lunes, julio 13, 2015

A PROPÓSITO DEL IDIOMA ESPAÑOL




Siempre lo he pensado como una ventaja, aunque con el tiempo esté cada vez más convencido que no hemos sabido utilizarla como tal. Me refiero al hecho de compartir un idioma. Excepto China o tal vez Rusia, difícilmente encontraremos en el planeta tierra territorio tan extenso en el que se hable un mismo idioma. Podemos viajar de Chile a México pasando por Colombia y Puerto Rico o viceversa y, salvo que pasemos por alguna Guyana o Brasil (en este último caso podríamos, haciendo un esfuerzo, lograr comunicarnos) o Bélice, no tendríamos problemas en hablar con quien tengamos en frente. Ser parte de tan extensa comunidad de hablantes en un mismo pedazo de tierra, tendría que significar de alguna manera una ventaja si sabemos utilizarla.
Ventaja, por ejemplo, para la transmisión de conocimientos, o, algo más sencillo e importante (tal vez por sencillo) todavía: para conocernos a nosotros mismos. Hoy por hoy, si hablamos con un estudiante promedio de colegio nacional, digamos por ejemplo en alguna provincia de Uruguay, y le pedimos que nos cuente lo que sepa sobre alguna cultura Venezolana, o si invertimos el ejemplo y le preguntamos a un estudiante promedio de colegio nacional Venezolano si sabe quién fue José Artigas, aunque en ambos países se hable el mismo idioma, la distancia en conocimiento del otro es tal como la que podría existir entre un esquimal y un filipino.
Cada abril celebramos el día del idioma y escuchamos discursos que hablan de Cervantes o de la dicha de pertenecer a una comunidad tan grande de hablantes en el mundo. En la práctica, eso existe como algo decorativo, quiero decir, es verdad, somos una gran comunidad de hablantes, pero en la realidad, y es lo que pongo en cuestión con este post ¿Significa algo más que eso?
Sorprende comprobar, por ejemplo, que no existen (hasta donde he preguntado y comprobado y espero realmente equivocarme) cursos de historia latinoamericana en las escuelas públicas, o materias similares en las que, gracias al idioma que compartimos, podamos acercarnos un poco más a las otras culturas que forman parte de esta gran comunidad de hablantes.
La literatura, que es una de las formas más libres y placenteras de acercarnos a la lengua, en el caso de nuestra “gran” comunidad hispanófona latinoamericana,  no se distribuye de manera eficaz; el mismo desconocimiento del niño uruguayo sobre Venezuela y del niño venezolano sobre Uruguay, lo tendrá un joven escritor Mexicano sobre la literatura paraguaya o un joven escritor paraguayo sobre la literatura de El Salvador, incluso en estos tiempos de hiper velocidad informativa. En suma, tenemos el idioma común para estar más cerca el uno del otro, pero estamos más separados que si habláramos o escribiéramos en lenguas diferentes. La lengua nos une, pero hay algo, más fuerte y efectivo que ella, que nos separa.
Si un estudiante Italiano, por ejemplo, se interesa por saber la historia o la literatura de alemania, si no quiere verse a merced de las traducciones italianas que encuentre sobre lo que le interese, estará obligado a estudiar o comprender el alemán, a viajar a Alemania si es posible, y allá nadie le hablará en italiano. Para nosotros es más sencillo. Si a un estudiante peruano le interesa saber más sobre Colombia, recorrerá tal vez la misma distancia que en el caso del italiano y le bastará solo con eso para adentrarse en la cultura que le interesa. Compartir una lengua como el español tendría que ser como tener puertas abiertas en todas las habitaciones de la casa.
Pero no es así. Y seguimos celebrando el día del idioma español.
Y lo seguiremos celebrando, pero algún día habría que detenerse y preguntarse qué es lo que celebramos, tal vez diga alguien que celebramos el hablar español, la belleza de nuestra lengua, bueno, todo el mundo habla un idioma y siempre dirá que el idioma que habla es bello y todas esas cosas; o dirán que somos la segunda o tecera lengua más hablada en todo el planeta o qué se yo, ese tipo de cosas que solemos decir para estar orgullosos de algo, aunque al final no nos sirva nada más que para estar orgullosos de algo y punto.
Veámoslo por un lado positivo. Por lo menos en nuestras cumbres de presidentes no necesitamos de traductores o intérpretes, lo cual es ya un ahorro, aunque para lo que se gasta en esas cumbres tal vez no signifique demasiado. 
Hay, visto de otro modo, algún tipo de desventaja que por lo general aparece cuando se abandona la comunidad de hablantes. En latinoamérica no estamos habituados a una sonoridad diferente, podemos acostumbrarnos a los acentos (que dependerán incluso de la geografía dentro del mismo país) pero no a un idioma diferente –aunque tal vez un poco al inglés-, lo que hace que el encuentro con una nueva lengua sea (y esto lo sé por testimonios de gente que lo ha vivido) una experiencia inicialmente difícil que pondrá a la persona en desventaja en relación a quienes sí están adecuados a escuchar lenguas diferentes porque simplemente conviven con ellas.

