jueves, diciembre 29, 2011

A LA JUVENTUD - JORGE BASADRE

LA primera cosa que tiene que hacer toda auténtica juventud es aprender a no venderse. Nada más grave para el futuro y para la salud moral de una nación que las asambleas de pusilánimes o aprovechadores venales cuyo lenguaje común es tratarse mutuamente como respetables.

No sólo los políticos, sino muchos grandes médicos y grandes abogados y profesores y aristócratas e intelectuales entran en esa lucrativa confraternidad.

El deber fundamental de un joven es el de la decencia substancial. Para construirla y sostenerla, ningún material mejor que la indiferencia necesaria para que las naturalezas subalternas importen poco.

Hay que aprender a decir que no en contra de uno mismo. Será el mejor acto que se pueda realizar en un país enfermo de consentir. Si en el espíritu de la nueva generación predomina la tendencia a decir que sí, hay que sospechar que la decadencia colectiva es tremenda. Pero nada tan sencillo aparentemente y tan difícil de hacer bien y tan delicado para realizar con rigor, nada tan arduo que requiera tanto coraje como ser hombres de afirmación y no de mera negación.

Sobre las ruinas de lo que se niega, hay que fundar lo positivo. La verdadera calidad de un espíritu depende del modo como prolonga hacia adelante su pensamiento y su acción bien parado en los pies propios, adherido con garras a las verdades sólidas y esenciales contra todos los elementos contingentes de la existencia exterior, sin confiar más que en el fruto de la dedicación de la vida a una labor clara y humana.

Quien no se sienta capaz de ser religiosamente honrado en su soledad, se condenará fácilmente a la perdición y por sonora que sea su creencia proclamada, por ruidosos que suenen los golpes que se da al pecho, se entregará fácilmente a la individual rapiña y a todo lo peor con tal de que le otorgue poder.

Acuérdense siempre los jóvenes de eso y busquen en torno suyo a los que desdeñan el grito público y hacen de su retiro o de su callada acción la sola gloria capaz de interesarlos.

Desconfíen de los teóricos apurados por hacer de su orgullo un imperio y de los que en su arsenal recóndito sólo albergan como armas la calumnia, el insulto, la vejación. Es muy común que los gestos ampulosos cubran un sistema de miserias. Lo que un hombre es en su intimidad -esto es lo único que es.

Nada de lo anterior implica un consejo de puro intelectualismo. Tan peligroso como otros puede ser el mito de la cultura, llámese humanismo del Renacimiento, filosofismo del siglo XVIII, adoración del siglo XIX por la ciencia. Hay esclavos de bienes corporales -el dinero, el lujo, el predominio- como hay esclavos de bienes intelectuales -el libro, la educación, la fama. Tanto en las limitaciones especializadas del profesionalismo como en la frivolidad del diletantismo existe desde un ángulo distinto, análogo condenable divorcio entre la Inteligencia y la Realidad profunda.

Así como la ley fundamental de la economía no es la acumulación sino la utilización de los valores materiales en beneficio de las exigencias del hombre y de la civilización, también la ley fundamental de la cultura no es la acumulación del saber sino su adaptación al hombre para la realización completa de sus destinos.

El saber es como la riqueza. Fecundo cuando está al servicio del hombre; peligroso cuando está al servicio de sí mismo. De acuerdo con la jerarquía natural de los valores; no es el número de escuelas, ni el número de libros ni la cantidad de escritores lo que valoriza a un pueblo, sino la calidad de sus hombres y la naturaleza de su cultura, la sabiduría del corazón. Es el corazón lo que está en el centro del hombre total.

(1946)

martes, diciembre 20, 2011

EL ZUCHE: ORIGEN IDEOLÓGICO DE LA DINASTÍA EN COREA DEL NORTE

Escribe: JULIO DALTON




















Tras el reciente anuncio de la muerte de Kim Jong Il, nuevamente vuelve a hablarse de este enigmático país asiático en el cual, desde 1948, se ha instalado una dinastía que ahora coronará a su segundo heredero.



Terminada la Segunda Guerra Mundial, la península de Corea se dividió en dos estados: el norte comunista, bajo la tutela de la ex Unión Soviética, y el sur capitalista, impulsado por los Estados Unidos. Ambas naciones vivieron en tensión constante, la misma que desembocó en la Guerra de Corea entre 1950 y 1953.



El primer líder Coreano, quien diseñó e implantó en todo el país la ideología “Zuche”, fue Kim Il Sung, padre del recientemente fallecido Kim Jong Il. A Kim Il Sung se le conoce en Corea del Norte como “El Gran Líder”, y la suya, al igual que la de su hijo, es una imagen venerada por todos los ciudadanos del país.



Para conocer en parte el tenor de la idea “Zuche”, tomaremos fragmentos del libro titulado “KIM IL SUNG: Respuestas a las preguntas de los corresponsales extranjeros.” Editado en castellano en Pyongyang, capital de Corea del Norte, en el año 1974. Es decir, veintiséis años después de instalado el régimen.



Sobre la idea Zuche en relación con el arte y la litratura dice Kim Il Sung: “Ponemos énfasis en desarrollar un arte al servicio del pueblo , un arte que el pueblo acepte. Procuramos que cuando alguien escriba un verso se esfuerce por hacerlo comprensible a todos (…) La literatura tampoco debe ser literatura por la literatura, sino una literatura destinada a educar al pueblo. Con este fin se deben escribir obras populares, fáciles de comprender y con valores educativos.”



El Zuche, entonces, viene a ser el dominio total por parte del partido en el poder (En el caso de Corea del Norte se trata del Partido de los Trabajadores) de todas las esferas del quehacer ciudadano. La sociedad de Orwell en 1984. Es el arte al servicio del pueblo, el pueblo al servicio del partido, el partido al servicio del líder. Por eso el gestor del Zuche remarca: “Desarrollar el arte por el arte no tiene ningún sentido”.



Para esatablecer el Zuche debieron crear toda una “clase” intelectual que aportara a la ideología. Kim Il Sung cuenta cómo se dio este proceso: “En lo tocante a esos viejos intelectuales educados en la vieja escuela y que sirvieron a la sociedad burguesa o feudal, adoptamos la orientación de hacer la revolucón junto con ellos, siempre que estuvieran con el pueblo y trabajaran a favor del progreso nacional, y fuimos educándolos y tranformándolos, en el transcurso de la práctica revolucinaria.”



Por consguiente el Zuche, que significa “…adoptar una actitud de dueño en la revolución y construcción de su país”, no admite más verdades que aquellas que nazcan de la cabeza del líder.



Un mesianismo demencial.



Así lo establece el Gran Líder: “Las revoluciones no se exportan ni se importan. Los extranjeros no podrían hacer la revolucón en lugar nuestro. El dueño de la revolucón en cada país es su propio pueblo…”, claro, el pueblo dirigido por un partido y el partido dirigido por un líder.



Así llegamos a la muerte de Kim Jong Il, el hijo de Kim Il Sung, que sucedió a su padre tras la muerte de éste en 1993. Como cuestión anecdótica, debemos señalar que tras la participación en el último mundial de Corea del Norte, algunos de los jugadores de su selección se quedaron en Sudáfrica, se perdieron -o escabulleron diríamos mejor-, para escapar del régimen.



Amnistía Iternacional tiene denuncias sobre campos de concentración en el país, además se acusa al régimen del desaparecido Kim Jong Il de haber realizado experimentos con humanos, mejor dicho, probar armas químicas con disidentes Norcoreanos.



Son muchas las denuncias que muestran al régimen de Pyongyang como déspota e inhumano; hablamos de un país que lleva décadas manteniendo un hermetismo infranqueable. El año pasado Kim Jong Un (27 años), hijo de Kim Jong Il y nieto de Kim Il Sung, fue designado heredero del régimen y ahora le toca el turno de asumir el cargo.



El nieto del patriarca estudó en Suiza, su contacto con el mundo occidental se considera una esperanza de felxibilización del regimen norcoreano en materia de política internacional.

lunes, diciembre 12, 2011

Prólogo a Los Lanzallamas - ROBERTO ARLT

Con Los lanzallamas finaliza la novela de Los siete locos.Estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento. Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana.

Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras.

Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo. Máxime si cuando se trabaja se piensa que existe gente a quien la preocupación de buscarse distracciones les produce surmenage.

Pasando a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de su familia.

Para hacer estilo son necesarias comodidades, rentas, vida holgada. Pero por lo general, la gente que disfruta de tales beneficios se evita siempre la molestia de la literatura. O la encara como un excelente procedimiento para singularizarse en los salones de sociedad.

