martes, agosto 30, 2011

RIBEYRO: UN AMIGO ENTRAÑABLE
















Escribe: Cerdito "Tu ahí"




No soy un estudioso de la obra de Ribeyro, de hecho ni siquiera veo a Julio Ramón como un escritor. Hablo aquí de alguien a quien considero un amigo entrañable.


Cada lectura de este autor me lleva a la visión de tenerlo frente a mí del otro lado de la mesa, en medio una botella de vino tinto y un paquete de cigarrillos. Puedo hasta escuchar su voz contándome las historias que leo.


Esto me ha sucedido principalmente con sus textos personales. Lo digo percibiendo que caigo en error, pues lo personal está implícitamente ligado a la obra de Ribeyro. Y también a la de alguno de sus lectores. Conozco personas que incluso sienten poseer algo así como un "sino" Ribeyriano.


Ribeyro es mi amigo desde el día en que decidió publicar (pienso ahora que tal vez no fuera por iniciativa suya tanto como la de algún editor) su diario personal. La lectura de "Prosas apátridas" y sus "cartas" lo elevó a la categoría de entrañable.


El día que Julio Ramón me contó su historia con el tabaco en "Sólo para fumadores" encendí mi primer cigarrillo.


Hace poco me enteré que también le gustaba mucho el ajedrez. Al punto de anotar jugadas y tener partidos que podían durar días. Cuántas veces habrá visto el rostro de sus propios personajes en algún rey derrotado.


Cuando me esfuerzo mucho en lograr algo que nunca logro me acuerdo siempre de él. Entonces comprendo la importancia de la experiencia ganada y le agradezco. Alguna vez fui al cementerio a buscar su tumba. No la encontré. De regreso a casa, mientras pensaba qué hacer con las flores que había llevado, me di cuenta que Julio Ramón Ribeyro había sido enterrado en el alma de sus lectores. Puse las flores en mi mesa de noche. A un costado mi ejemplar de "La palabra del mudo".


A veces me encuentro con "Ludo totem", o paseo por "San Gabriel", o soy parte del "Banquete", o converso con la señora de "La vieja quinta", escuchando sus tristes querellas. A veces simplemente veo a Julio encendiendo un cigarrillo en el barrio latino de París, caminando con el estómago vacío y la cabeza repleta de historias, o en el área de promoción cultural de la Universidad de San Cristóbal de Huamanga en Ayacucho, o trabajando como conserje en aquel edificio donde tenía que sacar la basura una mañana en que justo se encontraba trabajando en "Los gallinazos sin plumas". A veces veo a Julio en el rostro de algún amigo escritor callado y taciturno.


Los estudiosos se encargarán de seguir difundiendo y ahondando más en la obra de Julio Ramón Ribeyro, tarea más que necesaria en estos tiempos de literatura fácil.


Yo sólo he querido hablar aquí de alguien a quien considero un amigo entrañable.


LA HUELLA



Un cuento de: Julio Ramón Ribeyro



U
na mancha negra sobre el suelo lo hizo detenerse súbitamente, con la fuerza de un impacto que hubiera recibido a mansalva. En vano intentó seguir su camino. Delante de sus zapatos la mancha se recortaba amorfa, espesa e incitante, bajo la luz del mediodía.

Lentamente se fue agachando y la pudo observar con detenimiento. Sus bordes, en apariencia lisos, mostraban de cerca sus contornos estriados, con seudópodos ávidos que se proyectaban en todas direcciones. Era una mancha de sangre. Estaba seca; sin embargo, algo había en ella de viviente que lo succionaba y lo retenía con una fuerza inexplicable. Se incorporó para mirar más adelante y pudo observar otras manchas similares que se iban disgregando al azar, como un archipiélago visto desde el aire. Unos pasos más allá todo vestigio de sangre desapareció, y, sin poder explicárselo, fue reconfortado por un sentimiento de salvación. Aquellas manchas tenían algo en común por él, a punto de que juraría que habían brotado de su propio cuerpo. Pero un trecho más adelante aparecieron otras salpicaduras, y luego otras, en una profusión irregular y bestial, adoptando formas y dimensiones alucinantes, como si la hemorragia se hubiera tornado, de pronto, incontenible. Y esa sensación de ansiedad volvió a sobrecogerlo, al extremo que sintió una especie de vértigo, que con gran esfuerzo pudo dominar. Más adelante, sin embargo, la explosión de sangre se normalizó y, con una regularidad geométrica, fueron apareciendo gotas idénticas, igualmente espaciadas, diametralmente exactas, como si hubieran sido impresas con un sello sobre el pavimento. La curiosidad, entonces, fue haciendo soportable su temor, y comenzó a seguirla con una avidez en la que había algo del suicida y del iluminado. Durante muchas cuadras anduvo preso del reguero y, en la distribución de aquellas gotas, iba descubriendo un drama humano, que, sin ninguna razón atendible, le parecía vinculado a su existencia. Las gotas, a veces, se amontonaban, para arrancarse luego en una dirección insospechada, y volverse a detener para cambiar de rumbo. La persecución fue haciéndose interesante y dolorosa, como el espectáculo de una agonía, pero también cada vez más ardua. Las gotas se distanciaban y se empequeñecían, hasta que, de pronto, desaparecieron sin solución de continuidad. En vano buscó, en las cercanías una puerta, una casa donde pudieran haberse introducido. Entonces, sintió una desesperación horrible, como si la pérdida de ese rastro significara para él la pérdida de su vida. Y se lanzó por la acera con la mirada raspando la vereda. Fue entonces que descubrió un objeto arrugado y rojo. Era un pañuelo. Estuvo tentado de recogerlo, pero se contentó con leer el monograma, y las letras entrelazadas le parecieron las de un nombre cercano al suyo. Luego, a corto trecho del pañuelo, surgieron nuevamente las manchas, pero con una copiosidad insospechada.