Música, cine, literatura, tantas expresiones culturales que se producen en nuestros países y se quedan en ellos o salen a otros continentes sin tener presencia en el suyo, como es el caso de escritores latinoamericanos cuyos libros son más conocidos del otro lado del océano. La lengua común debería ser el inicio de muchas otras cosas en común, comenzando por un mercado común, en el sentido más natural de la palabra, un lugar donde todos nuestros países acudan a vender sus productos y comprar los productos de los otros; encontrar puntos comunes que se desarrollen por el uso del idioma, como un curso de historia latinoamericana con contenidos que puedan ser determinados por representantes educativos de todos los pueblos de la comunidad de hablantes,  para que así el idioma pueda comenzar a ser un factor de acercamiento y no algo de lo que sin saber realmente por qué, nos sentimos orgullosos un día por año. 


R.V.

domingo, julio 12, 2015

LEER Y PENSAR




Hace tiempo que lo pienso de la siguiente manera: el pensamiento está hecho de palabras. Por lógica se deduce que, a más palabras, más posibilidad de pensamiento. Ejemplo: Cuando usted está leyendo esto, cualquier cosa que pueda pensar al respecto, aún sin decirla (cuando hablo de pensamiento me refiero a esa reflexión inicial que dificilmente sale de la cabeza, nuestra voz interior que reflexiona sobre algo) estará hecha de palabras. Esto significa que cuantas más palabras formen parte de su universo linguístico, diríamos su universo de palabras, mayores posbilidades tendrá usted de hacer combinaciones y por ende ampliar aún más sus posibilidades de elaborar pensamiento, de reflexionar. Palabras, habría que precisar qué tipo de palabras, porque, como bien sabemos, no cualquier palabra puede generar una acción, sólo el verbo produce acción, el verbo es acción, una frase, cualquiera que sea, si carece de verbo, no pasará de ser un conjunto de palabras que jamás podrán representar pensamiento, reflexión. Dejemos entonces de hablar de palabras y refirámonos a verbos. Para que exista pensamiento, reflexión, las palabras deberán contar obligatoriamente con uno o más verbos. Nadie, salvo quien estudie una lengua, tendrá el tiempo, pero sobretodo las ganas, de sentarse a estudiar los verbos de determinada lengua, es decir, de tomar un diccionario y pasarse una tarde entera estudiando los verbos y sus conjugaciones, nadie, en su sano juicio, se decidirá a estudiar los verbos incluso de su lengua materna. ¿Cuál es, entonces, la mejor forma de conocer verbos, es decir, de ampliar nuestras posibilidades de pensar y reflexionar? Inlcuso podemos llegar un poco más allá. Al nivel de las relaciones familiares. Recuerdo un ejemplo que usaba en clase con jóvenes estudiantes de colegio hace algunos años. Les pedía que cerraran los ojos y que se conecentraran en la imagen de aquella persona –todos conocemos una- con quien es imposible dialogar, llegar a un acuerdo, con quien el pensamiento diferente no tiene posibilidad de expresarse, especificaré, la persona que ante un debate (por más casero que éste sea) tiene siempre a flor de labio frases del tipo Punto final, No quiero escucharte más, Y aquí se acaba la discusión, He dicho, o simplemente Porque no. Cuando los estudiantes habían identificado a esa persona y tenían su imagen en la cabeza, les soltaba la pregunta –la misma que ahora me tomo la libertad de hacer a usted que lee este texto-: ¿Cuántas veces han visto a esta persona leer? Silencio. Por más esfuerzo que hacían los estudiantes no podían asegurar que esta persona tenía un hábito de lectura. Este ejemplo no es, como ningún ejemplo debería serlo, un absoluto, hay casos de grandes lectores que rehusan el diálogo, pero sí se puede tomar como un ejercicio válido –o deshechable, según quien lo use- para comprobar cuán importante puede resultar la práctica de la lectura en nuestras relaciones personales-familiares. Las palabras son pensamiento, los verbos acción, aplicación práctica. Ni palabras ni verbos pueden existir, o significar algo en concreto, el uno sin el otro. Entonces, la forma más libre, divertida y autónoma, de descubrir verbos y palabras, es decir, de ampliar nuestro universo linguístico y por ende nuestra capacidad de elaborar pensamiento (pensar) y reflexión es LA LECTURA.

