lunes, septiembre 13, 2010

LA CENA...

Era tarde y tenía temor de encontrarlo cerrado, aunque después de tanto tiempo lo peor hubiese sido no encontrarlo, pero lo encontré. Recuerdo bien que durante mis primeros meses en la ciudad era un asiduo concurrente de este pequeño restaurante al que, algunos años después, acabo de volver.
Tras la ventanilla una señora gorda con un bebé en brazos me sonríe con amabilidad. “¿Una cena señor?” “Sí por favor” digo mientras le alcanzo un billete; la mujer me entrega un ticket y el vuelto. Agradezco y bajo. Sí, bajo, el restaurante es un sótano.

Al terminar la escalera me doy de frente con un espejo que devuelve mi figura en cuerpo entero. Me asusto, pero tengo hambre. Avanzo buscando una mesa vacía, los comensales son pocos pero bulliciosos. La luz es blanca, las paredes están adornadas por imágenes diversas que van desde antiguas fotos de equipos de fútbol, un bodegón, recetas de cocina en periódicos amarillentos, mujeres en bikini, carteles con el nombre de los platos que sirven (asado de pollo, guiso de res, etc.), y –lo más curioso- un cuadro de Guayasamín. Del techo, cuelgan coloridos globos que me recuerdan alguna fiesta infantil.

La mesera se acerca con un plato de sopa hirviente y lo pone sobre la mesa. Es una mujer joven, tal vez de treinta y pocos; no me mira, aunque yo le busque la mirada. Luego de dejar el plato, acomoda una cuchara y sin decir nada regresa a la cocina, donde le entregan más platos que va dejando de mesa en mesa, así, con una inexpresividad que comienza a ponerme nervioso. Desde aquí, puedo ver al cocinero: es un tipo gordo y alto, su rostro es duro, de ralos bigotes, tiene rasgos orientales. Me parece la imagen típica de un cocinero / carnicero. Observa todo el salón desde esa ventana en medio de la pared por donde le alcanza los platos a la inexpresiva muchacha.

Recuerdo ahora al mesero que trabajaba aquí cuando vine por primera vez: era bajito, servicial, de buen aspecto, con rayitos amarillos en el cabello y un escorpión tatuado a un lado del cuello, casi debajo de la oreja. Por un momento, pienso en preguntarle a la mesera por él, pero desisto al imaginármela mirándome con su cara de piedra sin una respuesta satisfactoria. Mejor me concentro en la sopa que comienza a enfriarse.
Voy dando espaciadas cucharadas mientras observo un poco a mí alrededor. A mi espalda se encuentra la mesa más numerosa. Un grupo de hombres charla sobre cuestiones de trabajo mientras beben cerveza, al parecer ya terminaron de comer. Un poco más allá, hay un hombre mayor comiendo solo: es –aunque sentado- bastante alto, además de viejo y seco, tanto que, en su cuello, resalta la manzana como si fuera un foco de 100 vatios. Me mira sin dejar de masticar lento como un rumiante; creo que me sonríe.

Me alegra estar aquí. Siempre he tenido una vieja pasión por volver a los lugares donde antes estuve; lástima que ya no trabaje más aquel muchacho atento, con su corbatín negro y la camisa de blancura dudosa, me hubiese gustado poder saludarlo.

La sopa no estuvo mala, pero tampoco buena; el restaurante no es para nada de los mejores de la ciudad; a decir verdad me gusta más por su ambiente que por la calidad de su comida. A poco de terminar la sopa, levanto la mirada y me doy con la mesera de pie frente a mí, escrutándome en silencio. Del susto, se me cae la cuchara, me agacho a recogerla y ella sigue ahí, mirándome con los brazos cruzados cual instructor militar. “Churrasco o adobo” me dice como si hablara sola. “Adobo” respondo yo de la misma manera. Nunca me ha gustado ser amable cuando no lo son conmigo. Ella se retira llevándose el plato vacío.

Acabo de recordar que en este lugar cada plato viene con su respectivo “cerro” de ensalada. La última vez que estuve aquí el mozo tuvo la gentileza de sacarla luego de pedírselo. Ahí viene la mesera cara de piedra; desde aquí, puedo ver el montón de ensalada de lechuga sobre el adobo. Cuando está dejando el plato sobre la mesa le tomo la mano con suavidad, pero ella me rechaza bruscamente. Entonces le pido por favor que retire la ensalada del plato, por primera vez siento que es a mí a quien le habla: “¿No desea la lechuga el caballero?” le digo que no y ella toma el plato para dirigirse a la cocina. Antes de retirarse percibo un cambio en su rostro: ahora sonríe.

Gran sorpresa me produce ver a la mesera acercándose a mi mesa, con tremenda sonrisa, trayendo un plato repleto de ensalada de lechuga que acaba de colocar frente a mis ojos. Al instante, su rostro recupera la dureza e inexpresividad de siempre para decirme: “Cómasela”. El cocinero observa la escena con atención, los demás comensales no se dan por aludidos o fingen indiferencia. “Perdone señorita, pero le dije que no quería lechuga”, hago mis mayores esfuerzos para que mi voz suene imperativa y no se me note el miedo que comienza a treparme por la espalda. Al ver mi negativa, la mesera voltea para mirar al cocinero a quien me parece ha hecho un guiño. Este se mete a la cocina para buscar algo y luego camina en dirección a la mesa. Trae algo en la mano que, a primera vista, parece ser un objeto contundente. Yo no atino a nada más que quedarme ahí sentado frente al intacto plato de lechugas y la mesera.