Me atrae ardientemente la belleza. ¡Cuántas veces he deseado trabajar una novela, que como las de Flaubert, se compusiera de panorámicos lienzos…! Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados. El estilo requiere tiempo, y si yo escuchara los consejos de mis camaradas, me ocurriría lo que les sucede a algunos de ellos: escribiría un libro cada diez años, para tomarme después unas vacaciones de diez años por haber tardado diez años en escribir cien razonables páginas discretas.

Variando, otras personas se escandalizan de la brutalidad con que expreso ciertas situaciones perfectamente naturales a las relaciones entre ambos sexos. Después, estas mismas columnas de la sociedad me han hablado de James Joyce, poniendo los ojos en blanco. Ello provenía del deleite espiritual que les ocasionaba cierto personaje de Ulises, un señor que se desayuna más o menos aromáticamente aspirando con la nariz, en un inodoro, el hedor de los excrementos que ha defecado un minuto antes.

Pero James Joyce es inglés. James Joyce no ha sido traducido al castellano, y es de buen gusto llenarse la boca hablando de él. El día que James Joyce esté al alcance de todos los bolsillos, las columnas de la sociedad se inventarán un nuevo ídolo a quien no leerán sino media docena de iniciados.

En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio, o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches.

De cualquier manera, como primera providencia he resuelto no enviar ninguna obra mía a la sección de crítica literaria de los periódicos. ¿Con qué objeto? Para que un señor enfático entre el estorbo de dos llamadas telefónicas escriba para satisfacción de las personas honorables:

"El señor Roberto Arlt persiste aferrado a un realismo de pésimo gusto, etc., etc."
No, no y no.
Han pasado esos tiempos. El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un "cross" a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y "que los eunucos bufen".

El porvenir es triunfalmente nuestro.

Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la "Underwood", que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora, hora tras hora. A veces se le caía a uno la cabeza de fatiga, pero…. Mientras escribo estas líneas pienso en mi próxima novela. Se titulará El Amor brujo y aparecerá en agosto del año 1932.
Y que el futuro diga.

Roberto Arlt

domingo, diciembre 04, 2011

DOS POEMAS DE NICANOR PARRA

La situación se torna delicada

BASTA mirar el sol
a través de un vidrio ahumado
para ver que la cosa va mal:
¿o les parece a ustedes que va bien?

Yo propongo volver
a los coches tirados por caballos
al avión a vapor
a los televisores de piedra.

Los antiguos tenían razón:
hay que volver a cocinar a leña.


Chile

DA risa ver a los campesinos de Santiago de Chile
ir y venir por las calles del centro
o por las calles de los alrededores
preoucupados-lívidos-muertos de susto
porque no tienen plata
porque no pueden pagar una letra
-porque no pueden publicar un libro-
como si se desplazaran por una ciudad
en circunstancia de que nos desplazamos por el desierto.

Creemos ser país
y la verdad es que somos apenas paisaje.


NOTA.- Estos poemas han sido tomados de AMARU Revista de artes y ciencas. No 6 Abril - Junio de 1968 - Lima.

sábado, diciembre 03, 2011

MENSAJE AL PAPA


Tú no eres el confesionario, !oh Papa!: nosotros lo somos.

Compréndenos y que los católicos nos comprendan.

En nombre de la Patria, en nombre de la Familia, impulsas a la venta de las almas y a la libre trituración de los cuerpos.

Entre nuestra alma y nosotros mismos, tenemos bastantes caminos que transitar, bastantes distancias que salvar para que vengan a interponerse tus tambaleantes sacerdotes y ese cúmulo de aventuradas doctrinas con que se nutren todos los castrados del liberalismo mundial. A tu dios católico y cristiano que -como los otros dioses- ha concebido todo el mal:

1. Te lo has metido al bolsillo.

2. Nada tenemos que hacer con tus cánones, índex, pecados, confesionarios, clerigalla; pensamos en otra guerra, una guerra contra ti, Papa, perro.

Aquí el espíritu acepta confesarse ante el espíritu.

De la cabeza a los pies de tu mascarada romana, triunfa el odio a las verdades inmediatas del alma, a esas llamas que consumen el espíritu mismo. No hay Dios, Biblia o Evangelio, no hay palabras que puedan detener al espíritu.

No estamos en el mundo. !Oh Papa confinado en el mundo!, ni la tierra ni Dios hablan de ti.

El mundo es el abismo del alma, Papa contrahecho, Papa ajeno al alma; déjanos nadar en nuestros cuerpos, deja nuestras almas en nuestras almas; nosotros no necesitamos tu cuchillo de claridades.



Antonin Artaud.
Carta a los poderes.
Editorial Argonauta.
Bs. As.

miércoles, noviembre 30, 2011

DEL SILENCIO COMO BÚSQUEDA

Josefina Matta


Partimos dando por sentado que existe dentro de todo ser humano la necesidad de buscar, a pesar que la sociedad se empeña en alejarnos de dicha necesidad.
La idea de búsqueda abre demasiadas posibilidades como para abordarlas en este trabajo, que más bien intentará centrarse en la importancia del silencio como condición que garantiza esta búsqueda.

Cuando hablamos de búsqueda nos referimos a ese trabajo que la persona hace sobre sí misma, las razones que nos mueven a ello son y deberían ser personales, fruto de crisis internas por las que solemos atravesar. El trabajo de búsqueda deberá ser privado y único.

Aceptada esta necesidad, cada persona tomará el camino que más le convenga, aquel en el que sienta mayor comodidad, un camino que esté dentro de sus posibilidades. El trabajo a realizarse variará según la persona y estará íntimamente ligado al conflicto interno del que ha nacido.

Cuanto más profundo sea el conflicto, más profundo será el trabajo.

Para este tipo de búsqueda conviene no centrarse en aquello que se quiera encontrar. Esto por dos motivos. Primero por que eso que se busca puede variar, incluso puede no estar dentro de uno. Puede ser, por ejemplo, que a alguien le interese buscar eso que muchos llaman “paz interior”, entonces comienza un trabajo de búsqueda utilizando diversas técnicas. Aún poniendo un gran esfuerzo de su parte, puede al final llegar a la conclusión de que no puede encontrar la “paz interior”, tal vez no haya sido eso lo que realmente buscaba. Considerar esto como un fracaso, es uno de los errores más comunes por el cual muchas personas dejan de trabajar en la búsqueda.

En segundo lugar, sucede también que al centrar el trabajo en “encontrar” aquello que se busca, pasan inadvertidas frente a la persona muchas otras cosas que aparecen durante el trabajo de búsqueda. Así, concentrada en hallar una flor determinada, la persona cierra los sentidos a la percepción del jardín en su conjunto, y de otras flores que pueden ser todavía más hermosas que aquella que buscamos.

Lo mejor será buscar sin esperar encontrar nada, salvo el hecho de ser “encontrado”. Romper con la idea de la búsqueda como un medio o un fin (tema de interminables debates) y aceptarla como lo que realmente es: un estado del ser para la observación de sí mismo. Nada más. Al desacralizar la idea de la búsqueda, cualquier persona puede apropiarse de ella y, no sin seriedad y esfuerzo, llevarla a la práctica. El resultado de este trabajo, como ya sabemos, es incierto. Pero no por eso menos importante.

Es necesario señalar que cualquier búsqueda deberá llevarse a cabo sólo en base a una férrea voluntad para afrontar los cambios que el trabajo conlleva. Los resultados que estos cambios -en los hábitos, horarios, comidas, consumos y demás actividades de la vida cotidiana- generan en la persona, deberán ser siempre observados con gran atención.

Los cambios nacen y se aceptan a partir de la voluntad de quien quiera trabajar en la búsqueda. Esa voluntad dirigirá y propondrá a las persona cuáles son los cambios que su trabajo necesita. Puesto que sólo busca la persona que siente una ausencia, nadie más que uno sabe qué es lo que necesita para llenar ese vacío. En tal sentido, sólo la persona que quiera trabajar, sabrá cuáles son los cambios que deberá aplicar a su vida cotidiana para beneficiar “su” búsqueda.

Lo importante será siempre observarse constantemente, puesto que uno mismo es el mejor juez y crítico de su trabajo.

Dejamos en claro entonces dos cosas. La primera es que cada persona sabe por dónde comenzar su búsqueda, y la segunda, que la observación es indispensable en el transcurso de ésta.
Sobre el primer punto añadiremos que toda búsqueda implica siempre un cierto nivel de renuncia. La renuncia es favorable al trabajo de búsqueda y es que, dado que la sociedad ha desarrollado para su subsistencia todo un sofisticado sistema por el cual el ser humano se desinteresa de este trabajo, es necesario, individualmente, hacer frente a ese sistema.