El rastro, en lugar de ser rectilíneo, fue haciéndose tortuoso, como si el hombre del cual manó aquella sangre hubiera estado tambaleándose y en trance de caer. Los árboles de la calzada, las paredes de las casas, estaban igualmente salpicados. Las manchas, además, eran más frescas y herían la vista como lancetazos. La persecución, entonces, se hizo frenética. Ya no caminaba, sino corría, a pesar de lo cual notó que se estaba introduciendo en su barrio. Pronto estuvo en las inmediaciones de su casa. Más tarde, en la misma esquina, y la sangre aumentaba sin piedad arrastrándolo con la persuasión de una sirena. Por último, se detuvo en la puerta de su hogar. Estaba abierta, y las escaleras le invitaban a subir.

Al mirar los peldaños, descubrió las manchas trepando por ellas, como un reptil implacable. Comenzó a subir. ¿A qué habitación se dirigían? Recorrieron el pasillo, pasaron delante del cuarto de sus padres, vacilaron un instante frente al baño, y siguieron, siguieron hacia su dormitorio, cada vez más vivientes, como si acabaran de ser derramadas. Un vaho caliente brotaba de ellas, y, tras enormes floraciones, se detuvieron frente a la puerta de su cuarto, que estaba entreabierta. Quiso poner la mano en la perilla, pero la notó ensangrentada, al mismo tiempo que sintió algo que caía pesadamente sobre su cama, haciendo crujir el somier. Entonces se quedó inmóvil. Recordó que el monograma del pañuelo correspondía a sus iniciales, y no le quedó la menor duda que en el interior de su habitación acababa de producirse el espectáculo de su propia muerte.



Nota.- Este cuento apareció por vez primer en la revista "Letras Peruanas" en 1952.

JULIO RAMÓN RIBEYRO: SIEMPRE PRESENTE!!!


Algunas peripecias vitales de Julio Ramón Ribeyro, irónicamente, guardan una secreta relación con muchas de las que vivieron los propios personajes de sus cuentos. Quién mejor que un entrañable amigo del escritor para revelarnos una trama que a simple vista podría parecer inverosímil.

Por Fernando Ampuero

Sé bien que en esta edición de homenaje a Julio Ramón Ribeyro participan estudiosos que sabrán exponer con mayor rigor que yo sobre su extraordinaria obra, separándola del individuo y el escritor, y, en lo que respecta a la vida misma de Julio Ramón, tendrán también mucho que decir. No es mi propósito terciar en esas lides. Mi intención más bien se reduce a trasmitirles un atisbo, algunas impresiones personales. A Julio Ramón yo llegué como lector y como amigo. Como lector, por cierto, lo he leído tomando las distancias del caso: obré como lo hace cualquier lector común y corriente, que busca a un tiempo gozar de la lectura y comprender el mundo en que vivimos; como amigo, ni qué decir, lo he leído intentando descifrar ese mágico comercio entre vida y literatura, entre vicisitudes particulares y peculiar percepción del mundo, a fin de desentrañar en Julio el misterio de la fragilidad y la entereza, dos de los componentes que contrastaban su personalidad. Pero lo he leído además como un mero detective del juego verbal, como un escritor lee a otro a escritor; es decir, analizando y celebrando con enorme interés los hallazgos de lenguaje, los vericuetos de la trama, el diseño de sus personajes, los rizos poéticos, la sencillez, la profundidad y la eficacia de su prosa, la emoción monda y lironda que mueve la mayor parte de sus historias.

