. Al salir del colegio aquella tarde, paso por el parque y veo al hombre haciéndome señas con el tablero preparado, listo para comenzar el juego. Luego de mi primera jugada pregunto: “¿Para quién deja la nota?”. El hombre lanza un suspiro, tiene la mirada fija en el tablero y una mano acariciándose el mentón. Cuarenta minutos después, seca algunas silenciosas lágrimas de su rostro y yo debo volver a casa. Él no ha movido una sola ficha y yo solo un peón.

Anoche he tenido un sueño raro. Una mujer alada camina por el parque llevando en una mano una espada y en la otra un girasol. Mueve la cabeza a ambos lados como buscando algo. En una de las bancas hay un tablero de ajedrez, se sienta, observa silenciosa las piezas, llora. Mueve un caballo negro sin soltar el girasol y se va, perdiéndose en la noche con paso lento, silbando un réquiem.

Esta mañana, al pasar por el parque con dirección al colegio, veo que el hombre no está. Hay una nota sobre el espaldar. Voy hacia la banca, tomo la nota entre mis manos y leo: “Ahora ya sé que no vendrás”. Estoy sentado en mi pupitre leyendo la nota cuando el director entra al salón para anunciar que la profesora ha tenido que dejar la escuela por motivos personales. Miro por la ventana la banca vacía, vuelvo a leer la nota entre mis manos. Ahora pienso que ella, al igual que el hombre del parque, es alguien que sufre.




1 comentario:

K i L L a* dijo...

buen detalle el girasol...
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.::
::.
continuara?

Abrazos