A todo lo que, desarrollado por la sociedad, nos aleja de una idea del trabajo de búsqueda –es decir nos aleja del mirarnos a nosotros mismos-, a toda esa serie de dependencias de las cuales nos parece imposible alejarnos, a todo ello le llamaremos ruido.

Existen varios niveles de ruido. Una persona que se observe a sí mismo con un mínimo de honestidad y deseos de trabajar, podrá fácilmente identificar cuáles son los elementos, actividades o costumbres que le generan mayores niveles de ruido en su interior. Aquello que le genere más ruido, será su principal obstáculo para el trabajo de búsqueda, en consecuencia tendrá que alejarse de ello, cortar ese ruido y otros que considere dificultan su trabajo. Deberá en suma, crear el silencio.

Así como tiene niveles, el ruido tiene también clases. Vivimos en un mundo de ruidos externos ante los cuales por lo general nada podemos hacer. Sólo si logramos construir nuestro propio silencio, eliminando o alejándonos de los ruidos internos, los ruidos que el exterior genera no podrán afectarnos o lo harán en menor grado. Nuestro silencio interior, obtenido a partir de la renuncia, se erige como muralla impidiendo que el ruido exterior nos afecte.

Pondremos aquí un ejemplo. Una persona descubre, luego de observarse con detenimiento, que el uso de internet es su principal generador de ruido, que su apego a este medio no le permite iniciar su trabajo de búsqueda. Comenzará entonces, paralelamente a su trabajo de búsqueda, a distanciarse de este ruido paulatinamente o tal vez de forma brusca, eso ya dependerá de la persona. Lo cierto es que el silencio que creará en su interior a partir de este alejamiento, fortalecerá su nivel de resistencia a los ruidos externos. Siguiendo este ejemplo diremos que, aunque la vida cotidiana de esta persona se desarrolle en lugares donde hay demasiada bulla, esta no afectará el silencio interior que la persona ha creado al alejarse de lo que consideró “su” ruido.

La supresión de los deseos más fuertes que la persona tenga, favorecerá la creación de su silencio interior, y este silencio a su vez facilitará el estado de búsqueda.

Existen muchos tipos de ruido al interior de una persona, ésta deberá observarse a sí misma para saber con cuál de estos tantos ruidos tendrá que lidiar. Incluso se puede dar el caso de que sean varios los ruidos que impiden nuestro trabajo de búsqueda.

Citamos el internet como ejemplo de ruido, y tal vez, hoy por hoy, sea aplicable a muchas personas, pero no debemos olvidar que lo que es válido para unos no lo es para otros. La identificación de los ruidos es, al igual que la búsqueda, un trabajo individual.

En el texto titulado “Los secretos del silencio”, firmado por un “miembro de la orden de los magos”, se señala: “Los grandes problemas se resuelven solamente cuando la mente se encuentra libre de toda emoción perturbadora y el alma reposa liberada de toda ansiedad”. Esa ansiedad y la emoción perturbadora no son otra cosa que los ruidos que habitan dentro de nosotros. La eliminación de éstos, es decir, la creación del silencio, construirá alrededor nuestro un ambiente favorable a la búsqueda. Continúa el citado texto: “Para oír la voz interna, se debe acallar las cosas externas. La confusión y barullo del mundo debe dar lugar al inefable mundo del silencio”.
Está claro que las cosas que aquí se llaman “externas” son difíciles de acallar, salvo por quienes tengan la dicha de poseer una casa de campo, un espacio propio alejado de la ciudad. Esta dicha es de pocas personas. Por eso, para la mayoría será más factible acallar los ruidos internos -que en muchos casos la sociedad ha establecido en nuestro ser- para llegar al “mundo del silencio” interior.

Un esquema que nos permita ver en su amplitud lo que aquí tratamos podría ser de la siguiente manera:

CONFLICTO / CAOS / CONFUSIÓN - IDENTIFICACIÓN DE RUIDOS / ELIMINACIÓN O ALEJAMIENTO DE ÉSTOS / SILENCIO - "ESTADO DE BÚSQUEDA"

Otra característica importante de los ruidos es que no son permanentes en su esencia. Lo que se considera un ruido al iniciarse el trabajo, puede dar paso a otro que en un inicio no habíamos contemplado.

Sólo la observación nos mantendrá alertas a estos cambios que se van dando en el transcurrir del trabajo de búsqueda.

Con tantos años viviendo en medio del ruido, no resulta fácil realizar este trabajo.
Sucede que durante el trabajo, de pronto aparece un ruido que no conocíamos en nosotros, o que quizás antes no había tenido mayor importancia.

A un conocido le sucedió que, habiendo identificado los ruidos que obstaculizaban su trabajo, en medio del trabajo mismo, surgieron con demasiada fuerza otros ruidos que en un principio no había considerado, alejándolos estos del trabajo. Ahí es necesario tener la fuerza suficiente para reemprender la búsqueda, para levantarse después de la caída y continuar.

Haremos más claro el ejemplo. Esta persona descubrió que el sexo era su principal generador de ruido; como decidió emprender un trabajo de búsqueda, decidió alejarse de ello durante el tiempo que durara su trabajo. Llevaba ya varias semanas de meditación y de trabajo duro, había cambiado por completo sus hábitos cotidianos, se alejó de lo que le generaba ruido. Entonces cierto día comenzó a beber, y no paró de hacerlo hasta quedar en estado deplorable. Aunque esta persona nunca antes había tenido problemas con el alcohol, fue este “ruido” que apareció de forma intempestiva lo que lo alejó del trabajo.

Esto demuestra que en medio del trabajo pueden aparecer ruidos que antes no habíamos contemplado, ruidos que nos hacen retroceder y ante los cuales debemos mantenernos siempre en estado de alerta. Es natural que algo así suceda, como decíamos, con tantos años viviendo en medio de ruidos, es lógico que nuestro cuerpo reaccione ante el silencio. Sin embargo, es importante mantener la voluntad para comenzar de nuevo. Sí, es difícil, pero las grandes cosas no se consiguen de manera fácil.

“…no acato la posibilidad de que el ruido de repente se apague y no regrese, me encarnizo en la suposición de que el problema se ha posesionado del futuro…” En la novela “El silenciero”, el escritor argentino Antonio Di Benedetto, aborda el tema del ruido desde una perspectiva que resultaría interesante para quien se plantee el tema como algo de importancia. La novela está centrada sobretodo en los ruidos externos y en cómo estos ejercen presión sobre las personas. El personaje de la novela intenta rebelarse ante esta presión, la analiza, reflexiona sobre ella: “No en todos los casos es la música que yo elegiría. Suena en momentos en que yo desearía escuchar música, pero también cuando yo no querría escuchar música. Luego es música pero música impuesta. En consecuencia, la música, que es sonido, cuando es música impuesta se convierte en ruido.” Tal como el personaje de “El silenciero”, podríamos afirmar también que cualquier sonido, además de la música, cuando es impuesto se convierte en ruido. Vivimos entonces, todos los días, sometidos al ruido. Eso hace que el trabajo de búsqueda, y la necesaria creación del silencio, se conviertan en toda una experiencia de sacrificio.

Así como la persona decide cuáles son los ruidos que ha de enfrentar, y las técnicas que utilizará en el trabajo de búsqueda, de la misma forma la persona decidirá cuándo su trabajo ha terminado. A partir de ahí su relación con el ruido cambiará, su instinto para identificar nuevos ruidos se agudizará, permitiéndole tener conciencia del momento en que deberá re tomar el trabajo. Se notarán también cambios en las formas de relación con las personas, en la relación con su cuerpo y sus actividades diarias.

Este trabajo se hace cada día más importante y menos probable, pues el mundo en que vivimos se empeña en alejarnos de nosotros, dirigiendo nuestra vista siempre hacia afuera de nuestro ser.

Aquí, el esfuerzo no garantiza el éxito. En verdad nada lo garantiza, poco importa hasta dónde estemos dispuestos a llegar, lo más importante es cómo construimos el camino que deseamos recorrer.

martes, noviembre 15, 2011

VIDA EN MEDIO DE LA MUERTE



La señora Blanca Escobar percibe ruido y movimiento en la puerta del cementerio, sabe que es momento de trabajar. Toma su balde con agua y una flor, camina de la mano de su hijo Kevin hasta los pies del Cristo ubicado en la entrada; una vez ahí, de pie al lado del ataúd, pregunta el nombre del finado, y en medio del llanto y las miradas líquidas de los deudos, pedirá por el alma de quien acaba de llegar a su última morada.


