sábado, julio 13, 2013

PEQUEÑOS PROBLEMAS DE UNA MAÑANA CUALQUIERA




Escribe: Tristán De Mar




Lo peor que puede pasar en la relación Hombre – Ducha Eléctrica, es que esta deje de funcionar en el mejor momento del baño.

El agua caliente recorriéndote el cuerpo como una extensión líquida de la frazada; el vapor a tu alrededor, nube de sueño que se resiste a dejarte, el aroma a jabón y shampoo esparcido entre las cuatro paredes de losetas. Afuera, la música que elegiste para iniciar el día, tu ropa limpia, lista para ser usada, te espera sobre la cama. Todo anuncia un buen día, hasta que la ducha deja de cantar.

Sabes que es grave. Tiemblas, buscas la toalla, tienes el cuerpo lleno de jabón, cierras de inmediato la llave del agua, corrientes de aire frio te erizan la piel. Por un momento pasa por tu cabeza la idea de ir a la cocina y poner agua a calentar para terminar el baño, no te puedes quedar ahí, porque si a alguien le tienen sin cuidado los desperfectos de tu ducha eléctrica es al tiempo.

Terminar con agua fría lo que comenzaste con agua caliente. Lo piensas, dudas, pero ya llevas ahí tres minutos, parado sobre la tina con la toalla a la espalda, temblando, mirando de un lado a otro como si de alguna loseta volara hasta ti la solución del problema. Hazlo, te dices decidido, pero cuando abres la llave, el primer chorro de agua llega como directo del polo.


Se acabó el sueño, esta es la realidad: siete y cuarentaicinco de la mañana, tu hora de entrada es a las ocho, y estas parado en la tina, desnudo, temblando, poniendo primero el dedo tímido, la mano temblorosa, el brazo temeroso en el gran chorro de agua helada que cae de tu ducha eléctrica –de apellido italiano- que acaba de malograrse. 