Cualquier persona puede llegar a un libro de manera libre, es decir, siemrpe se puede acceder a un libro, antiguo, viejo, empolvado, siempre. Y ese libro se convertirá para esa persona en un viaje necesario, el combustible que hará funcionar la maquinaria de imaginación que todos tenemos y que, por las características que tiene la sociedad en la que vivimos, suele estar por lo general oxidada por falta de uso. Cuanto más se lea, mayor capacidad para el diálogo tendremos, mayores posibilidades de DISCERNIMIENTO y análisis, de poder decir, esto me va bien y esto no, esto me gustaría y esto no, de imaginar el mundo en el que quiséramos vivir. Adquirir el hábito de la lectura otorgará posibilidad de ampliar el pensamiento y la reflexión, por ende, entablar mejores relaciones con niños, adolescentes y jóvenes, que por naturaleza están llenos de preguntas y ansiosos de explicaciones que puedan satisfacer sus curiosidades sobre ellos mismos y el mundo. Leer nos otorgará también la posibilidad de reconocernos, de estar con nosotros mismos; al ser la lectura un acto solitario (por lo menos en un momento inical, porque siempre queda la dicha de compartir las lecturas con otros lectores) podemos refleccionar solos, escucharnos, reconocernos en los personajes de un texto, cuestionarlos y cuestionarnos a nosotros mismos. Toda lectura es el pretexto para un diálogo con nosotros mismos. Nos conocemos mejor cuanto más leemos. Sea por eso que la lectura es algo tan difícil de lograr  en una sociedad como la que vivimos, donde es más fácil llegar a tantas cosas que a un libro, hay, en muchas de nuestras ciudades, más comisarías que bibliotecas, más armas que libros, y eso, hay que saberlo, hay que decirlo, no es casualidad. Al estar la lectura tan íntimamente relacionada con el pensamiento, no sorprende que sea abiertamente limitada para las grandes mayorías. Hace falta ver y comprobar cuántas y en qué situacion se encuentran las bibliotecas a las que tienen acceso el grueso de la población en nuestras ciudades. Del Estado no podemos esperar nada en este sentido. Desarrollar la capacidad de pensar por el acercamiento a la lectura (la única forma que existe de desarrollar un pensamiento libre) es una cuestión personal que se transmite de padres a hijos, de amigos a amigos, y que tampoco demandaría un gran esfuerzo, dado el acceso al libro (los libros de segunda mano se encuentran por todos lados y a precios totalmente accequibles) del que todavía podemos gozar. Este tema es tratado de magistralmente por Ray Bradbury en su novela (que también es un film recomendable) Farenheit 451.