VIDA EN MEDIO DE LA MUERTE

“El mundo del Cementerio General de Cochabamba”


Texto, investigación y fotos de Ronald Vega


LOS INICIOS


Antes que existieran cementerios los cadáveres eran enterrados en casas; posteriormente, con la legalidad del cristianismo, los entierros comenzaron a realizarse en iglesias donde se disponía la ubicación de las tumbas según el rango social de la familia.

Fueron los griegos los primeros en introducir sarcófagos en ciudades, los llamaron mausoleos en honor a la tumba – templo del rey Mausolo, considerada una de las siete maravillas del mundo.

Durante la edad media comienza a contratarse artistas para el diseño de los mausoleos. Hasta ese momento, muertos y vivos compartían las ciudades, los entierros en las iglesias eran cada vez más numerosos.

Entonces comenzaron las epidemias. En 1787, en España, el rey Carlos III prohibió los enterramientos dentro de la ciudad debido a los múltiples problemas de salud que la descomposición de los cuerpos generaba en diversos lugares de Europa. Comenzaron así las construcciones de cementerios en las afueras de las ciudades.


NUESTROS CEMENTERIOS


En Bolivia, mediante decreto firmado en enero de 1826, Antonio José de Sucre ordenaba: “se establecieran cementerios para dar sepultura a los cadáveres, en todos los pueblos de la república, cualquiera que sea su vecindario”. Los problemas generados por los entierros en las iglesias habían llegado a una situación límite en el país. Así lo explica Sucre en el citado decreto: “la experiencia ha enseñado, que nada corrompe tanto la atmósfera de los pueblos como el enterramiento de cadáveres en ellos, y particularmente en las iglesias, donde la reunión de los fieles hace que el aire por falta de ventilación se cargue de miasmas”.

Para evitar que los curas de aquel entonces, que recibían dinero por los entierros en las iglesias, desacataran la orden, Sucre estableció en el decreto un punto específico dirigido a ellos: “Los curas párrocos, a quienes se les pruebe que se han enterrado cadáveres en sus iglesias un mes después de haber recibido este decreto, serán irremisiblemente separados de sus curatos sin derecho a recibir ningún beneficio eclesiástico por diez años”.

A pesar de ello, todavía tuvieron que transcurrir algunos años y muchos otros documentos oficiales para que aquella iniciativa del Gran Mariscal de Ayacucho sea aplicada en todo el territorio nacional.


DOS SEÑORASY UN NIÑO


Juan de la Cruz tiene trece años, cinco de ellos trabajando entre los muertos. Observa la puerta sentado en una banca del cementerio, a sus pies sus implementos de trabajo: un balde en cuyo interior hay dos pomos con cremas, una zampoña de plástico con los colores de la bandera boliviana y algunos trapos. Dos señoras entran por la puerta principal, Juan busca a una de ellas con la mirada; la mujer, con un gesto de mano, le indica que las siga. Juan se levanta de la banca y tomando su balde acompaña a las dos señoras hasta el lugar donde descansan sus seres queridos.

Enjuaga los recipientes para el agua y luego junta con las manos las hojas secas alrededor de las tumbas; limpia las lápidas y riega el césped, recibe unas monedas y regresa a su banca cerca de la puerta en espera de otro trabajo. “También saco brillo a las lápidas, a veces canto cuando me lo piden y pinto las letras”. Juan va al colegio por la mañana y por las tardes viene aquí a trabajar “Lo hago para ayudar en mi casa”, dice con orgullo disimulado.

Cuando se trata de lápidas, Juan muestra gran manejo de su oficio. Unta una de las cremas en su mano y repasa los bordes de metal, luego, con uno de sus trapos, saca el brillo dejando todo reluciente; letras, imágenes, bordes, todo queda como si fuera de bronce acabado de colocar. “Quisiera ser futbolista –dice Juan-, me gusta el fútbol y siempre voy al estadio a ver los partidos”.

Juan trabaja junto a una treintena de niños en el cementerio. En días especiales, día del niño o del estudiante, reciben regalos de diversas instituciones e incluso materiales para su trabajo.

Cuando termina, la lápida queda brillante y sus clientes satisfechos; pero las manos de Juan quedarán ennegrecidas por la crema hasta el final de la jornada, luego tendrá que frotárselas contra la pared para limpiarlas: “Es la única manera, no sale con nada”, me dice mirándose las manos.


ARQUITECTURA Y PROYECCIONES


Al igual que en cualquier ciudad Latinoamericana, en el cementerio de Cochabamba pueden distinguirse tres zonas marcadamente diferentes, sobretodo en su arquitectura. Una primera, que sería el centro histórico, muestra la típica arquitectura gótica de cementerio de cuento de terror; anchas cruces, bóvedas y mausoleos que de inmediato nos retrotraen a escenas de “trhiller” clásico. Avanzando un poco más, llegamos a lo que sería la zona moderna, donde los mausoleos son pequeñas y coloridas viviendas con paredes revestidas de losetas y puertas de vidrio grueso tipo cajero automático. Al final, en la última zona, se encuentran los barrios populares, nichos ubicados sobre tierra y en desorden, enterratorios, algunos mostrando señas de no ser visitados en años. Es curioso que en esta zona sólo estén enterrados niños. Se la conoce como el “Angelorio”.

La diversidad arquitectónica del cementerio se debe a que las familias compran el terreno y sobre él, salvo restricciones básicas de altura y espacio, son libres de construir como les plazca. Por eso en la actualidad, además de estas tres zonas, se pueden ver mausoleos peculiares, como aquel de estética oriental, por ejemplo, o el curioso estilo ufo - futurista de nave espacial, en un mausoleo ubicado cerca de la capilla.

Con el tiempo los cementerios se convertirán en museos. En la actualidad existe una red Internacional de Cementerios Patrimoniales; la tendencia apunta a que sean las instancias de turismo de las ciudades quienes se hagan cargo de reforzar la función social de un cementerio como lugar depositario de historia. En Cochabamba esto ya es una realidad. Fabiola Sandoval, responsable de la Dirección de Turismo de la municipalidad, explica los avances en este terreno: “Primero hemos hecho un relevamiento general en todo el cementerio, no solamente de los personajes notables sino también de la parte arquitectónica. Estamos trabajando con tesistas de la universidad, y después queremos que quienes se hagan cargo de esto sean los mismos niños que trabajan en el cementerio”.

La Dirección de Turismo ha creado un circuito de visita al cementerio mediante el cual la población podrá conocer los lugares donde descansan los restos de importantes personajes de la vida nacional y local, como el presidente René Barrientos, la escritora Adela Zamudio, el historiador Nataniel Aguirre, los Héroes de la Guerra del Chaco, entre otros. La idea es que Juan de la Cruz y sus demás compañeros sean los responsables de guiar a los visitantes en su recorrido. Próximamente se iniciará el trabajo de capacitación con los niños para fortalecer los conocimientos que tienen sobre su lugar de trabajo.

La propuesta de la dirección de turismo es ambiciosa “lo que nosotros queremos es que la gente entienda la puesta en valor del cementerio, por que la gente ve al campo santo como algo muy tétrico o triste, cuando en realidad no es así, se puede encontrar maravillas arquitectónicas, personajes de la historia, el arte, personajes históricos de Cochabamba que han trascendido a nivel nacional e internacional”.

Se trata de hacer del cementerio, un lugar de interés cultural para el ciudadano y el visitante, lo que en otras ciudades ya se está dando desde hace varios años y con muy buenos resultados.


UN TRABAJO QUE INICIA


“Nos hemos encontrado sin documentación alguna de los mausoleos y con casos de ventas ilegales de terrenos”. Sergio Gamarra es el administrador del cementerio y hace un año que inició su gestión. Diariamente llegan a su oficina los propietarios de espacios al interior del recinto para regularizar su situación.

Gamarra, y los demás funcionarios de la administración, tienen la responsabilidad de hacer cumplir las disposiciones vigentes para el uso del cementerio: “existen exigencias, por ejemplo las construcciones deben tener una altura máxima, sus planos deben estar aprobados; incluso por más que el doliente haya comprado ese predio, no puede venderlo. Ese predio le pertenece durante 99 años, luego de ese tiempo si los familiares no se hacen declarar herederos, el predio vuelve a posesión del gobierno municipal”.

