martes, agosto 30, 2011

RIBEYRO: UN AMIGO ENTRAÑABLE
















Escribe: Cerdito "Tu ahí"




No soy un estudioso de la obra de Ribeyro, de hecho ni siquiera veo a Julio Ramón como un escritor. Hablo aquí de alguien a quien considero un amigo entrañable.


Cada lectura de este autor me lleva a la visión de tenerlo frente a mí del otro lado de la mesa, en medio una botella de vino tinto y un paquete de cigarrillos. Puedo hasta escuchar su voz contándome las historias que leo.


Esto me ha sucedido principalmente con sus textos personales. Lo digo percibiendo que caigo en error, pues lo personal está implícitamente ligado a la obra de Ribeyro. Y también a la de alguno de sus lectores. Conozco personas que incluso sienten poseer algo así como un "sino" Ribeyriano.


Ribeyro es mi amigo desde el día en que decidió publicar (pienso ahora que tal vez no fuera por iniciativa suya tanto como la de algún editor) su diario personal. La lectura de "Prosas apátridas" y sus "cartas" lo elevó a la categoría de entrañable.


El día que Julio Ramón me contó su historia con el tabaco en "Sólo para fumadores" encendí mi primer cigarrillo.


Hace poco me enteré que también le gustaba mucho el ajedrez. Al punto de anotar jugadas y tener partidos que podían durar días. Cuántas veces habrá visto el rostro de sus propios personajes en algún rey derrotado.


Cuando me esfuerzo mucho en lograr algo que nunca logro me acuerdo siempre de él. Entonces comprendo la importancia de la experiencia ganada y le agradezco. Alguna vez fui al cementerio a buscar su tumba. No la encontré. De regreso a casa, mientras pensaba qué hacer con las flores que había llevado, me di cuenta que Julio Ramón Ribeyro había sido enterrado en el alma de sus lectores. Puse las flores en mi mesa de noche. A un costado mi ejemplar de "La palabra del mudo".


A veces me encuentro con "Ludo totem", o paseo por "San Gabriel", o soy parte del "Banquete", o converso con la señora de "La vieja quinta", escuchando sus tristes querellas. A veces simplemente veo a Julio encendiendo un cigarrillo en el barrio latino de París, caminando con el estómago vacío y la cabeza repleta de historias, o en el área de promoción cultural de la Universidad de San Cristóbal de Huamanga en Ayacucho, o trabajando como conserje en aquel edificio donde tenía que sacar la basura una mañana en que justo se encontraba trabajando en "Los gallinazos sin plumas". A veces veo a Julio en el rostro de algún amigo escritor callado y taciturno.


Los estudiosos se encargarán de seguir difundiendo y ahondando más en la obra de Julio Ramón Ribeyro, tarea más que necesaria en estos tiempos de literatura fácil.


Yo sólo he querido hablar aquí de alguien a quien considero un amigo entrañable.


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