miércoles, julio 03, 2013

EL ACTO CREATIVO - MARCEL DUCHAMP



Consideremos dos factores importantes, los dos polos de toda creación de orden artístico: el artista por un lado, y por el otro el espectador que, con el tiempo, se convertirá en la posteridad.
Según todas las apariencias, el artista actúa como un ente mediumístico, que, del laberinto más allá del tiempo y del espacio, busca su camino de salida a la claridad.
Si damos los atributos de un médium al artista, debemos, entonces, negarle la facultad de ser plenamente consciente, en el plano estético, de qué es lo que está haciendo o por qué lo hace. Todas sus decisiones en la ejecución artística de la obra se basan en el dominio de la pura intuición, y no pueden ser traducidas en un auto-análisis, habladas o escritas, o incluso, pensadas.
T. S. Eliot, en su ensayo sobre Tradición y talento individual, escribe: «Mientras más perfecto el artista, más completamente separados en él estarán el hombre que sufre y la mente que crea; más perfectamente digerirá y traducirá las pasiones que son sus materiales».
Millones de artistas crean; sólo unos pocos miles son discutidos o aceptados por el espectador, y todavía muchos menos son consagrados en la posteridad.
En el último análisis, el artista puede gritar de todos los tejados que él es un genio; tendrá que esperar el veredicto del espectador para que sus declaraciones tomen un valor social y para que, finalmente, la posteridad le incluya entre los principales de la Historia del Arte.
Sé que este enunciado no contará con la aprobación de muchos artistas que rehúsan este rol mediumístico y que insisten en la validez de su plena conciencia en el acto creativo —sin embargo la historia del arte consistentemente ha decidido sobre las virtudes de una obra de arte a través de consideraciones completamente divorciadas de las racionalizadas explicaciones del artista.
Si el artista, como ser humano, pleno de las mejores intenciones hacia sí mismo y hacia el mundo completo, no juega ningún rol en la apreciación de su propia obra, ¿cómo puede uno describir el fenómeno que impulsa al espectador a reaccionar críticamente sobre la obra de arte? En otras palabras, ¿cómo se produce esta reacción?
Este fenómeno es comparable a una transferencia, del artista al espectador, en la forma de una osmosis estética que tiene lugar por medio de la materia inerte: pigmento, piano o mármol.
Pero, antes de ir más lejos, quisiera clarificar nuestro entendimiento de la palabra «arte» —para estar seguros, sin intentar una definición.
Lo que tengo en mente es que el arte puede ser malo, bueno o indiferente, pero, cualquiera sea el adjetivo que se use, debemos llamarlo arte, y el mal arte es aún arte, del mismo modo que una mala emoción sigue siendo una emoción.
Por ello, cuando me refiera a «coeficiente de arte», deberá entenderse que me refiero no sólo al gran arte, sino que estoy tratando de describir el mecanismo subjetivo que produce arte en un estado bruto —à l’état brut— malo, bueno o indiferente.
En el acto creativo, el artista va de la intención a la realización, a través de una cadena de reacciones totalmente subjetivas. Su lucha hacia la realización es una serie de esfuerzos, penurias, satisfacciones, renuncias, decisiones, que tampoco son, y no deben serlo, completamente auto-conscientes, por lo menos, en el plano estético.
El resultado de esta lucha es una diferencia entre la intención y su realización, una diferencia de la que el artista no se da cuenta.
Consecuentemente, en la cadena de reacciones que acompañan el acto creativo, un eslabón está faltante. Esta separación que representa la inhabilidad del artista para expresar totalmente su intención; esta diferencia entre lo que se ha intentado realizar y lo efectivamente realizado, es el «coeficiente de arte» personal contenido en la obra.
En otras palabras, el «coeficiente de arte» personal es como una relación aritmética entre lo inexpresado pero intentado, y lo expresado no intencionalmente.
Para evitar un malentendido, debemos recordar que este «coeficiente de arte» es una expresión personal de arte «à l’état brut», que sigue estando en estado bruto, y que debe ser «refinado», como el azúcar pura de la melaza, por el espectador; el valor de este coeficiente no altera su veredicto. El acto creativo toma otro aspecto cuando el espectador experimenta el fenómeno de transmutación; por el cambio de materia inerte a obra de arte, es una transubstanciación la que ha tomado lugar, y el rol del espectador será determinar el peso de la obra en la escala estética.
En suma, el acto creativo no es desempañado por el artista solamente; el espectador lleva la obra al contacto con el mundo exterior por medio del desciframiento y la interpretación de sus cualidades internas y así agrega su contribución al acto creativo. Esto se hace aún más obvio cuando la posteridad da su veredicto final y algunas veces rehabilita a artistas olvidados.
Este texto proviene de una presentación de Marcel Duchamp en Houston (Texas) en 1957, ante la Conferencia de la Federación Americana de Artes. Fue publicada en Art News, vol. 56 N° 4, 1957. Esta traducción se ha realizado del original en inglés y de la traducción al francés hecha por el propio Duchamp.



lunes, julio 01, 2013

DOS POEMAS DE ENRIQUE LIHN...


1.

ERES PERFECTAMENTE
MONSTRUOSA
EN TU SILENCIO...

 

Eres perfectamente monstruosa en tu silencio.        

         Ya lo sé; preferible a un razonar
 

sin otro son que el ton: de vientre para afuera,
 

de boca para afuera, de corazón para afuera.
 

Pero me muerde el tiempo con que allá te abanicas;
 

armado de una pluma, entre el cachorro y la pared,
 

             desnudo
 

hago como que juego a desangrarme
 

cuando, entre broma y broma, me desangro.
 

Como en la infancia pero aún más cruel que la
 

         persecución de todos contra uno
 

o el castigo por llorar en horas de clase,
 

este silencio, ese silencio monstruoso
 

de alguien que te hizo entrar, acariciándote,
 

a su pequeño circo propio. Romano.



2.

EPÍLOGO


       Vivimos todos en la oscuridad, separados

por franqueables murallas llenas de puertas falsas;

moneda que se gira para los gastos menudos de la

            amistad o el amor nuestras conversaciones

contra lo inagotable no alcanzan a tocarlo

cuando ya se precisa renovarlas, tomar

un camino distinto para llegar a lo mismo.

Es necesario acostumbrarse a saber

vivir al día, cada cual en lo suyo,

como en el mejor de los mundos posibles.

Nuestros sueños lo prueban: estamos divididos.

Podemos simpatizar los unos con los Otros,

y eso es más que bastante: eso es todo, y difícil,

acercar nuestra historia a la de otros

podándola del exceso que somos,

distraer la atención de lo imposible para atraerla

               sobre las coincidencias,

y no insistir, no insistir demasiado:

ser un buen narrador que hace su oficio

entre el bufón y el pontificador.



Enrique Lihn (Santiago de Chile 1929 - 1988), Los poemas aquí publicados pertenecen al libro "Poesía de paso" Premio Casa de las Américas 1966.