La venta de terrenos al interior del cementerio sigue siendo el mayor dolor de cabeza para la administración: “Desde el año pasado que hemos tomado la administración se han detectado bastantes ventas ilegales –dice Gamarra-, los predios dentro del cementerio no son transferibles, no puede haber venta entre terceros”. Por desconocimiento de la norma, o por cuestiones económicas, sea cual fuera la razón, la venta de terrenos en el cementerio es ilegal, en esos casos la administración procede a la reversión: “Nosotros, cuando existen documentos de ventas o de transferencias, lo que hacemos es hacer la reversión de los predios que han sido vendidos ilegalmente”. Lo que antes fue vendido, pasa a manos del gobierno Municipal.

¿A qué apunta su gestión en la administración del cementerio?: “Apuntamos a dar la mayor comodidad a los dolientes, porque hay muchas falencias de servicios, seguridad, el mismo servicio en general. Queremos lograr la confianza de los dolientes en el servicio que les brindamos”.


EL OFICIO DE REZAR


“La bendición de dios padre, dios hijo, dios espíritu santo –en ese momento la señora Blanca, con su flor bañada en agua, hace la señal de la cruz sobre el ataúd-, dios padre creador te reciba en su santo reino y te tenga bajo su protección, descansa en paz…amén”. Al terminar, da a los deudos la recomendación más importante: “Se lo pueden llevar los pies por delante”. Luego, siempre guiada por su hijo Kevin, camina por entre los dolientes pidiendo una colaboración.

¿Por qué los pies por delante? “Los pies por delante porque cuando estamos vivos siempre lo que entra primero son tus pies, por eso decimos los pies por delante, que sería como entrar caminando”. El oficio de rezar lo heredó de su madre. Por aquellos años la señora Benedicta era acompañada por su pequeña hija: “hace muchísimos años atrás ella ha empezado con otra señora cuando eran jóvenes, las primeras han sido, después han comenzado a venir otras personas”.

La madre de Blanca, al igual que ella, era también invidente. Se cree que las plegarias de las personas invidentes tienen mayores posibilidades de ser escuchadas, sin embargo, no es precisamente por esa virtud por la que todas las rezadoras y rezadores del cementerio estén privados del sentido de la vista. Al respecto la señora Blanca aclara: “Esto es porque como no hay en qué más trabajar, porque la sociedad no nos da cabida para trabajar, por eso es el único medio que hemos encontrado el de rezar, esto es para las personas no videntes porque no hay en qué más trabajemos”.

La agudeza de su sentido del oído ha permitido a la señora Blanca aprender a tocar el teclado para acompañar con cantos sus plegarias. En su banca del cementerio recibe a personas que le piden un rezo por su bienestar y el de sus familiares: “Mayormente vienen para que les ayuden en su trabajo o estudios, y otros vienen por sus matrimonios, cuando están queriendo ir por mal camino, ellos piden a las almitas encomendar que les ayuden”.

Hace doce años llegó a trabajar en el cementerio, muchos la conocían como la niña que acompañaba a su madre, la hija de la pionera; por historia y tradición tenía aquí su lugar reservado.


MEJOR ANTES QUE DESPUÉS


El cementerio de Cochabamba está lleno de historia, de gente que ya no está, pero también de gente que vive y trabaja; es un lugar donde pasado y presente se estrechan invitándonos a ser parte de ese encuentro. El cementerio propone un diálogo con la historia y un encuentro con la realidad.

Vuelven ahora, como una invocación, las palabras de don Ramón Rivero, precisamente hablando del cementerio, allá en 1917: “…hagamos que en la mansión de los que fueron, se hermane el dolor con la piedad, la majestad de la muerte con la belleza del recinto”.



GALERÍA DE FOTOS


Arquitectura tradicional del cementerio




Juan de la Cruz con sus implementos de trabajo





Mausoleo en forma de nave espacial





Angelorio



Arquitectura moderna del cementerio





Agradecimientos: Archivo Histórico Municipal, Dirección de Turismo, Administración del Cementerio, Juan de la Cruz y Blanca Escobar.

martes, octubre 18, 2011

LOS SECRETOS DEL SILENCIO




Por un miembro de la orden de los Magos


El triunfo en el arte consiste en comulgar con el genio del silencio creador.
En mayor o menor grado toda alma humana es creadora inconsciente de obras maestras de belleza, de gracia, de armonía.

Dentro de la mente el artista místico está trabajando, mezclando los colores, haciendo maravillosos dibujos, evocando armonías, formando frases, hasta que, aunque desconocido, se convierte en pintor , escultor, arquitecto, músico, poeta, orador, no esperando más que el don de la divina expresión.

Para oír la voz interna se debe acallar las cosas externas. La confusión y barullo del mundo debe dar lugar al inefable mundo del silencio.

Entonces, de la gran profundidad del invisble Yo, una por una irán surgiendo imágenes de belleza, de maravilla, de poder, brotando de la mente y haciéndose invisbles a la eterna visión.

Estar solo con su propio Yo, es como estar en el centro de un vasto templo resonante, con los ecos de millares de centurias.

Solamente oye aquel que pone sus oídos en estado perceptivo para los inefables sonidos del silencio; ve solamente aquel que mira las visiones invisibles para todos.

¿Habéis tentado alguna vez explorar las maravillosas profundiades del ser, los abismos de vosotros mismos?

Allí existe un reino de atmósferas mucho más mística que en los simbólicos muros del antiguo Egipto, más coronado de misterios que el templo de Eleusis, más resonante de armonías espirituales que en todos los templos: allí hay profecías, cuadros, poemas, descubrimientos, invenciones, sabidurías y filosofía.

¿Quisiérais familiarizaros con lo que ya conocéis? Esperad y oid: comulgad a menudo con el silencio del Yo. Evocad de las profundidades del ser lo que mas queráis y vigilad la visión mientras se desarrolla.

Pero en los momentos de silencio, no comulguen solamente con vuestro propio yo, sino también con todas las huestes de espíritus invisibles que flotan en torno vuestro. Los pensamientos, ensueños, poemas, oraciones, historias y literaturas de millares de años, son vuestros: pero hay que pedirlos.

Trabajad en la memoria, leyendo y comulgando a menudo con la sabiduría de la tierra, viviente y ardiente, para que el alma no se vacíe sino que se llene de fuerzas mentales.

Quedaos solos a menudo, por que la soledad es el mejor amigo del investigador. La mente humana está sana sólo cuando está en calma. Algunas veces las tumultuosas aguas de la confusión ahogan.

Los grandes problemas se resuelven solamente cuando la mente se encuentra libre de toda emoción perturbadora y el alma reposa liberada de toda ansiedad.

El que debe ser conquistador de los hombres, debe estar lleno de paz en sí mismo. El que quiere ser maestro debe aprender a abstenerse de las condiciones de los hombres, de las pasiones y de los hábitos, surgiendo en el supra yo, donde todo es profunda calma y tranquila imaginación.

Unicamente así, cuando se está completamente abstraído, la mente trabaja con la intensidad del deleite; entonces la inspiración divina penetra hasta la médula, entonces el triunfo corona las reacciones del genio que acaba de despertar.

Los dioses esperan al alma que entra en la contemplación silenciosa. Para ella los misterios son como un libro revelado.

Las maravillosas realizaciones de la Naturaleza se producen en laboratorios silenciosos. En silentes abismos. Ella conduce las vibraciones mudas y las introduce en el vasto laboratorio de los universos vivientes.

El silencio es la fuente de poder. El silencio es el alma de la cordura.
El silencio domina al temperamento maligno, subyuga a la lengua tumultuosa, ordena el lenguaje deliberado, despierta en el interior al Dios de la Sabiduría, y a menudo transforma al salvaje en santo.

Estad serenos y sabed que el "Yo es Dios", es el precepto de la experiencia universal.

viernes, septiembre 09, 2011

ENTREVISTA A JULIO DALTON


Debido a algunas cartas recibidas en las que se cuestiona la publicación del cuento "Liberación" de Julio Dalton Guevara, por considerarlo agresivo, fuerte, e incluso pornográfico, decidimos visitar a Julio para que realice sus descargos en esta breve entrevista.


JULIO DALTON: NO SOY ESCRITOR, SOY UN RESENTIDO SOCIAL


Una entrevista de: Josefina Matta


¿Cuál es la idea general que concebiste para el cuento “Liberación”?

Poco importa la que haya sido mi idea general del cuento. Hay tantas ideas generales de un cuento como personas lo lean. Esas son las que valen más que la idea de quien haya creado el texto.


¿Por qué crees entonces que algunos de nuestros lectores condenan el texto?

Por que son pacatos simplemente.


¿Podríamos decir que tu cuento es una rebelión simbólica?