Julio Ramón ha escrito novelas, teatro, prosas, pero, en opinión de muchos de sus lectores, ha invertido tripas y corazón en el cuento, un género que, en este lado del continente americano, tiene una vieja tradición de brillantes autores. En ese frente se alinearon las crónicas de Indias en la colonia y el costumbrismo en la república, y, ya avanzado el prolífico siglo XX, Borges, Cortázar, Quiroga, García Márquez, Rulfo, Fonseca, Arreola, Onetti y Benedetti, por citar algunos nombres. En el Perú, Ricardo Palma y Abraham Valdelomar fueron dos maestros del relato corto, siendo Valdelomar, sin duda, el fundador del cuento moderno. Julio Ramón nació como hombre de letras al amparo de tales autores, pero abrevando en las fuentes de los maestros rusos y franceses del siglo XIX, Chéjov, Turgeniev y Maupassant. Y decidió, en pleno siglo XX, escribir como un autor decimonónico. Lo decidió por vocación, por un deseo de cuajar un estilo limpio y despojado de extravagancias y ornatos inútiles, y porque no hacerlo de esa manera habría sido ir contra su naturaleza. Sin embargo, todo lector suyo sabe que se trata de un autor que también ha leído, y con gran dedicación, a Kafka y a Joyce, y que, pese a emular el tono de la escritura decimonónica, es inevitablemente un escritor contemporáneo.
Julio Ramón escribió como un clásico y se convirtió en el más moderno de nuestros clásicos. Sus libros de cuentos, los diferentes volúmenes que conforman La palabra del mudo, revelan esa infrecuente condición que mantienen sólo obras como el Diccionario Filosófico de Voltaire: la lozanía. La prosa de Ribeyro es clásica por su belleza, por su cristalina precisión y, fundamentalmente, por su radiante frescura. Es una escritura que fluye como agua fresca, una prosa que no envejece.


Obviamente Ribeyro no fue un autor de vanguardia, tal como se acostumbra decir en alusión a la fila de avanzada de los ejércitos, sino más bien de retaguardia, ya que él se ubicó en la tropa que recoge los heridos y los muertos que caen en combate, pero que, de hecho, es igualmente importante para dar solidez, empuje y cobertura a los movimientos ofensivos. Su gran temor, me lo confesó en cierta ocasión, era convertirse en una antigualla, un autor anacrónico. Algunos críticos, confundidos por sus maneras, lo vieron así. A estas alturas, no obstante, fuera de constituirse en el cronista más penetrante y compasivo de las clases medias de su tiempo, resulta siendo el más moderno y vigente de nuestros clásicos.
Pero, en fin, yo no quiero hablar de esto, sino más bien de la persona, del amigo, de ese individuo tan especial que fue Julio Ramón, a quien yo conociera hace treinta años en París y con quien tuve el placer de compartir innumerables veladas en Lima durante sus últimos años de vida


JULIO RAMÓN Y SUS DOBLES


De Julio Ramón, para empezar, yo tengo imágenes definidas que corresponden a dos épocas muy diferentes: Julio, el amigo mayor de principios de los años setenta: el hombre inteligente, sensible, cálido y distante a un tiempo, que era la discreción personificada, la más compleja aleación de esos duros metales del alma -la timidez y la generosidad-, y, sobre todo, que encarnaba el punto de referencia para todos los escritores jóvenes peruanos que viajábamos al viejo mundo: Julio Ramón, nuestro hombre en París. O bien, el otro Julio, que surge veinte años después, tras su larga enfermedad, tras su inverosímil flacura, tras los disimulados bostezos de hipopótamo que le suscitaba la carrera diplomática, un Julio Ramón cálido y elegante como lo fuera en todo momento, pero esta vez pletórico de ideas, ávido de aventuras, con las ganas de vivir de un adolescente y dispuesto a celebrar tertulias tres o cuatro veces por semana en bares, restaurantes o en la agradable terraza de su departamento barranquino mientras la noche avanzaba y la brisa marina nos refrescaba y revolvía el cabello; Julio, en fin, el socio del velero soñado que nunca llegamos a comprar, el ciclista con quien fatigamos (él, por supuesto, en tramos cortos, pero enérgicamente pedaleados) los malecones de la Costa Verde, y Julio, por último, el cómplice de la luna a altas horas de la madrugada, horas en que dejaba salir a su otro yo, el sutil Dostoievski o el cabalista jugador de la ruleta, de quien he hablado en otros artículos.


¿QUÍEN ES ESTE NEGRO?

