martes, julio 22, 2014

HISTORIA DE UN JOVEN POETA


Escribe: Tristan De Mar




Fue todo muy difícil desde el principio. Sentir el llamado de las palabras a tan temprana edad, puede terminar siendo una condena que pocos estarían dispuestos a asumir.

Todo comenzó aquella gris mañana de invierno a la salida del jardín de infancia. La maestra se pasó el día hablando del sol y la luna, de los árboles y las plantas como si fueran simples objetos, y yo ahí, sentado en un rincón del aula, callado, mirando por la ventana el patio vacío como si fuera el alma del mundo.

A la salida encendí mi primer cigarrillo y caminé hasta la parada del bus con un periódico bajo el brazo, acababa de leer una noticia sobre la guerra en África, no quería volver a casa,  el mundo me pesaba como un dios sobre mis espaldas, entonces, con toda la tristeza de mis cinco años, en una página en blanco de mi libro “Mis primeros pasos”, escribí mi primer poema titulado: el planeta tierra es un lugar.

Aquella tarde, ya en casa, aprovechando que mis padres volvían por la noche, destapé una botella de tinto que bebí escuchando los nocturnos de Chopin. Antes había quemado todas mis figuritas del mundial España 82’, comenzando por mi póster  de “Naranjito”.

De ahí en adelante estuve sumido en profundas depresiones que podían durar semanas enteras. Terminé la lectura de “Cartas a un joven poeta” de Reiner María Rilke, y supe que mi camino estaba ya trazado.

Todas las mañanas, cuando caminaba al jardín de infancia, cabizbajo, reflexivo, sentía que mi vida dejaba de tener sentido, sólo me renovaba cuando leía al buen César diciéndome “No mueras, te amo tanto”.

Mis padres se preocuparon mucho por mi en ese tiempo, me decían que era necesario que continuara mis estudios primarios, que aprendiera las matemáticas, que en el colegio las cosas serían distintas, que conocería más amiguitos, que podría volver a sonreír. Pero, para ese entonces yo acababa de leer a Rimbaud y Baudelaire y ya no era posible volver a ser el mismo.

A los seis años, después de unos meses de prueba, abandoné la escuela y la casa con la certeza de estar salvando mi alma. Viajé por varias ciudades, conocí a los Beats, bebí con Kerouac, me acosté con Ginsgber y disparé junto a Burroughs. Nada podía ya salvarme, sólo la escritura.

Y ahora que todo, incluso la escritura, ha perdido su valor en el mundo globalizado del comercio, hoy que ya no queda nada por hacer, hoy, en esta pequeña habitación de hotel, a poco de cumplir los siete años, he decidido acabar con mi vida.

Y antes de hacerlo, he querido dejar en esta página un breve testimonio de mi paso por este mundo vulgar e insensible. Harto ya de esta humanidad irremediable, he decidido alejarme de ella acabando conmigo. Adiós ¡Oh! Cuánta humanidad hay en los cerdos y las ratas.

M.G.