Mira Josefina, puedes llamarlo como quieras, yo ya lancé la piedra, y al parecer, según las objeciones de los lectores, he roto algunas cabezas, eso para mí es ya un resultado positivo de mi escritura.


¿No te importa el desagrado de los lectores?

No, no es mi problema. Es problema de ellos.


¿Cuáles son entonces tus proyecciones como escritor?

Yo no soy escritor, soy un resentido social. Para mi escribir es sólo un arma de tantas que pueden haber para golpear las caducas estructuras de pensamiento que existen en la sociedad.


Sin embargo has sido galardonado con algún premio literario. ¿Cómo explicas eso?

Los premios literarios son un vehículo para que el mensaje llegue a más personas. Sirven sobretodo para quienes publicamos de forma independiente. Jamás el premio literario ha de modificar el discurso de quien escribe.


¿Qué has querido decir con el cuento “Liberación”?

Esa respuesta la tienen que dar quienes han leído el cuento. Yo no quisiera decir nada, por que temo que mi comentario pueda interferir en las opiniones de los lectores. No es mi intención que se creen prejuicios antes de la lectura. Que cada uno saque sus propias conclusiones.





martes, agosto 30, 2011

RIBEYRO: UN AMIGO ENTRAÑABLE
















Escribe: Cerdito "Tu ahí"




No soy un estudioso de la obra de Ribeyro, de hecho ni siquiera veo a Julio Ramón como un escritor. Hablo aquí de alguien a quien considero un amigo entrañable.


Cada lectura de este autor me lleva a la visión de tenerlo frente a mí del otro lado de la mesa, en medio una botella de vino tinto y un paquete de cigarrillos. Puedo hasta escuchar su voz contándome las historias que leo.


Esto me ha sucedido principalmente con sus textos personales. Lo digo percibiendo que caigo en error, pues lo personal está implícitamente ligado a la obra de Ribeyro. Y también a la de alguno de sus lectores. Conozco personas que incluso sienten poseer algo así como un "sino" Ribeyriano.


Ribeyro es mi amigo desde el día en que decidió publicar (pienso ahora que tal vez no fuera por iniciativa suya tanto como la de algún editor) su diario personal. La lectura de "Prosas apátridas" y sus "cartas" lo elevó a la categoría de entrañable.


El día que Julio Ramón me contó su historia con el tabaco en "Sólo para fumadores" encendí mi primer cigarrillo.


Hace poco me enteré que también le gustaba mucho el ajedrez. Al punto de anotar jugadas y tener partidos que podían durar días. Cuántas veces habrá visto el rostro de sus propios personajes en algún rey derrotado.


Cuando me esfuerzo mucho en lograr algo que nunca logro me acuerdo siempre de él. Entonces comprendo la importancia de la experiencia ganada y le agradezco. Alguna vez fui al cementerio a buscar su tumba. No la encontré. De regreso a casa, mientras pensaba qué hacer con las flores que había llevado, me di cuenta que Julio Ramón Ribeyro había sido enterrado en el alma de sus lectores. Puse las flores en mi mesa de noche. A un costado mi ejemplar de "La palabra del mudo".


A veces me encuentro con "Ludo totem", o paseo por "San Gabriel", o soy parte del "Banquete", o converso con la señora de "La vieja quinta", escuchando sus tristes querellas. A veces simplemente veo a Julio encendiendo un cigarrillo en el barrio latino de París, caminando con el estómago vacío y la cabeza repleta de historias, o en el área de promoción cultural de la Universidad de San Cristóbal de Huamanga en Ayacucho, o trabajando como conserje en aquel edificio donde tenía que sacar la basura una mañana en que justo se encontraba trabajando en "Los gallinazos sin plumas". A veces veo a Julio en el rostro de algún amigo escritor callado y taciturno.


Los estudiosos se encargarán de seguir difundiendo y ahondando más en la obra de Julio Ramón Ribeyro, tarea más que necesaria en estos tiempos de literatura fácil.


Yo sólo he querido hablar aquí de alguien a quien considero un amigo entrañable.


LA HUELLA



Un cuento de: Julio Ramón Ribeyro



U
na mancha negra sobre el suelo lo hizo detenerse súbitamente, con la fuerza de un impacto que hubiera recibido a mansalva. En vano intentó seguir su camino. Delante de sus zapatos la mancha se recortaba amorfa, espesa e incitante, bajo la luz del mediodía.

Lentamente se fue agachando y la pudo observar con detenimiento. Sus bordes, en apariencia lisos, mostraban de cerca sus contornos estriados, con seudópodos ávidos que se proyectaban en todas direcciones. Era una mancha de sangre. Estaba seca; sin embargo, algo había en ella de viviente que lo succionaba y lo retenía con una fuerza inexplicable. Se incorporó para mirar más adelante y pudo observar otras manchas similares que se iban disgregando al azar, como un archipiélago visto desde el aire. Unos pasos más allá todo vestigio de sangre desapareció, y, sin poder explicárselo, fue reconfortado por un sentimiento de salvación. Aquellas manchas tenían algo en común por él, a punto de que juraría que habían brotado de su propio cuerpo. Pero un trecho más adelante aparecieron otras salpicaduras, y luego otras, en una profusión irregular y bestial, adoptando formas y dimensiones alucinantes, como si la hemorragia se hubiera tornado, de pronto, incontenible. Y esa sensación de ansiedad volvió a sobrecogerlo, al extremo que sintió una especie de vértigo, que con gran esfuerzo pudo dominar. Más adelante, sin embargo, la explosión de sangre se normalizó y, con una regularidad geométrica, fueron apareciendo gotas idénticas, igualmente espaciadas, diametralmente exactas, como si hubieran sido impresas con un sello sobre el pavimento. La curiosidad, entonces, fue haciendo soportable su temor, y comenzó a seguirla con una avidez en la que había algo del suicida y del iluminado. Durante muchas cuadras anduvo preso del reguero y, en la distribución de aquellas gotas, iba descubriendo un drama humano, que, sin ninguna razón atendible, le parecía vinculado a su existencia. Las gotas, a veces, se amontonaban, para arrancarse luego en una dirección insospechada, y volverse a detener para cambiar de rumbo. La persecución fue haciéndose interesante y dolorosa, como el espectáculo de una agonía, pero también cada vez más ardua. Las gotas se distanciaban y se empequeñecían, hasta que, de pronto, desaparecieron sin solución de continuidad. En vano buscó, en las cercanías una puerta, una casa donde pudieran haberse introducido. Entonces, sintió una desesperación horrible, como si la pérdida de ese rastro significara para él la pérdida de su vida. Y se lanzó por la acera con la mirada raspando la vereda. Fue entonces que descubrió un objeto arrugado y rojo. Era un pañuelo. Estuvo tentado de recogerlo, pero se contentó con leer el monograma, y las letras entrelazadas le parecieron las de un nombre cercano al suyo. Luego, a corto trecho del pañuelo, surgieron nuevamente las manchas, pero con una copiosidad insospechada.

El rastro, en lugar de ser rectilíneo, fue haciéndose tortuoso, como si el hombre del cual manó aquella sangre hubiera estado tambaleándose y en trance de caer. Los árboles de la calzada, las paredes de las casas, estaban igualmente salpicados. Las manchas, además, eran más frescas y herían la vista como lancetazos. La persecución, entonces, se hizo frenética. Ya no caminaba, sino corría, a pesar de lo cual notó que se estaba introduciendo en su barrio. Pronto estuvo en las inmediaciones de su casa. Más tarde, en la misma esquina, y la sangre aumentaba sin piedad arrastrándolo con la persuasión de una sirena. Por último, se detuvo en la puerta de su hogar. Estaba abierta, y las escaleras le invitaban a subir.

Al mirar los peldaños, descubrió las manchas trepando por ellas, como un reptil implacable. Comenzó a subir. ¿A qué habitación se dirigían? Recorrieron el pasillo, pasaron delante del cuarto de sus padres, vacilaron un instante frente al baño, y siguieron, siguieron hacia su dormitorio, cada vez más vivientes, como si acabaran de ser derramadas. Un vaho caliente brotaba de ellas, y, tras enormes floraciones, se detuvieron frente a la puerta de su cuarto, que estaba entreabierta. Quiso poner la mano en la perilla, pero la notó ensangrentada, al mismo tiempo que sintió algo que caía pesadamente sobre su cama, haciendo crujir el somier. Entonces se quedó inmóvil. Recordó que el monograma del pañuelo correspondía a sus iniciales, y no le quedó la menor duda que en el interior de su habitación acababa de producirse el espectáculo de su propia muerte.



Nota.- Este cuento apareció por vez primer en la revista "Letras Peruanas" en 1952.