Y así como en esa historia, en otras también encontraremos razones para buscar un libro y compartirlo con los que queremos. Porque en tiempos como el que vivimos, leer es tener esperanza en el futuro.


R.V.P.


jueves, julio 02, 2015

EL TOPO: OTRA VEZ



He vuelto a ver El Topo. Tal vez sea la tercera o cuarta vez que la veo. A diferencia de las otras, esta es la primera vez que la veo en un cine. No deja de parecerme irónico, jamás he visto esta película en una sala de cine y, pensándolo mejor, ayer después de muchos años he vuelto a pisar una sala de cine. Y eso que he visto varias, pero varias películas en estos años. Todas en un reproductor de DVD conectado a la tele, o en el ordenador, pero no en un cine. Me pregunto si la gente sigue yendo al cine. Imagino que sí. Por mi parte hace rato que la oferta cinematográfica dejó de ser atractiva, y claro, como el cine alternativo solo puede verse en cinemas alternativos, o en ciclos de cine de alguna universidad o en proyecciones especiales, uno no puede perderse El Topo cuando se lo anuncia en una sala de cine.

Jodorowsky, a mi gusto, puede llegar a tener algo de místico o de charlatan a partes iguales y sea tal vez eso lo que lo hace atractivo. Eso y su trabajo, su trabajo y la variedad de terrenos en los que se ha movido, la variedad de terrenos y lo bien que le ha ido en cada uno de ellos, sobre todo en el cine. Sobre todo en El Topo.

Lo que me gusta de esta película, entre otras cosas, es el guión. Escaso, escueto, preciso. También el lado simbólico, la forma de demostrar que las miserias de la humanidad tienen un lenguaje universal que es capaz de comprenderse sin el uso de palabras. Ese retrato grotesco, y no por eso menos sincero, de la sociedad de su época que Jodorowsky hace en El Topo, película realizada hace más de cuarenta años, se puede aplicar perfectamente a lo que vemos en nuestros días: Hipocresía social disfrazada de moral y fe ciega, de símbolos y puniciones, pero que en el fondo está tan corrompida como la sociedad que defiende.

El Topo tiene ese lado político que está por completo alejado de cualquier enmohecido panfleto de izquierda o propaganda; esa demoladora crítica social que no necesita hacer uso de elocuentes discursos en sus personajes o de escenas en extremo violentas, ni estar adscrita a partido alguno, para decir, con dureza y sin concesiones, que  los difíciles momentos vividos como sociedad hace más de cuarenta años, se prolongan y amplían hoy, siendo elevados a una potencia desconocida. Y por eso debe ser tan dificil encontrar El Topo en la programación normal de un cine o de un “multicine” que ahora le llaman, porque la idea del cine ha cambiado, todo cambia, lo dijo Mercedes, y ahora la gente va al cine como pretexto de divertirse, el cine es el pretexto para encontrarse con amigos, es clásica la frase “ vamos al cine y después a tomar algo”, el cine ahora es evasión, y si una película no va por ese lado pues la desaparecen de las programaciones. Algo parecido a una dictadura del gusto. Pienso en uno de esos multicines y el perfil de personas que asisten a esos lugares, pienso luego en El Topo, en algunas de sus escenas, y me quedo sin palabras.

Luego está ese lado si se quiere religioso de la película. Toda esa primera parte de búsquedas y abandonos que realiza el personaje (el mismo Jodorowsky junto a su hijo) para avanzar en su camino hacia lo que pdoríamos llamar Sagrado, batiéndose en duelo con diversos maestros, de cada uno de los cuales sacará una enseñanza. Una película como esa no envejece. Y como van las cosas por estos tiempos, cada vez será creo más oculta, es decir, cada vez habrá menos público para una película como esa, para una historia que no entretiene y que por el contrario abunda en momentos de angustia, en escenas que pueden hacer a alguien cerrar los ojos o abandonar la sala, en el caso (más que hipotético irreal) que se exponga en un “multicine”.

