sábado, agosto 27, 2011

LIBERACIÓN


Un cuento de: Julio Dalton


La abuela Harriet es gorda, fea y malvada. Tiene ojos de cajero automático y las axilas le apestan a centro comercial. Se alimenta de todo tipo de grasa y caga tarjetas de crédito. Cuando ha terminado de comer, toma con delicadeza su copa de vino tinto, bebe un discreto sorbo que lleva de un lado al otro de la boca con cierta finura y, luego de pasarlo, comienza a eructar, espaciadamente, libros de autoayuda.

La abuela Harriet vive con sus tres nietos. Átomo, deforme y con cabeza de cerdo. Ciertos problemas de incontinencia no le permiten llegar a tiempo al baño, debido a esto se pasa la mayor parte del día embarrado en sus excreciones, habiendo aprendido con el tiempo a convivir con ellas. Cuando no es regañado por la abuela, Átomo escribe algo que sólo él conoce. Cada semana tiene una libreta nueva que, al terminarla, amontona junto a las demás debajo de su cama.

Esencia tiene escamas sobre el cuerpo y sólo se le ve piel humana en sus cuatro hinchados brazos, blancos como la leche, con las venas a punto de estallar. Los mechones de su cabello, negro y rizado, apuntan en diferentes direcciones. Sus dientes son televisores que sólo transmiten “utilísima”. Cuando no está escuchando las lecciones de moral, que la abuela Harriet suele darle todos los días y a todas horas, Esencia toma un arpa entre sus cuatro manos regordetas, e inventa melodías que se esparcen por toda la casa, excepto en el cuarto de la abuela, donde únicamente se escucha el latir, acompasado y veloz, de mil corazones excitados sobre el coro infantil de alguna iglesia de barrio.

Dulce es el nieto más pequeño. Su cabeza es cuadrada y grande como un dado siniestro. Una malformación de nacimiento lo condenó a vivir con una nariz de pequeñas alas negras como las de un cuervo diminuto. Dulce es el engreído de la abuela Harriet, que constantemente lo llama para observarlo y reír. Con el pequeño frente a ella, la abuela suelta estruendosas carcajadas mientras acerca su rostro al del niño, para jalarle la nariz que comienza a aletear desesperada. Cuando la función ha terminado y la abuela seca las lágrimas que le brotaron de tanto reír, Dulce vuelve a su habitación y hace lo único que aprendió a hacer en su corta vida: dibujar. El nieto menor dibuja siempre calles vacías, rostros extraños, pero sobretodo, le encanta dibujar a la abuela Harriet. Tiene muchos dibujos de esta, ya sea bebiendo su copa de vino después de comer, o eructando los libros de autoayuda, que los tres nietos aprenden de memoria y recitan luego a la venerada anciana.

La abuela Harriet gusta mucho de divertirse con sus nietos, y estos a su vez son muy felices cuando ven la alegría en el rostro de la anciana.

Una larga y delgada varilla de metal, tiene adherido un corcho en la punta. Lo llaman “Atracador”. Cuando Átomo escucha esa palabra en la voz de la abuela, sabe bien lo que tiene que hacer. Se baja los pantalones hasta los tobillos y apoya las manos sobre la pared, como si se prestara a ser registrado por un policía, aunque ligeramente inclinado, mostrando sus partes nobles a la abuela. Entonces esta grita ¡Atracador! Y, desde su cama –La abuela nunca sale de su cama- va introduciendo lentamente la punta de la varilla entre las nalgas de Átomo, que comienza a acomodarse buscando el encaje perfecto. Entonces la abuela mira el reloj y controla el tiempo que Átomo puede estar, gracias a Atracador, sin cagarse en los pantalones. En ese momento, de espaldas a la abuela y con el corcho perfectamente encajado en el recto, Átomo saca su pequeña libreta y escribe.

Las lecciones de moral que la abuela imparte a Esencia, comienzan a las cuatro de la mañana con la nieta desnuda. Hay un balde con sangre a un costado de la habitación, con esa sangre, Esencia tendrá que pintarse la mayor cantidad de cruces sobre las escamas, mientras la abuela recita inconexas frases en latín al tiempo que se masturba. La entonación de las frases se hace más fuerte conforme avanza la excitación de la abuela, llegando ambas al paroxismo. Entonces las frases son gritadas a voz en cuello, como los gritos de alguien que está en presencia de la muerte. La abuela tiene una mano en su sexo y con la otra se da de manotazos en la cara. Esencia comprende que todo está por terminar y piensa en algunas nuevas melodías para tocar en su arpa. Cuando la abuela se extiende por completo sobre la cama, presa de pequeños e intermitentes temblores en el cuerpo, Esencia se retira sin hacer ruido. La abuela dormirá un par de horas.