JULIO RAMÓN RIBEYRO: SIEMPRE PRESENTE!!!


Algunas peripecias vitales de Julio Ramón Ribeyro, irónicamente, guardan una secreta relación con muchas de las que vivieron los propios personajes de sus cuentos. Quién mejor que un entrañable amigo del escritor para revelarnos una trama que a simple vista podría parecer inverosímil.

Por Fernando Ampuero

Sé bien que en esta edición de homenaje a Julio Ramón Ribeyro participan estudiosos que sabrán exponer con mayor rigor que yo sobre su extraordinaria obra, separándola del individuo y el escritor, y, en lo que respecta a la vida misma de Julio Ramón, tendrán también mucho que decir. No es mi propósito terciar en esas lides. Mi intención más bien se reduce a trasmitirles un atisbo, algunas impresiones personales. A Julio Ramón yo llegué como lector y como amigo. Como lector, por cierto, lo he leído tomando las distancias del caso: obré como lo hace cualquier lector común y corriente, que busca a un tiempo gozar de la lectura y comprender el mundo en que vivimos; como amigo, ni qué decir, lo he leído intentando descifrar ese mágico comercio entre vida y literatura, entre vicisitudes particulares y peculiar percepción del mundo, a fin de desentrañar en Julio el misterio de la fragilidad y la entereza, dos de los componentes que contrastaban su personalidad. Pero lo he leído además como un mero detective del juego verbal, como un escritor lee a otro a escritor; es decir, analizando y celebrando con enorme interés los hallazgos de lenguaje, los vericuetos de la trama, el diseño de sus personajes, los rizos poéticos, la sencillez, la profundidad y la eficacia de su prosa, la emoción monda y lironda que mueve la mayor parte de sus historias.

Julio Ramón ha escrito novelas, teatro, prosas, pero, en opinión de muchos de sus lectores, ha invertido tripas y corazón en el cuento, un género que, en este lado del continente americano, tiene una vieja tradición de brillantes autores. En ese frente se alinearon las crónicas de Indias en la colonia y el costumbrismo en la república, y, ya avanzado el prolífico siglo XX, Borges, Cortázar, Quiroga, García Márquez, Rulfo, Fonseca, Arreola, Onetti y Benedetti, por citar algunos nombres. En el Perú, Ricardo Palma y Abraham Valdelomar fueron dos maestros del relato corto, siendo Valdelomar, sin duda, el fundador del cuento moderno. Julio Ramón nació como hombre de letras al amparo de tales autores, pero abrevando en las fuentes de los maestros rusos y franceses del siglo XIX, Chéjov, Turgeniev y Maupassant. Y decidió, en pleno siglo XX, escribir como un autor decimonónico. Lo decidió por vocación, por un deseo de cuajar un estilo limpio y despojado de extravagancias y ornatos inútiles, y porque no hacerlo de esa manera habría sido ir contra su naturaleza. Sin embargo, todo lector suyo sabe que se trata de un autor que también ha leído, y con gran dedicación, a Kafka y a Joyce, y que, pese a emular el tono de la escritura decimonónica, es inevitablemente un escritor contemporáneo.
Julio Ramón escribió como un clásico y se convirtió en el más moderno de nuestros clásicos. Sus libros de cuentos, los diferentes volúmenes que conforman La palabra del mudo, revelan esa infrecuente condición que mantienen sólo obras como el Diccionario Filosófico de Voltaire: la lozanía. La prosa de Ribeyro es clásica por su belleza, por su cristalina precisión y, fundamentalmente, por su radiante frescura. Es una escritura que fluye como agua fresca, una prosa que no envejece.


Obviamente Ribeyro no fue un autor de vanguardia, tal como se acostumbra decir en alusión a la fila de avanzada de los ejércitos, sino más bien de retaguardia, ya que él se ubicó en la tropa que recoge los heridos y los muertos que caen en combate, pero que, de hecho, es igualmente importante para dar solidez, empuje y cobertura a los movimientos ofensivos. Su gran temor, me lo confesó en cierta ocasión, era convertirse en una antigualla, un autor anacrónico. Algunos críticos, confundidos por sus maneras, lo vieron así. A estas alturas, no obstante, fuera de constituirse en el cronista más penetrante y compasivo de las clases medias de su tiempo, resulta siendo el más moderno y vigente de nuestros clásicos.
Pero, en fin, yo no quiero hablar de esto, sino más bien de la persona, del amigo, de ese individuo tan especial que fue Julio Ramón, a quien yo conociera hace treinta años en París y con quien tuve el placer de compartir innumerables veladas en Lima durante sus últimos años de vida


JULIO RAMÓN Y SUS DOBLES


De Julio Ramón, para empezar, yo tengo imágenes definidas que corresponden a dos épocas muy diferentes: Julio, el amigo mayor de principios de los años setenta: el hombre inteligente, sensible, cálido y distante a un tiempo, que era la discreción personificada, la más compleja aleación de esos duros metales del alma -la timidez y la generosidad-, y, sobre todo, que encarnaba el punto de referencia para todos los escritores jóvenes peruanos que viajábamos al viejo mundo: Julio Ramón, nuestro hombre en París. O bien, el otro Julio, que surge veinte años después, tras su larga enfermedad, tras su inverosímil flacura, tras los disimulados bostezos de hipopótamo que le suscitaba la carrera diplomática, un Julio Ramón cálido y elegante como lo fuera en todo momento, pero esta vez pletórico de ideas, ávido de aventuras, con las ganas de vivir de un adolescente y dispuesto a celebrar tertulias tres o cuatro veces por semana en bares, restaurantes o en la agradable terraza de su departamento barranquino mientras la noche avanzaba y la brisa marina nos refrescaba y revolvía el cabello; Julio, en fin, el socio del velero soñado que nunca llegamos a comprar, el ciclista con quien fatigamos (él, por supuesto, en tramos cortos, pero enérgicamente pedaleados) los malecones de la Costa Verde, y Julio, por último, el cómplice de la luna a altas horas de la madrugada, horas en que dejaba salir a su otro yo, el sutil Dostoievski o el cabalista jugador de la ruleta, de quien he hablado en otros artículos.


¿QUÍEN ES ESTE NEGRO?

A Julio Ramón, lo he dicho siempre, y lo digo ahora una vez más, le pasaban cosas raras. Todos conocen, me parece, la famosa anécdota sobre sus primeros cuentos traducidos al francés. Julio Ramón, que ya llevaba varios años en París, se sentía muy contento y ansioso por ver aquel primer libro en la lengua de Flaubert, y, bueno, este no tardó en llegar a sus manos, pero su alegría duró los pocos segundos que nos toma echar un vistazo a la tapa y contratapa de un nuevo volumen. La editorial había cometido un grave error: equivocó la foto del autor. En vez de su rostro, aparecía el retrato de un negro, un escritor africano de idioma portugués que tenía su apellido. Julio Ramón se quedó helado. Por varias horas, según me dijo, permaneció escondido en su casa, angustiado y sin saber qué hacer. Para entender esta reacción, este pantano de inquietudes e incertidumbres, hay que tener en cuenta que Julio era una persona retraída, solitaria, parca y muy respetuosa de los buenos modales.


No sabía de qué manera quejarse, por ejemplo. No sabía si llamar por teléfono o presentarse en la editorial, ni sabía tampoco en qué tono de voz tenía que reclamar. Padecía esos desgarradores trances psicológicos que solo sufre la gente tímida: rigidez muscular y una suerte de alborotado vacío mental. Lo que más temía era que su protesta pasara por racismo. Y estuvo a punto de resignarse a que ese señor, el negro de la foto, sea el Ribeyro de sus cuentos. Pero al final, haciendo fuerza de flaquezas, tuvo el valor de visitar la editorial, y, entre balbuceos, deshaciéndose en disculpas, pidió que, por favor, si es que no era molestia, corrigieran el error.
Soy consciente de que el Ribeyro que aquí les muestro parece alarmantemente un personaje de Alfredo Bryce, amigo de su larga estancia parisina, pero les aseguro que este Ribeyro no es de Bryce, sino del propio Ribeyro, un señor muy tímido a quien le pasaban cosas muy raras.