Por lo menos eso no la hace invisible. Estoy seguro, no lo he comprobado, que El Topo hasta se puede ver ahora por internet y siempre podrá conseguirse una copia en Polvos Azules en Lima o en la tienda de pelis del “Quinto Centenario” de La Paz, y así, en toda ciudad hay siempre un lugar donde acceder a material “alternativo”, pero, al final lo cierto es que cada vez este tipo de material está más lejos de los circuitos comerciales. El Topo es una película necesaria antes que de “culto”, es uno de esos films que no va a dejar un espectador tranquilo después de verlo por vez primera, podrá alabarla o destrozarla, pero tranquilo no se va a quedar.

Siempre queda la deuda (y la duda también) con el buen Alejandro, revisitar su obra, ver sus demás películas, por ejemplo “La Montaña Sagrada” o “Fando y Liz”, o sus trabajos en el mundo del comic junto a dibujantes como “Moebius”, o alguna de sus novelas (“El loro de las siete lenguas”), o cualquier otra cosa que nos acerque a esta especie de chamán y tarotista que sobrevivió envejecido un siglo en el que ha particpado activamente y de cuya generación aún nos quedan por visitar algunos personajes, tan interesantes como él (por algo trabajaron juntos) como el filósofo dramaturgo español Fernando Arrabal (“Carta a Stalin”, “El cementerio de los automóviles”) o el ya fallecido dibujante Roland Topor.


Nada hay que lamentar. Las cosas están dispuestas de esa manera y a muchos de nosotros jamás se nos preguntó si queríamos que así fuera. Todavia nos queda la piratería y el internet, para acceder a aquello que los circuitos oficiales se encargan de desaparecer de sus vitrinas, todavía nos queda la curiosidad y su madre la duda, para llevarnos a descubrir siempre cosas nuevas y para comprobar lo que bien dijo Antoine de Saint Exupery, el escritor aviador, en “El Principito”: “Lo esencial es invisble a los ojos”. 




miércoles, julio 01, 2015

AMISTAD...




Como el arte, la música, el amor o el silencio, la amistad es  de difícil, además de inútil, definición. Sin embargo, creo que en sí misma se explica por algunas constantes. Por ejemplo, cuando hablas con un amigo después de muchos años y ambos tienen la certeza (que se comprueba en la naturalidad de la charla) de haber hablado ayer, y se tratan con esa especie de fría distancia a ojos de los demás, pero que en el fondo saben que es, para ellos, la demostración que la amistad se ha mantenido vigente en todo el tiempo que duró la distancia. Hay ciertos códigos que solo dos o más amigos conocen. Existe, claro, la alegría del re encuentro con gente con la que se pasaron momentos de intensidad en la vida, el amigo es un pasajero de nuestro bus y nosotros lo mismo en el bus de él, lo dejamos subir al nuestro y él nos deja subir al suyo, y bueno, como en todo, hay un momento en que los caminos se desvían, uno baja del bus, emprende otros rumbos, el amigo baja de nuestro bus y emprende también otros rumbos, y es ahí, en el preciso momento cuando dos amigos se despide en la estación de tren, o en la terminal de buses o en el aeropuerto, es en la separación física donde nace la amistad, si es que tiene que nacer. Una cosa es un amigo y otro el nombre de una persona que se recuerda de algún momento. La diferencia es el peso que esa persona ha tenido en nuestra vida. Y pueden pasar años sin hablarse, sin una sola línea de saludo, sin mensajes, y cuando tienen que encontrarse, ya sea personalmente o por teléfono, lo hacen como si ayer mismo hubieran terminado su última charla. Eso pasa porque el amigo no se va nunca a pesar que de verdad se ha ido, todos andamos en eso, ir y venir, también los que nunca salen de sus ciudades.