A Julio Ramón, lo he dicho siempre, y lo digo ahora una vez más, le pasaban cosas raras. Todos conocen, me parece, la famosa anécdota sobre sus primeros cuentos traducidos al francés. Julio Ramón, que ya llevaba varios años en París, se sentía muy contento y ansioso por ver aquel primer libro en la lengua de Flaubert, y, bueno, este no tardó en llegar a sus manos, pero su alegría duró los pocos segundos que nos toma echar un vistazo a la tapa y contratapa de un nuevo volumen. La editorial había cometido un grave error: equivocó la foto del autor. En vez de su rostro, aparecía el retrato de un negro, un escritor africano de idioma portugués que tenía su apellido. Julio Ramón se quedó helado. Por varias horas, según me dijo, permaneció escondido en su casa, angustiado y sin saber qué hacer. Para entender esta reacción, este pantano de inquietudes e incertidumbres, hay que tener en cuenta que Julio era una persona retraída, solitaria, parca y muy respetuosa de los buenos modales.


No sabía de qué manera quejarse, por ejemplo. No sabía si llamar por teléfono o presentarse en la editorial, ni sabía tampoco en qué tono de voz tenía que reclamar. Padecía esos desgarradores trances psicológicos que solo sufre la gente tímida: rigidez muscular y una suerte de alborotado vacío mental. Lo que más temía era que su protesta pasara por racismo. Y estuvo a punto de resignarse a que ese señor, el negro de la foto, sea el Ribeyro de sus cuentos. Pero al final, haciendo fuerza de flaquezas, tuvo el valor de visitar la editorial, y, entre balbuceos, deshaciéndose en disculpas, pidió que, por favor, si es que no era molestia, corrigieran el error.
Soy consciente de que el Ribeyro que aquí les muestro parece alarmantemente un personaje de Alfredo Bryce, amigo de su larga estancia parisina, pero les aseguro que este Ribeyro no es de Bryce, sino del propio Ribeyro, un señor muy tímido a quien le pasaban cosas muy raras.


LAS CUCHARITAS DEL HOSPITAL


Cosas raras, sí. Tan raras, y a la vez tan intensamente dramáticas, como lo que le sucediera treinta años atrás, en un hospital público de Francia, cuando Julio Ramón, convaleciente de una operación de cáncer al estómago, advirtió que su vida dependía de las cucharas y cucharitas que él pudiera robarse de las bandejas de otros pacientes. Julio Ramón se hallaba en la peligrosa sala común de ese hospital. Se le veía sumamente delgado y se dudaba de su recuperación. Los médicos proporcionaban mayores cuidados y mejor comida a los pacientes que subían de peso. Los pacientes se pesaban a diario, y aquellos que ganaban peso a lo largo de varios días recibían una amplia sonrisa de aprobación y eran trasladados a una sala especial, en tanto los otros seguían en la sala común, considerada por los pacientes y el personal médico como el moridero, pues allí todos los días le ponían el biombo a más de un enfermo a punto de palmarla.
Julio Ramón, consciente de la crucial importancia del peso, vivió la hora de la balanza con el suspense de una película de Hitchcock. Temía ser descubierto. "Fueron momentos de gran tensión y autocontrol", me dijo, "en las que debía ingeniármelas para esconder disimuladamente en los bolsillos de mi piyama y mi bata las cucharas y cucharitas que me robaba a fin de subir varios gramos por día a la hora de pesarme". Ese peso ficticio, ese peso adicional, le salvó la vida. Lo pasaron a la sala especial, donde se alimentó mejor, y, gracias a ello, mejoró su salud y vivió veinte años más.


Para tales situaciones, que lo dejaban a todas luces al borde del abismo, como para aquellas por las que solían atravesar los personajes de sus cuentos, seres ingrávidos y apocados, Julio tuvo siempre una mirada comprensiva e irónica. Él pensaba que, frente a los embates de la vida, en los que tantas veces se nos pone a prueba, había que responder con igual coraje y serenidad: desenvainando una sonrisa de esgrimista.


SE ROBARON A JULIO RAMÓN


Y la vida, de hecho, lo despidió así, con ironía, con una leve sonrisa, como si emulara el destino que él tantas veces confiriera a sus personajes. Yo tengo fresco en la memoria el día en que, desde México, una voz amiga le anunció el consagratorio premio Juan Rulfo, reconocimiento que alegró mucho a Julio, pero que no alcanzaría a recibir, pues falleció a las pocas semanas de la ceremonia de entrega. Julio me había llamado para darme la noticia, pidiéndome que la mantuviéramos en privado; hablamos del dinero, hablamos una vez más del bote a vela que íbamos a comprar y que nunca compramos, y, en fin, nos fuimos a tomar unas copas al bar de La Rosa Náutica, así como a probar suerte en la ruleta del casino que tenía entonces ese hermoso restaurante que está sobre el mar miraflorino. Fue un día de suerte para él, sin duda, ya que ganó en la ruleta. Y luego, a los pocos días, apareció el escultor, enviado por el premio Juan Rulfo, para hacerle unas fotografías (las hizo mientras almorzábamos en el barranquino restaurante del Negro Flores) y, basado en ellas, modelar y fundir en bronce su busto, el tradicional busto de autor laureado por el Rulfo.


