domingo, junio 10, 2012

DESCUBRIMIENTO - ALMA CACHINERA


 Por: Rómulo Meléndez

Hace veinte años me sucedió algo inesperado, un treinta de abril, en Ámsterdam, la ciudad donde aún no vivía pero que pronto sería mía.
El treinta de abril de cada año, hay un mercado gigantesco, informal. Se dice que para festejar el cumpleaños de la reina de Holanda. Muchos no saben ni siquiera su nombre. Se ha escrito ya mucho de éste festejo. Yo voy a omitir los pormenores.

Lo que me interesa contar es que sin querer me llegué a interesar en unos zapatos usados, viejos y sin lustrar, como casi todos los zapatos que veo en la calle. Los holandeses nunca lustran sus zapatos. Esto fue lo primero que me llamó la atención cuando visité por primera vez éste país.

Ví los zapatos, me paré un momento, los cogí, sentí que me quedaban, no me los probé y traté de reiniciar mi caminata hacia ningún lado, pero antes pregunté el precio.¿Cuánto?, pregunté, sin mirar al vendedor.¡ Diez!, me respondió, sin mirarme tampoco. No dije nada y seguí caminando con una amiga que me había invitado a visitarla en Ámsterdam. Ella no dijo nada y seguimos caminando en silencio.

Vengo de la Tablada de Lurín, un barrio al sur de Lima. Recuerdo muy bien cuando por primera vez cobré mi sueldo, de hombre profesional, fui corriendo al paradero de la 25 rumbo a Higuereta y compré por primera vez en mi vida los zapatos que quería. La marca era Titus, los zapatos eran verdes como pacay. Los zapatos eran presentados como si fueran artefactos eléctricos en vitrinas. Algo nuevo en Lima. Mis Titus se convertieron en mis favoritos y andaba tirando lata por todo lado. ¿Si esas tabas hablaran? ¿Qué rincones no han sido visitados?

Comprar cosas de segunda mano es un pecado en Lima. Por lo menos en mis tiempos. Mi madre creía en forma absoluta que las cosas de segunda mano traían un mal espíritu. Nunca compré algo de segunda mano en Lima.

Pero ahora estaba en Ámsterdam y sin embargo algo me retenía a pensar en la posesión de esos zapatos negros, estilo Chavo del Ocho.

La amiga llamada Nienke seguía a mi lado, después de dos horas de caminata llegamos exactamente al mismo lugar. Y ella se acercó al vendedor que aún no había vendido los zapatos y se los compró por cinco euros.  Me dijo que se los compraba para su hermano. Yo no sabía que tenía un hermano. No dije nada.

Un año más tarde, en el día de mi cumpleaños, Nienke llegó al café donde habíamos acordado, el Luxembourg. La terraza estaba repleta de gente. Ella sacó de su bolsa un caja. La abrí y allí estaban los zapatos del Chavo del Ocho, igual como lo habíamos visto en el mercado libre, viejos y sin lustrar. Yo no miré los zapatos sino hacia la gente que me miraba abriendo una caja, envuelta con papel de regalo y extraer un zapatos viejos.

Veinte años más tarde sigo usando éstos zapatos (en momentos especiales) y descubrí además que no me trajeron malos espíritus. De Nienke, la esbelta rubia de ojos azules, no supe más.

Desde aquel momento, del papelón en el Luxembourg, compro todo de segunda mano.

                                      Hasta hoy conmigo