Al ser el engreído, Dulce no la pasa tan mal. No tiene más que ponerse en presencia de la abuela cuando esta lo llama, y escuchar las risotadas que la vieja suelta mientras le toca la nariz. Aunque cada cierto tiempo, a la abuela se le ocurre sacar algunas de las pequeñas plumas, para evitar que la nariz de Dulce se vaya volando. Esa idea es uno de los pocos tormentos que la abuela Harriet tiene. Ten todas las alas que quieras –dijo una vez al nieto engreído- en el lugar que quieras, mientras no vuelen estará bien.

Cierto día la abuela Harriet llamaba a sus nietos pero ninguno aparecía. Comenzó a desesperar. Golpeaba furiosa el colchón de su cama con los puños al gritar, en una rabieta ridícula y atemorizante. Se llevaba a la boca botellas llenas de vino tinto, derramando el líquido rojo hasta sus enormes pechos adornados con collares de perlas y rosarios. Ninguno de los nietos aparecía.

Dulce estaba entregado a la contemplación de sus dibujos y miraba con especial fijación aquellos en los que aparecía la abuela. Átomo leía en voz alta todo lo que llevaba escrito hasta ese momento. No escuchaba nada, sólo aquellas frases sin sentido o descripciones de lugares extraños que llenaban sus libretas. Esencia tocaba el arpa cada vez con más fuerza, sin que por eso sus melodías dejaran de ser cautivantes.

Cuando Átomo escuchó las melodías del arpa, sintió que sus escritos habían encontrado un complemento perfecto en la música. Esencia descubrió que sus dedos se deslizaban como encantados sobre el instrumento, mientras miraba los dibujos de Dulce, que a su vez, veía en su mente más y más dibujos en cada frase que Átomo leía.

En su habitación, y siempre sobre la cama, la abuela Harriet lloraba desconsolada la ausencia de sus nietos y comía enormes cantidades de grasa animal, con las que además se embadurnaba la cara.

Los nietos aparecieron en el cuarto de la anciana, pero la abuela no estuvo contenta de verlos. Comenzó a tirarse pedos que concentraban el olor de una cloaca mundial, una fetidez insoportable se esparcía por toda la habitación. Tomó la abuela la varilla de fierro, miró a Átomo y gritó: ¡Atracador! Pero su nieto, envuelto en una nube verde que le ascendía desde las piernas, continuaba leyendo, cada vez con voz más alta, las frases anotadas en su libreta.

La abuela Harriet comenzó a masturbarse y recitar frases en latín esperando alguna reacción de Esencia, pero esta seguía entregada a las melodías que creaba en el arpa, mientras observaba los dibujos de Dulce, que rompía todos aquellos en los que la abuela aparecía.

Sin dejar de recitar sus frases, Átomo sacó del bolsillo de su pantalón un pene de madera, con dimensiones sobre humanas, que mostró a la abuela. Acercándose a ella, la puso boca abajo y le encajó el artefacto en el ano, en aquel único intento que emblanqueció los ojos de la anciana. Luego repitió esto varias veces.

Las melodías del arpa que Esencia tocaba, se convirtieron en rosas que caían sobre la espalda desnuda de la abuela Harriet. Cuando el cuerpo de la abuela estuvo cubierto por estas rosas, la nieta subió a la cama y, parándose sobre la espalda de la anciana, continuó tocando, haciendo crujir tallos y espinas sobre la piel de la vieja, que miraba a Dulce pidiéndole piedad.

El pequeño se limitaba a observar el rostro de la abuela con gran atención. Inmóvil. Su nariz aleteaba incesante. Sacó un lápiz, de punta gruesa y fina, y comenzó a dibujar, repasando las líneas con vehemencia, un girasol sobre la frente de la anciana.

La abuela Harriet no se mueve. Átomo continúa metiendo y sacando el pene de madera que ahora está algo ensangrentado. Esencia salta y baila sobre la espalda lacerada de la abuela, y el pequeño Dulce continúa repasando con el lápiz las líneas de su girasol.

Ahora se han detenido, hay silencio en toda la casa. Los tres nietos se miran por primera vez, tienen un extraño y seductor brillo en los ojos.


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