Tras la muerte de Julio, una copia de aquel busto de bronce iría a coronar el céntrico pedestal del segundo óvalo de la alameda Pardo, en Miraflores, justamente el barrio de Julio, donde él pasó parte de su infancia y adolescencia, y donde, en cosa de meses, se rindió honor a su talento literario, dedicándole ese parque para el recuerdo.
Lo anecdótico y lo raro de esta historia - y estoy seguro de que Julio se habrá reído en silencio donde quiera que ahora se encuentre-, es que en menos de una semana su busto fue robado por unos fumones. Según la policía, lo robaron para venderlo al peso como bronce y con el dinero de la venta comprar más droga que los ayudara a seguir huyendo de este mundo.
Aquello, sí, parecía un final de cuento ribeyriano, con su sorpresa y su desencanto, con su encogida de hombros, con su resignada frustración, y sobre todo, con su silencio. De regreso de una cena, yo fui una noche, a eso de las tres de la madrugada, a mirar el pedestal vacío del parque dedicado a Julio. Hacía frío y no había nadie en las calles. De vez en cuando pasaba uno que otro lento y taciturno automóvil, y luego el silencio de la noche se podía tocar con las manos. Pero sin lugar a dudas, Julio estaba ahí, en ese frío y en ese silencio, en ese pedestal vacío, más presente que nunca.


Ahora han puesto en ese parque una réplica de su busto, pero hecha en cemento pintado de color bronce, para que no se lo roben otra vez, o para que no acabe en el suelo de un callejón en compañía de unos pobres muchachos que a lo mejor jamás supieron quien era Ribeyro, pero a quienes les correspondía, sin duda, su parte de herencia de la palabra del mudo.


Una mirada a la Lima de Ribeyro

Las ciudades son invenciones de los escritores. Como imagen o metáfora esta verdad atraviesa la modernidad. ¿Podemos pensar París al margen de la tradición realista del siglo XIX? ¿Podemos reconstruir el esplendor decimonónico de la ciudad francesa y omitir a Baudelaire?
Así, Ribeyro es el gran escritor peruano del siglo XX; inventa Lima. La enuncia y la recrea desde diversos puntos de vista. Desde las ópticas del matón, del marginal, del militar encaramado en el poder, del burócrata frustrado, de la prostituta cómplice, del artista desadaptado. Perspectivas desde diversos lugares de la sociedad centradas en un espacio específico. Aunque hablar de la supuesta unidad de Lima sea un artificio. La capital del Perú es más bien un mosaico que se reproduce y se ramifica , que cambia de colores y temperaturas.


Sin embargo, la obra de Ribeyro está suspendida en un momento de la historia. Acontece en gran medida en un escenario de los años cincuenta. Un espacio ocupado por la estolidez de la dictadura militar; atravesado por un conservadurismo intolerante y por su contraparte, una moral prostibularia.


ETERNAMENTE EN LOS CINCUENTA

He aquí una comprobación que despierta inexorablemente una pregunta: ¿Por qué Ribeyro no actualiza sus representaciones de Lima? La pregunta considera implícitamente que incluso sus últimos textos -Los relatos Santacrucinos- están inmersos en la nostalgia; son historias que acontecen en las décadas del 40 y del 50.
Una respuesta posible es que el escritor vive desde temprano en un exilio artístico. La imagen de Lima que utiliza en dos de sus novelas y en sus relatos es la que conoce de forma directa.
Esta imagen notoriamente lejana, prevelasquista, anterior al desborde popular, es una imagen criolla de lima. Sebastián Salazar Bondy sostiene que lo criollo como concepto corrió un trayecto sinuoso.