LAS CUCHARITAS DEL HOSPITAL


Cosas raras, sí. Tan raras, y a la vez tan intensamente dramáticas, como lo que le sucediera treinta años atrás, en un hospital público de Francia, cuando Julio Ramón, convaleciente de una operación de cáncer al estómago, advirtió que su vida dependía de las cucharas y cucharitas que él pudiera robarse de las bandejas de otros pacientes. Julio Ramón se hallaba en la peligrosa sala común de ese hospital. Se le veía sumamente delgado y se dudaba de su recuperación. Los médicos proporcionaban mayores cuidados y mejor comida a los pacientes que subían de peso. Los pacientes se pesaban a diario, y aquellos que ganaban peso a lo largo de varios días recibían una amplia sonrisa de aprobación y eran trasladados a una sala especial, en tanto los otros seguían en la sala común, considerada por los pacientes y el personal médico como el moridero, pues allí todos los días le ponían el biombo a más de un enfermo a punto de palmarla.
Julio Ramón, consciente de la crucial importancia del peso, vivió la hora de la balanza con el suspense de una película de Hitchcock. Temía ser descubierto. "Fueron momentos de gran tensión y autocontrol", me dijo, "en las que debía ingeniármelas para esconder disimuladamente en los bolsillos de mi piyama y mi bata las cucharas y cucharitas que me robaba a fin de subir varios gramos por día a la hora de pesarme". Ese peso ficticio, ese peso adicional, le salvó la vida. Lo pasaron a la sala especial, donde se alimentó mejor, y, gracias a ello, mejoró su salud y vivió veinte años más.


Para tales situaciones, que lo dejaban a todas luces al borde del abismo, como para aquellas por las que solían atravesar los personajes de sus cuentos, seres ingrávidos y apocados, Julio tuvo siempre una mirada comprensiva e irónica. Él pensaba que, frente a los embates de la vida, en los que tantas veces se nos pone a prueba, había que responder con igual coraje y serenidad: desenvainando una sonrisa de esgrimista.


SE ROBARON A JULIO RAMÓN


Y la vida, de hecho, lo despidió así, con ironía, con una leve sonrisa, como si emulara el destino que él tantas veces confiriera a sus personajes. Yo tengo fresco en la memoria el día en que, desde México, una voz amiga le anunció el consagratorio premio Juan Rulfo, reconocimiento que alegró mucho a Julio, pero que no alcanzaría a recibir, pues falleció a las pocas semanas de la ceremonia de entrega. Julio me había llamado para darme la noticia, pidiéndome que la mantuviéramos en privado; hablamos del dinero, hablamos una vez más del bote a vela que íbamos a comprar y que nunca compramos, y, en fin, nos fuimos a tomar unas copas al bar de La Rosa Náutica, así como a probar suerte en la ruleta del casino que tenía entonces ese hermoso restaurante que está sobre el mar miraflorino. Fue un día de suerte para él, sin duda, ya que ganó en la ruleta. Y luego, a los pocos días, apareció el escultor, enviado por el premio Juan Rulfo, para hacerle unas fotografías (las hizo mientras almorzábamos en el barranquino restaurante del Negro Flores) y, basado en ellas, modelar y fundir en bronce su busto, el tradicional busto de autor laureado por el Rulfo.


Tras la muerte de Julio, una copia de aquel busto de bronce iría a coronar el céntrico pedestal del segundo óvalo de la alameda Pardo, en Miraflores, justamente el barrio de Julio, donde él pasó parte de su infancia y adolescencia, y donde, en cosa de meses, se rindió honor a su talento literario, dedicándole ese parque para el recuerdo.
Lo anecdótico y lo raro de esta historia - y estoy seguro de que Julio se habrá reído en silencio donde quiera que ahora se encuentre-, es que en menos de una semana su busto fue robado por unos fumones. Según la policía, lo robaron para venderlo al peso como bronce y con el dinero de la venta comprar más droga que los ayudara a seguir huyendo de este mundo.
Aquello, sí, parecía un final de cuento ribeyriano, con su sorpresa y su desencanto, con su encogida de hombros, con su resignada frustración, y sobre todo, con su silencio. De regreso de una cena, yo fui una noche, a eso de las tres de la madrugada, a mirar el pedestal vacío del parque dedicado a Julio. Hacía frío y no había nadie en las calles. De vez en cuando pasaba uno que otro lento y taciturno automóvil, y luego el silencio de la noche se podía tocar con las manos. Pero sin lugar a dudas, Julio estaba ahí, en ese frío y en ese silencio, en ese pedestal vacío, más presente que nunca.


Ahora han puesto en ese parque una réplica de su busto, pero hecha en cemento pintado de color bronce, para que no se lo roben otra vez, o para que no acabe en el suelo de un callejón en compañía de unos pobres muchachos que a lo mejor jamás supieron quien era Ribeyro, pero a quienes les correspondía, sin duda, su parte de herencia de la palabra del mudo.


Una mirada a la Lima de Ribeyro

Las ciudades son invenciones de los escritores. Como imagen o metáfora esta verdad atraviesa la modernidad. ¿Podemos pensar París al margen de la tradición realista del siglo XIX? ¿Podemos reconstruir el esplendor decimonónico de la ciudad francesa y omitir a Baudelaire?
Así, Ribeyro es el gran escritor peruano del siglo XX; inventa Lima. La enuncia y la recrea desde diversos puntos de vista. Desde las ópticas del matón, del marginal, del militar encaramado en el poder, del burócrata frustrado, de la prostituta cómplice, del artista desadaptado. Perspectivas desde diversos lugares de la sociedad centradas en un espacio específico. Aunque hablar de la supuesta unidad de Lima sea un artificio. La capital del Perú es más bien un mosaico que se reproduce y se ramifica , que cambia de colores y temperaturas.


Sin embargo, la obra de Ribeyro está suspendida en un momento de la historia. Acontece en gran medida en un escenario de los años cincuenta. Un espacio ocupado por la estolidez de la dictadura militar; atravesado por un conservadurismo intolerante y por su contraparte, una moral prostibularia.


ETERNAMENTE EN LOS CINCUENTA

He aquí una comprobación que despierta inexorablemente una pregunta: ¿Por qué Ribeyro no actualiza sus representaciones de Lima? La pregunta considera implícitamente que incluso sus últimos textos -Los relatos Santacrucinos- están inmersos en la nostalgia; son historias que acontecen en las décadas del 40 y del 50.
Una respuesta posible es que el escritor vive desde temprano en un exilio artístico. La imagen de Lima que utiliza en dos de sus novelas y en sus relatos es la que conoce de forma directa.
Esta imagen notoriamente lejana, prevelasquista, anterior al desborde popular, es una imagen criolla de lima. Sebastián Salazar Bondy sostiene que lo criollo como concepto corrió un trayecto sinuoso.


Sobreviven con vigor la beatitud y el libertinaje típicamente criollos. En Cambio de guardia y sobre todo en Los geniecillos dominicales se extienden por igual las imágenes que al combinarse producen a Lima como un espacio de versiones morales radicales. La madre de Ludo Tótem es una mujer beata mientras el personaje central es notoriamente hedonista.
Así, en el diagrama construido por el autor también se encuentran los marginales. Al pie del acantilado o los Gallinazos sin plumas son reflejos de ese sector; expresiones que desmitifican una visión marginal de Lima solo a partir de los años sesenta. Hacia el año 1950 Lima tiene casi 100 barriadas. Pero esta marginalidad no es el desborde. No son las grandes invasiones de los conos. Son pequeñas escaramuzas con la ley; son formas de habitar la ilegalidad sin cambiar en ningún momento el espíritu de la ciudad. Los habitantes de las barriadas retratadas por Ribeyro no imponen ningún estilo, no cambian la estética de la ciudad y sobre todo, no crean ninguna dinámica de desarrollo económico; no se perfilan como futuros consumidores. Los pobres son pobres pasivos, resignados o algunas veces rebeldes. La lógica instrumental que los victimiza es asumida la mayor parte de veces como algo natural por ellos mismos.
Otros intérpretes como Cristiane Alvarez consideran que Ribeyro retrata los signos de la decadencia limeña señalada por la migración a la capital desde la provincia a partir de los años cincuenta. Según Alvarez, Ribeyro opone el mito de la ciudad colonial de su infancia al antimito de la ciudad invadida de su adultez.


Este argumento, a pesar de hallarse seriamente documentado, no parece reflejar correctamente el fenómeno de la migración. Sin embargo, nos remite a otro aspecto señalado por el mismo Ribeyro en La tentación del fracaso: la nostalgia constante acerca del bien perdido atraviesa su obra. Sus antepasados coloniales, oidores o rectores no tienen contacto con un hombre que ya no goza de privilegios y que se encuentra en una situación de pérdida constante. Uno de sus cuentos, El polvo del saber refleja simbólicamente el desplazamiento social. Una biblioteca que pertenece a un pariente suyo corre una suerte que en verdad es la suerte de la decadencia social.