viernes, agosto 28, 2015

TIA LAVIGNIA VIVE EN EL INFIERNO


Me dijeron que iríamos a visitar a tía Lavignia, que hacía varios meses vivía en otro país no muy lejos del nuestro. Esa tarde, cuando papá llegó, ya teníamos todo listo. Afuera nos esperaba un auto. Papá y el conductor hablaban en la lengua del país al que íbamos. En el asiento de atrás mamá peina mis cabellos.

- Antes de pasar el control fronterizo, su mujer y su hija tendrán que meterse en la maletera. Usted hágase el dormido y ponga esto en el bolsillo de su camisa.

El conductor entrega algo a papá, una tarjeta que él guarda en el bolsillo de su camisa. Mamá sigue todo con atención. Papá voltea a verla, se miran, luego me miran a mí, que comienzo a quedarme dormida.

El auto se metió por un camino de tierra que había a un costado de la carretera y estacionó cerca de un campo de cultivo. Abrí los ojos y vi que papá bajaba, a mi lado mamá le alcanzaba nuestras maletas por la ventana. Luego salió y me extendió los brazos. En ese momento yo comenzaba a despertar. Ahora vamos a ir aquí las dos juntas, dijo mamá, ¿Por qué?, pregunté. Porque tenemos que ocultarnos de la gente que no quiere que lleguemos a donde tía Lavignia.

Adentro todo estaba oscuro. El auto comenzó a andar. Mamá me abrazaba contra su pecho y me repetía cada cierto tiempo que no había que hacer bulla.

- Documentos... ¿Y este?
- Es mi primo, se ha pasado de copas, aquí están sus papeles.

Cuando escuchamos pasos afuera, mamá hizo un shhh en mi oreja y me abrazó. Luego se encendió el motor del auto y arrancó. Unos minutos después veíamos la cara de papá abriendo la puerta de la maletera. Cuando salimos de ahí nos abrazó.  

Todavía era de día cuando llegamos. ¿Todos ellos van a visitar a tía Lavignia? Había gente de todos lados que hablaban en lenguas distintas. Era un descampado. Un hombre, parado al costado de la puerta abierta de un gran camión, preguntaba el nombre de las personas que hacían fila frente a él, luego revisaba una lista, recibía el dinero y los ayudaba a subir. En la puerta del costado, que estaba cerrada, había una foto de la cabeza de una gran gallina que parecía mirarnos a todos.

Mientras la fila avanzaba, mamá me dijo que no me preocupara, que en un par de horas habríamos llegado. Adentro la gente estaba sentada sobre el piso. Comenzaba a oscurecer y una luz se encendió en la parte de arriba. Cuando todos estuvimos dentro, el hombre que hacía subir a la gente, dijo que en cuestión de horas llegaríamos y que por nada del mundo se le ocurriera a alguien fumar dentro. Luego cerró la puerta, mamá me abrazó y yo pensaba en la mirada de la gran gallina.

Pensando en eso me quedé dormida. Mamá me acariciaba la cabeza y decía que en cuanto despierte estaríamos en casa de tía Lavignia. Las demás personas estaban en silencio, por ratos veía cómo se miraban, sin decirse nada, algunos parecían preocupados, las madres abrazaban a sus hijos, el camión se echó a andar.

Tía Lavignia vive en el infierno, pensé cuando desperté con los gritos. Un hombre tenía a otro tomado del cuello, otro grupo a su alrededor intentaba separarlos, las mujeres comenzaban a gritar y los niños lloraban, ¿Cuánto rato estuve dormida?

El aire estaba caliente y olía feo, mamá me cubría la cara para no oler, un grupo de hombres comenzaron a golpear la puerta intentando abrirla, otros golpeaban en cualquier parte de la gran caja en la que estábamos, gritaban en sus lenguas, golpeaban con todas sus fuerzas, pedían que el camión se detuviera, lo supe cuando escuché a mamá gritar. Lloraba, me abrazaba cada vez con más fuerza. ¿Dónde está tía Lavignia? Mamá no me escuchaba, seguía gritando apretándome cada vez más fuerte hacia ella, papá estaba entre el tumulto de gente que intentaba abrir la puerta, lo vi voltear hacia nosotras, su mirada era de desesperación, siguieron golpeando la puerta un buen rato hasta que la luz se apagó. Hubo un silencio en el que se escuchaba el motor del camión, luego regresaron los gritos con más fuerza, el aire apestaba, ya no pude más y comencé a llorar. No veía nada, solo sentía sobre mi cuerpo los brazos de mamá, que no paraba de gritar. Entonces papá llegó y nos abrazó a las dos como cuando salimos de la maletera del auto, supimos que era él por su voz. Ya falta poco, dijo y nos quedamos un rato así, abrazados y en silencio mientras la gente no deja de gritar y golpear por todos lados.

Mamá comienza a quedarse dormida.  


En memoria de las victimas de trafico de refugiados



Camion abandonado en Austria en cuyo interior se encontraron los cadaveres de 71 personas, entre ellos cuatro menores

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