jueves, octubre 23, 2014

EL ORIGEN



Tengo clara en la memoria la mañana que encendí la radio y escuché a un piscólogo hablando de cómo elegir una carrera. Si quieres saber qué estudiar -dijo- recuerda a qué jugabas de niño. Aquel día, luego de escuchar eso, quedé tranquilo, pues por aquel entonces comenzaba mis estudios de periodismo con la intención de especializarme en radio.

Quedé tranquilo porque uno de mis juegos, tal vez no de tan niño porque lo practicaba pasados los diez años, era tomar el equipo de sonido, juntar algunos casettes que encontraba por ahi y hablar como si fuera locutor de radio, presentando canciones e incluso molestando a mi madre cuando estaba en la cocina, para hacerla participar de mi programa imaginario con, no menos imaginarias, llamadas telefónicas.

Lo que el psicólogo no dijo fue en qué etapa de la niñez había que buscar los juegos para elegir a qué dedicarse. Como siempre, la vida se encarga a de poner a uno en el lugar que le corresponde. No se equivocó el buen psicólogo aquel, y ahora, después de tantos años le doy la razón.

En la escuela, se enseñaba la matemática a los niños usando granos. Llegábamos con nuestras bolsas de garbanzos y lentejas y las poníamos sobre el pupitre al comenzar la clase. La profesora decía: separen cinco garbanzos y ocho lentejas, luego explicaba: los garbanzos hacen una fiesta e invitan a tres lentejas. Nosotros teníamos que decir cuántos habian en total en la fiesta. Una hora después no daba yo con la respuesta porque durante ese tiempo había estado metido en el diálogo entre arverjas y garbanzos para convencer a las primeras de darles permiso a las tres para ir a la fiesta. 
Cuando la profesora preguntaba ¿qué pasó? yo le decía que las lentejas no querían darle permiso a las tres porque un garbanzo había discutido con una lenteja que un día no le quiso prestar su bicicleta.

Sea tal vez ahí cuando me nació la vocación por contar historias. No estoy seguro.

De lo que sí estoy seguro es de haber creado historias en casa. Las creaba junto a mi hermano cuando nos quedábamos solos. Entonces tomábamos algunos muebles, sillones de preferencia, para ponerlos en sentido inverso (con el espaldar al suelo) y convertirlos en naves espaciales. En ese momento acordábamos quién era el capitán, qué planetas descubriríamos y por quiénes seríamos atacados. Fue, y repito que de eso sí que soy consciente, en esas tardes cuando nació mi vocación por contar historias. Tomábamos cualquier cosa que pudiera servir como aparato de comunicación (Una idea infantil de telefonía móvil en niños de los años ochenta) y nos decíamos por dónde estában pasando nuestras naves en ese momento y cuales podrían ser los peligros a sortear.

Ahora entramos al planeta tal y aparecen los monstruos tales que nos atacan, tú usas tu rayo paralizador y los distraes, mientras yo me acerco a su nave para dispararles de cerca. Fueron esas inolvidables tardes junto a mi hermano cuando, sin saberlo, claro está, comenzaba a contar mis primeras historias, de las cuales ambos éramos personajes. 

Hoy, décadas después, en que he recordado la mañana que escuché a aquel psicólogo por la radio, me doy cuenta que aquella vez había buscado en una infancia de recuerdos recientes. Tarde o temprano terminaría dejando el periodismo y la radio para, con todo lo que ello conlleva, dedicarme a contar historias.