Sobreviven con vigor la beatitud y el libertinaje típicamente criollos. En Cambio de guardia y sobre todo en Los geniecillos dominicales se extienden por igual las imágenes que al combinarse producen a Lima como un espacio de versiones morales radicales. La madre de Ludo Tótem es una mujer beata mientras el personaje central es notoriamente hedonista.
Así, en el diagrama construido por el autor también se encuentran los marginales. Al pie del acantilado o los Gallinazos sin plumas son reflejos de ese sector; expresiones que desmitifican una visión marginal de Lima solo a partir de los años sesenta. Hacia el año 1950 Lima tiene casi 100 barriadas. Pero esta marginalidad no es el desborde. No son las grandes invasiones de los conos. Son pequeñas escaramuzas con la ley; son formas de habitar la ilegalidad sin cambiar en ningún momento el espíritu de la ciudad. Los habitantes de las barriadas retratadas por Ribeyro no imponen ningún estilo, no cambian la estética de la ciudad y sobre todo, no crean ninguna dinámica de desarrollo económico; no se perfilan como futuros consumidores. Los pobres son pobres pasivos, resignados o algunas veces rebeldes. La lógica instrumental que los victimiza es asumida la mayor parte de veces como algo natural por ellos mismos.
Otros intérpretes como Cristiane Alvarez consideran que Ribeyro retrata los signos de la decadencia limeña señalada por la migración a la capital desde la provincia a partir de los años cincuenta. Según Alvarez, Ribeyro opone el mito de la ciudad colonial de su infancia al antimito de la ciudad invadida de su adultez.


Este argumento, a pesar de hallarse seriamente documentado, no parece reflejar correctamente el fenómeno de la migración. Sin embargo, nos remite a otro aspecto señalado por el mismo Ribeyro en La tentación del fracaso: la nostalgia constante acerca del bien perdido atraviesa su obra. Sus antepasados coloniales, oidores o rectores no tienen contacto con un hombre que ya no goza de privilegios y que se encuentra en una situación de pérdida constante. Uno de sus cuentos, El polvo del saber refleja simbólicamente el desplazamiento social. Una biblioteca que pertenece a un pariente suyo corre una suerte que en verdad es la suerte de la decadencia social.


lunes, agosto 29, 2011

Marcelito


Es cuento pertenece al libro “Cuentos de Gallina sin Wato” (Inédito) De Tazi Supay

Cuento para niños nos tan no tan niños

Se Busca

¡Instrucción Cívica a los 9 años! Se quejaba entre dientes Marcelito mientras pateaba piedras de camino a casa. ¿Por qué nos enseñan conceptos que no pueden explicarnos? ¿Qué hago yo ahora con la palabra Libertad? Creo que el colegio me quiere destruir.

-Abuela, abuela, grito Marcelito al cruzar la puerta de su casa.

-En la cocina… responde una voz ronca.

-Abuela te quiero preguntar algo.

-No sería un día normal si no me quisieras preguntar alguna cosa.

-Abuela ¿Qué es la Libertad?

La abuela soltó en el fregadero la olla de fideos que estaba escurriendo, giró el cuerpo hacia Marcelito y lo cogió por los hombros ¿Quién te habló de la Libertad? Replicó con rabia.

-Mi profesor de Instrucción Cívica, respondió con miedo.

-¿Por qué los matan tan jóvenes? Dijo en voz baja la abuela.

-¿Qué dices abuela?

-Nada hijo, lo que se sucede es que solamente eres libres mientras no conozcas la palabra

LI-BER-TAD. Ahora ya no eres libre mi Marcelito, ahora ya se te escapó la libertad.

-Abuela por primera vez no te entiendo ¿Qué es la Libertad?

-No tengo esa respuesta para ti, exclamó derrotada la abuela, sólo sé que nadie la conoce no te puedo explicar algo de lo que no se sabe más que su nombre. Nunca existió alguien libre. Alguien libre si nació no murió así mi Marcelito.

Esa noche Marcelito no durmió, la libertad que ya no tenía le daba vueltas en la cabeza, en ese momento comprendió lo que su abuela se había explicado. Ya no era libre.

Al día siguiente escribió en las paredes del colegio con un crayón rojo:

“Se busca a alguien Libre”

y abajo su número de teléfono. Hasta ahora nadie llamó

sábado, agosto 27, 2011

LIBERACIÓN


Un cuento de: Julio Dalton


La abuela Harriet es gorda, fea y malvada. Tiene ojos de cajero automático y las axilas le apestan a centro comercial. Se alimenta de todo tipo de grasa y caga tarjetas de crédito. Cuando ha terminado de comer, toma con delicadeza su copa de vino tinto, bebe un discreto sorbo que lleva de un lado al otro de la boca con cierta finura y, luego de pasarlo, comienza a eructar, espaciadamente, libros de autoayuda.

La abuela Harriet vive con sus tres nietos. Átomo, deforme y con cabeza de cerdo. Ciertos problemas de incontinencia no le permiten llegar a tiempo al baño, debido a esto se pasa la mayor parte del día embarrado en sus excreciones, habiendo aprendido con el tiempo a convivir con ellas. Cuando no es regañado por la abuela, Átomo escribe algo que sólo él conoce. Cada semana tiene una libreta nueva que, al terminarla, amontona junto a las demás debajo de su cama.

