jueves, agosto 01, 2013

A CORRER...







Escribe: Julio Dalton



Hace algunas semanas comencé a intentarlo y, aunque hasta ahora no haya llegado a la periodicidad deseada, no puedo negar que el acto de correr (salir a correr, o trotar, o como se le quiera llamar -incluso con esos ridículos anglicismos del tipo footing o similares-) tiene influencias en más de un aspecto de la vida cotidiana.

Comenzaré afirmando, por mi propia experiencia, que no es necesario ser deportista para entregarse a esta práctica. Ni siquiera, creo yo, es necesario que la idea del deporte o la vida sana sean la principal motivación. Salir a correr por las mañanas es una forma de enfrentarse a uno mismo, poner cara a cara pereza y voluntad, siendo la cama el primer escenario donde estas dos contendoras se encuentran. Esa es, en suma, la competición más importante: contra uno mismo.

Cuando no se tiene el hábito del deporte, lo peor que puede hacerse es forzarse, de buenas a primeras, a cumplir determinadas metas del tipo, dos vueltas al parque a paso ligero, o cinco vueltas a trote lento. Se corre el riesgo de no cumplirlas y eso podría generar abatimiento. Cuando salimos a correr ponemos en juego el amor propio. Por eso lo mejor será, cuando recién empezamos, medirnos. Correr sin querer lograr nada, tan solo observando cómo se adapta nuestro cuerpo al trabajo, reconociendo y aceptando nuestras limitaciones (sobretodo cuando se es fumador y sedentario) y posibilidades. Cuando sabemos lo que podemos dar, sabemos desde donde comenzar. 

Como en la vida, al salir a correr encontramos personas que piensan que todo lo que hacen es parte de una competencia. Estas personas pasan por nuestro lado a trote mas rápido que el nuestro -sea porque su nivel de resistencia es mayor, sea porque les hace bien al autoestima pasar a otros corredores- dejándonos muchas veces una sensación de retraso que, si no la sabemos comprender, podría ser perjudicial. Partimos de la idea de no estar en competencia salvo contra nosotros mismos. Es decir, poder mantener el ritmo adecuado que nos permita pasar de las dos vueltas durante los primeros días a las cinco de la semana siguiente y a las diez vueltas después del primer mes de trabajo. Esas deben ser nuestras pequeñas grandes victorias, por eso es mejor evitar el absurdo y tácito juego de ver quién corre más rápido entre los corredores del parque por la mañana.

Conocí un tipo de esos. Cada que aparecía un corredor, el hombre se esforzaba por adelantarlo, y al hacerlo erguía el cuerpo y estiraba las piernas más que de costumbre. Una mañana que llegué algo tarde al parque, el hombre estaba ahí; al verme aceleró el paso hasta pasar por mi lado con su gesto habitual. Cuando me encontraba por la segunda vuelta, siempre manteniendo el ritmo habitual, el hombre prefirió detenerse antes de saberse alcanzado por mi trote lento y acompasado. 

Al correr (tal como me lo dijo un amigo corredor hace algún tiempo) tengo la sensación de alejarme de algo que no quiero, de dejarlo atrás y a su vez de acercarme a otra cosa, a algo que deseo, un objetivo tal vez; pero también llega el momento en que uno ya no es consciente de la existencia de sus piernas o brazos, como entrar en un estado de alteración de la consciencia a la hora de correr, entonces pierdes la cuenta de cuantas vueltas llevas y es como si el cuerpo funcionara divorciado de la mente. Sobre eso no tengo mucho que decir, se trata de sensaciones que desde hace poco he comenzado a experimentar.

Lo que si puedo asegurar es que el hábito de salir a correr por las mañanas, cambia radicalmente las formas de enfrentarnos a un nuevo día. La liberación de tensiones que el correr produce, hace que estemos más aptos para enfrentar adecuadamente situaciones de tensión, renueva nuestro ánimo para el trabajo pero sobretodo, nos da la certeza de saber que podemos realizar las cosas que nos proponemos, que somos poseedores de voluntad para hacerlas; correr fortalece nuestra confianza en nosotros mismos. 




 "Cuando sabemos lo que podemos dar, sabemos desde donde comenzar".

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