Tras el cocinero, vienen dos mujeres jóvenes. Una baja y regordeta, brazos como muslos, vestido azul eléctrico ceñido en extremo y zapatos rojos de charol y taco alto; es rosada, pecosa y de senos prominentes que parecen querer saltarle del escote. La otra flaca y huesuda, viste de negro, pantalón de tela y camiseta, su piel es color tierra, su cráneo amplio, posee una quijada que parece estar siempre al acecho. Ambas se ven contentas, como si hubiesen estado mucho tiempo esperando a que algo así sucediera.

Lo que el cocinero lleva en la mano es una guitarra. Pienso que el dolor que produciría al romperse sobre mi cabeza será menor al de una cacerola y me digo: estoy salvado. Los comensales siguen sin enterarse de nada o haciendo notar lo contrario, solo el viejo seco levanta un poco la mirada cada cierto tiempo, como siguiendo los sucesos disimuladamente. Yo sigo pensando en el suave trinar de la guitarra sobre mi cabeza.



El cocinero es tan alto y robusto que sobre su pecho la guitarra parece un charango. Luego de una breve introducción (Se nota que es muy bueno con el instrumento), el hombre se manda con un “Lara Lara lá” de pecho que habría hecho mearse en los pantalones a cualquier tenor profesional. El ritmo es una rara mezcla de folclor y nueva ola; el baile es más raro todavía. La regordeta baila una suerte de vals/marinera/ská, mientras que la huesuda parece estar queriendo encontrar, con cómico resultado, la similitud entre la danza de tijeras y el baile del can-can. Ambas, de rato en rato, intentan ponerme trozos de lechuga en la boca, los mismos que yo rechazo en medio del asombro. La mesera acompaña con las palmas y la banda parece estar completa. Frente a mí, “Lechuga Music Band” cantando con gran entusiasmo una canción cuyo coro dice: “Quien no come la lechuga, sus problemas no apechuga”. Repitieron el estribillo ese varias veces, calculo unas ocho, las muchachas se esforzaban en sus bailes, el cocinero cantaba tan alto que me daba la impresión que en cualquier momento la yugular le saltaría del cuello y caería sobre el plato de ensalada, la mesera comenzó a zapatear. Miré alrededor. Los comensales continúan su charla. Solo el viejo seco me mira, ahora sin disimulo, y, en medio de todo el bullicio, alcancé a leerle los labios cuando me dijo: “A mí me hicieron lo mismo con las aceitunas”

Es cierto que en ese momento tenía muchos problemas que resolver, así que el estribillo ese tampoco me venía del todo mal. El problema ahora era que yo no estaba dispuesto a comer las benditas lechugas. Y así lo hice saber cuando me puse de pie, enérgico pero con miedo, exigiendo que quitaran el plato. Fue ahí cuando todos los comensales se callaron y voltearon a mirar la escena, sentía sus miradas como espadas candentes sobre mí. Todos estaban de pie, solemnes. La gordita chorreaba sudor por toda la cara y le emanaba un insoportable olor a sobaco capaz de marchitar las lechugas en contados minutos. A la otra le roncaba el pecho como octogenario asmático, ese sonido lastimero era lo único que se escuchaba en medio de un repentino silencio.

Entonces, en medio de mi asombro/miedo/desesperación pregunté en voz alta por el mesero antiguo, con la esperanza de que pueda estar escuchándome en algún lugar y apareciera en mi rescate, pero no. Noté que –luego de comprobar por quién estaba yo preguntando- las muchachas comenzaban a llorar, primero bajito y luego ya desconsoladamente. La mesera cara de piedra –ahora entristecida- fue a la cocina y regresó trayendo un cuadro con la imagen de aquel mesero en que se le ve sonriendo, con esa ridícula corbatita negra y la camisa de blanco percudido. Se le notaba el escorpión en el cuello.
Ahora las chicas se besan con frenesí, la huesuda, ligeramente agachada, lame la cara de la otra que le busca desesperadamente los labios mezclando sus rostros entre sudor, lágrimas y saliva. La cara de la huesuda clavada entre los pechos de su compañera parece la de un zancudo gigante sobre la piel de un bebé. Ambas han vuelto a llorar. La mesera abraza en silencio el cuadro y tiene la cabeza agachada en lo que me parece un signo de duelo. “Se acostaba con ambas” dice el cocinero señalando a las muchachas. Luego, guitarra en mano, regresa cabizbajo a la cocina. Los comensales se han vuelto a sentar y continúan el bullicio. El viejo seco ya no está.

Ronald Vega.

1 comentario:

Carlos R. Jáuregui dijo...

Cuando este por ahí, a ver si nos vamos a comer unos churrasquitos a ese local! pero tu te comes la lechuga, estamos?