Esencia tiene escamas sobre el cuerpo y sólo se le ve piel humana en sus cuatro hinchados brazos, blancos como la leche, con las venas a punto de estallar. Los mechones de su cabello, negro y rizado, apuntan en diferentes direcciones. Sus dientes son televisores que sólo transmiten “utilísima”. Cuando no está escuchando las lecciones de moral, que la abuela Harriet suele darle todos los días y a todas horas, Esencia toma un arpa entre sus cuatro manos regordetas, e inventa melodías que se esparcen por toda la casa, excepto en el cuarto de la abuela, donde únicamente se escucha el latir, acompasado y veloz, de mil corazones excitados sobre el coro infantil de alguna iglesia de barrio.

Dulce es el nieto más pequeño. Su cabeza es cuadrada y grande como un dado siniestro. Una malformación de nacimiento lo condenó a vivir con una nariz de pequeñas alas negras como las de un cuervo diminuto. Dulce es el engreído de la abuela Harriet, que constantemente lo llama para observarlo y reír. Con el pequeño frente a ella, la abuela suelta estruendosas carcajadas mientras acerca su rostro al del niño, para jalarle la nariz que comienza a aletear desesperada. Cuando la función ha terminado y la abuela seca las lágrimas que le brotaron de tanto reír, Dulce vuelve a su habitación y hace lo único que aprendió a hacer en su corta vida: dibujar. El nieto menor dibuja siempre calles vacías, rostros extraños, pero sobretodo, le encanta dibujar a la abuela Harriet. Tiene muchos dibujos de esta, ya sea bebiendo su copa de vino después de comer, o eructando los libros de autoayuda, que los tres nietos aprenden de memoria y recitan luego a la venerada anciana.

La abuela Harriet gusta mucho de divertirse con sus nietos, y estos a su vez son muy felices cuando ven la alegría en el rostro de la anciana.

Una larga y delgada varilla de metal, tiene adherido un corcho en la punta. Lo llaman “Atracador”. Cuando Átomo escucha esa palabra en la voz de la abuela, sabe bien lo que tiene que hacer. Se baja los pantalones hasta los tobillos y apoya las manos sobre la pared, como si se prestara a ser registrado por un policía, aunque ligeramente inclinado, mostrando sus partes nobles a la abuela. Entonces esta grita ¡Atracador! Y, desde su cama –La abuela nunca sale de su cama- va introduciendo lentamente la punta de la varilla entre las nalgas de Átomo, que comienza a acomodarse buscando el encaje perfecto. Entonces la abuela mira el reloj y controla el tiempo que Átomo puede estar, gracias a Atracador, sin cagarse en los pantalones. En ese momento, de espaldas a la abuela y con el corcho perfectamente encajado en el recto, Átomo saca su pequeña libreta y escribe.

Las lecciones de moral que la abuela imparte a Esencia, comienzan a las cuatro de la mañana con la nieta desnuda. Hay un balde con sangre a un costado de la habitación, con esa sangre, Esencia tendrá que pintarse la mayor cantidad de cruces sobre las escamas, mientras la abuela recita inconexas frases en latín al tiempo que se masturba. La entonación de las frases se hace más fuerte conforme avanza la excitación de la abuela, llegando ambas al paroxismo. Entonces las frases son gritadas a voz en cuello, como los gritos de alguien que está en presencia de la muerte. La abuela tiene una mano en su sexo y con la otra se da de manotazos en la cara. Esencia comprende que todo está por terminar y piensa en algunas nuevas melodías para tocar en su arpa. Cuando la abuela se extiende por completo sobre la cama, presa de pequeños e intermitentes temblores en el cuerpo, Esencia se retira sin hacer ruido. La abuela dormirá un par de horas.

Al ser el engreído, Dulce no la pasa tan mal. No tiene más que ponerse en presencia de la abuela cuando esta lo llama, y escuchar las risotadas que la vieja suelta mientras le toca la nariz. Aunque cada cierto tiempo, a la abuela se le ocurre sacar algunas de las pequeñas plumas, para evitar que la nariz de Dulce se vaya volando. Esa idea es uno de los pocos tormentos que la abuela Harriet tiene. Ten todas las alas que quieras –dijo una vez al nieto engreído- en el lugar que quieras, mientras no vuelen estará bien.

Cierto día la abuela Harriet llamaba a sus nietos pero ninguno aparecía. Comenzó a desesperar. Golpeaba furiosa el colchón de su cama con los puños al gritar, en una rabieta ridícula y atemorizante. Se llevaba a la boca botellas llenas de vino tinto, derramando el líquido rojo hasta sus enormes pechos adornados con collares de perlas y rosarios. Ninguno de los nietos aparecía.