Pero el amigo se queda con uno, hay una transfusión de pasados entre dos amigos, y en esa transfusión crean un pasado propio, el pasado de su amistad, y todo lo que nace de ese pasado se convierte en un recuerdo que andará siempre con nosotros, una canción, una banda, un disco, un libro, un autor, una película, un director, a veces pasan fugaces los amigos, ¡ah, claro!, recuerdo que fue él quien me habló por vez primera de tal director o de tal banda,  y entonces, si en ese momento aparece la pregunta ¿Qué será de él?, es porque esa persona marcó un momento en nuestra vida, y si después de eso la llamas, y si después de eso charlan dos horas como si la semana anterior se hubieran tomado juntos unas cervezas, ya podríamos estar hablando de una comprobada amistad.

El amigo es el guardián de los recuerdos. El que puede contar el otro lado de nuestra propia historia, el ojo crítico de nuestra vida, y por eso es bueno tenerlos y conservarlos, porque cuando se va un amigo, se va una parte de nuestro pasado, se termina una posibilidad de reconstrucción de la historia de nuestra vida, pero también se fortalece el vínculo que a él nos unía, la partida de un amigo es como si un ave dejara un tesoro en nuestras manos y luego desapareciera ¿Qué hacer? proteger lo que nos dejó, y eso es lo que se hace cuando parte un amigo, protegemos su legado, que es también el nuestro.

Pero cuando uno es encontrado por un amigo, es decir, cuando de pronto, desde algún lugar del tiempo que pensábamos olvidado aparece un nombre, una persona, una carta, unas líneas de saludos en las que alguien quiere saber qué ha sido de la vida del amigo y se vuelve a establecer una comunicación con toda naturalidad, es cuando uno dice, alguien me ha considerado su amigo y qué bien que así sea, una relación en la que la cercanía física deja de tener importancia, a veces ni siquiera se necesita saber dónde está el amigo, con saber que está bien ya tenemos bastante. No es fácil cultivar la amistad, mantenerla, habría que comenzar, si es que ya no se ha hecho eso, por hacer una agenda de amistades, de personas que uno considera importantes y buscar sus números y comenzar a llamarlas, una por una, para saber cómo se encuentran, y si después de eso nace seguir escribiéndose o llamándose, o reunirse si cabe la posibilidad, a tomar algo juntos, habremos desenterrado una amistad que el tiempo se encargó de ocultarla a nuestros ojos.

Y hay los otros, los amigos a los que nunca se conoció pero que jamás dejaron de estar. Músicos, escritores, pintores, gente que a través de su trabajo tuvieron una importante presencia en nuestras vidas. Hace unas semanas murió Mino Mele, jamás lo conocí personalmente, pero con su participación como baterista en el disco “El Loco y la Sucia” de Rafo Raez  y “Kavilando” de Manuelcha Prado, marcó momentos importantes no solo en la historia de la música peruana de finales del siglo pasado sino en el de toda esa generación que crecimos escuchando sus sonidos. Hasta siempre Mino Mele.


Y así, a los amigos, se les conozca o no, estén presentes o no, vivan cerca o lejos, llamen, escriban, envíen mails o no lo hagan nunca, los hermanos que elegimos voluntariamente están siempre a la espera de una breve comunicación, lanzar una piedra al centro del lago para que vean las ondas del agua y respondan. Desempolvar la agenda y actualizarla.  Y, mientras eso, nuevas personas van subiendo a nuestro bus y abriéndonos la puerta del suyo, viajando en nosotros, observando nuestros paisajes, disfrutándolos cuando son agradables a los ojos y soportándolos cuando son agresivos, permitiéndonos a la vez mirar por sus ventanas lo que ellos ofrecen. Me quedo con la frase de un viejo amigo: no toda distancia es ausencia ni todo silencio es olvido.

R.