martes, abril 07, 2009

PARA PROTEGERNOS DE LAS LLAMAS




Hola, dijo ella sentada en la banca de aquel parque. Cuando volteé a verla, un impulso irrefrenable me llevó a tomar asiento a su lado. Es una linda tarde, dije por decir algo. Era invierno. Veredas humedecidas por garúa. Árboles sin hojas. Poca gente. Un gris de cielo habitando mi alma. ¿De dónde vienes? Pregunté. Entonces me envolvió en su mirar-sonrisa que acabó con todas mis defensas. Del lugar donde las orugas ya no pueden ser mariposas, dijo y me devolvió la pregunta. Y ¿Tú? De un lugar que no conozco pero al que algún día llegaré. Silencio. La lluvia menuda comenzó a caer sobre nosotros. Vi el cristalino correr de las gotas de cielo sobre sus mejillas. Entonces nos miramos, me tomó de la mano y comenzamos a correr. Pisamos charcos descalzos. Barro a la cara. Girando bajo la lluvia, mojados, solos y felices. Subimos a las copas de los árboles, jugamos en la tierra con lombrices. Con nuestras alas pintamos de colores el gris del cielo y un sombrero. Caminamos por todo el parque conversando con las flores, escuchando el cantar de caracoles, la alegría de mariposas, el silbar del viento en las ramas secas de los árboles.

Así pasaron los días de aquel invierno. Algunas veces me preguntaba de dónde pudo haber salido un ser así. Pero de tanto preguntar dejaba de vivir lo que acontecía. Al tiempo comprendí que era una parte de mí que se había desprendido de mi ser, y llevaba consigo las llaves de todas las puertas que yo jamás pude abrir. Nos hicimos pequeños, pequeñísimos, para caminar juntos por las hojas de los girasoles. Sobre alfombras amarillas andaban nuestros pasos despreocupados de todo.
Cada tarde volvíamos a la banca donde nacimos, para recordarnos que todo era real, que no estábamos muertos. Las gentes que paseaban por el parque nos miraban siempre con ojos de burla. Ella les sonreía vestida de mariposa cara de niña, y yo de infante marinero con pantalones cortos. Caritas manchadas de barro. Corríamos pequeños junto a las hormigas entre la hierba, la tarde en que el final comenzó. Acarició la muerte nuestras manos y exhaló su aliento sobre nosotros.

El fuego era voraz. Recuerdo que corríamos en busca de un lugar para protegernos de las llamas. Entonces el humo lo envolvió todo. Busqué por mucho tiempo sin hallar. Llamé durante siglos sin oír, pero ya no estaba. Y esta tarde, sentado en nuestra banca-cuna-vacía, observo todo sin ella, tan triste y desolado, tan luna violada en cielo sangre, tan nada. He venido aquí luego de caminar sin tiempo los rincones de este parque, para entender que ella vive en nubes naranjas, o en el cielo que la habita como felino en residencia silenciosa. Ahora la gente no se burla, me saludan como si fuera uno de ellos. Y sí, soy uno de ellos, sin ella.

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