Dulce estaba entregado a la contemplación de sus dibujos y miraba con especial fijación aquellos en los que aparecía la abuela. Átomo leía en voz alta todo lo que llevaba escrito hasta ese momento. No escuchaba nada, sólo aquellas frases sin sentido o descripciones de lugares extraños que llenaban sus libretas. Esencia tocaba el arpa cada vez con más fuerza, sin que por eso sus melodías dejaran de ser cautivantes.

Cuando Átomo escuchó las melodías del arpa, sintió que sus escritos habían encontrado un complemento perfecto en la música. Esencia descubrió que sus dedos se deslizaban como encantados sobre el instrumento, mientras miraba los dibujos de Dulce, que a su vez, veía en su mente más y más dibujos en cada frase que Átomo leía.

En su habitación, y siempre sobre la cama, la abuela Harriet lloraba desconsolada la ausencia de sus nietos y comía enormes cantidades de grasa animal, con las que además se embadurnaba la cara.

Los nietos aparecieron en el cuarto de la anciana, pero la abuela no estuvo contenta de verlos. Comenzó a tirarse pedos que concentraban el olor de una cloaca mundial, una fetidez insoportable se esparcía por toda la habitación. Tomó la abuela la varilla de fierro, miró a Átomo y gritó: ¡Atracador! Pero su nieto, envuelto en una nube verde que le ascendía desde las piernas, continuaba leyendo, cada vez con voz más alta, las frases anotadas en su libreta.

La abuela Harriet comenzó a masturbarse y recitar frases en latín esperando alguna reacción de Esencia, pero esta seguía entregada a las melodías que creaba en el arpa, mientras observaba los dibujos de Dulce, que rompía todos aquellos en los que la abuela aparecía.

Sin dejar de recitar sus frases, Átomo sacó del bolsillo de su pantalón un pene de madera, con dimensiones sobre humanas, que mostró a la abuela. Acercándose a ella, la puso boca abajo y le encajó el artefacto en el ano, en aquel único intento que emblanqueció los ojos de la anciana. Luego repitió esto varias veces.

Las melodías del arpa que Esencia tocaba, se convirtieron en rosas que caían sobre la espalda desnuda de la abuela Harriet. Cuando el cuerpo de la abuela estuvo cubierto por estas rosas, la nieta subió a la cama y, parándose sobre la espalda de la anciana, continuó tocando, haciendo crujir tallos y espinas sobre la piel de la vieja, que miraba a Dulce pidiéndole piedad.

El pequeño se limitaba a observar el rostro de la abuela con gran atención. Inmóvil. Su nariz aleteaba incesante. Sacó un lápiz, de punta gruesa y fina, y comenzó a dibujar, repasando las líneas con vehemencia, un girasol sobre la frente de la anciana.

La abuela Harriet no se mueve. Átomo continúa metiendo y sacando el pene de madera que ahora está algo ensangrentado. Esencia salta y baila sobre la espalda lacerada de la abuela, y el pequeño Dulce continúa repasando con el lápiz las líneas de su girasol.

Ahora se han detenido, hay silencio en toda la casa. Los tres nietos se miran por primera vez, tienen un extraño y seductor brillo en los ojos.


domingo, agosto 07, 2011

MIRA BOLIVIA: "TUPIZA"


TUPIZA


Fotos: Sofía Paz



SUPERFICIE


FRONDOSA PLAZA CENTRAL


FORMAS TERRENALES


ESTACION DEL TREN


CERROS ROJOS CIELOS CELESTES


BICICLETA


AMANECER DE LUNA

MIRA BOLIVIA: "POTOSÍ"


POTOSÍ


Fotos: Sofía Paz


YO SOY BOLIVIANITA


ENTRA


EL TIO


EL CERRO DE FONDO


DEL TEJADO AL CIELO


CUAL VIZCACHA AL SOL


CRISTO, ADORNOS DE PLATA


COMPAÑIA


COMO TE LLAMAS


CHAU SOL


CASA DE LA MONEDA


CALLEJON


BLANCA


ANTES DE ENTRAR A LA MINA


AMPLITUD

MIRA BOLIVIA: "PALOS BLANCOS"


PALOS BLANCOS - NORTE DEL DEPARTAMENTO DE LA PAZ

Fotos: Sofía Paz


MONTE


MI VIVIENDA EN EL CALOR NO ES COMO EN EL FRIO, TENGO TECHOS DE JATATA Y ES CERCA AL RIO


MI PARQUE ENTRE LAS BOLSAS


INCENDIO CREPUSCULAR


DEFENSORIA DEL NIÑO / PARQUE BASURERO


CUERVOS TROPICALES


ATARDECER DE CALOR


ALEGRIA CAFETERA


ALAS LABERINTO