miércoles, julio 01, 2015

AMISTAD...




Como el arte, la música, el amor o el silencio, la amistad es  de difícil, además de inútil, definición. Sin embargo, creo que en sí misma se explica por algunas constantes. Por ejemplo, cuando hablas con un amigo después de muchos años y ambos tienen la certeza (que se comprueba en la naturalidad de la charla) de haber hablado ayer, y se tratan con esa especie de fría distancia a ojos de los demás, pero que en el fondo saben que es, para ellos, la demostración que la amistad se ha mantenido vigente en todo el tiempo que duró la distancia. Hay ciertos códigos que solo dos o más amigos conocen. Existe, claro, la alegría del re encuentro con gente con la que se pasaron momentos de intensidad en la vida, el amigo es un pasajero de nuestro bus y nosotros lo mismo en el bus de él, lo dejamos subir al nuestro y él nos deja subir al suyo, y bueno, como en todo, hay un momento en que los caminos se desvían, uno baja del bus, emprende otros rumbos, el amigo baja de nuestro bus y emprende también otros rumbos, y es ahí, en el preciso momento cuando dos amigos se despide en la estación de tren, o en la terminal de buses o en el aeropuerto, es en la separación física donde nace la amistad, si es que tiene que nacer. Una cosa es un amigo y otro el nombre de una persona que se recuerda de algún momento. La diferencia es el peso que esa persona ha tenido en nuestra vida. Y pueden pasar años sin hablarse, sin una sola línea de saludo, sin mensajes, y cuando tienen que encontrarse, ya sea personalmente o por teléfono, lo hacen como si ayer mismo hubieran terminado su última charla. Eso pasa porque el amigo no se va nunca a pesar que de verdad se ha ido, todos andamos en eso, ir y venir, también los que nunca salen de sus ciudades.

Pero el amigo se queda con uno, hay una transfusión de pasados entre dos amigos, y en esa transfusión crean un pasado propio, el pasado de su amistad, y todo lo que nace de ese pasado se convierte en un recuerdo que andará siempre con nosotros, una canción, una banda, un disco, un libro, un autor, una película, un director, a veces pasan fugaces los amigos, ¡ah, claro!, recuerdo que fue él quien me habló por vez primera de tal director o de tal banda,  y entonces, si en ese momento aparece la pregunta ¿Qué será de él?, es porque esa persona marcó un momento en nuestra vida, y si después de eso la llamas, y si después de eso charlan dos horas como si la semana anterior se hubieran tomado juntos unas cervezas, ya podríamos estar hablando de una comprobada amistad.

El amigo es el guardián de los recuerdos. El que puede contar el otro lado de nuestra propia historia, el ojo crítico de nuestra vida, y por eso es bueno tenerlos y conservarlos, porque cuando se va un amigo, se va una parte de nuestro pasado, se termina una posibilidad de reconstrucción de la historia de nuestra vida, pero también se fortalece el vínculo que a él nos unía, la partida de un amigo es como si un ave dejara un tesoro en nuestras manos y luego desapareciera ¿Qué hacer? proteger lo que nos dejó, y eso es lo que se hace cuando parte un amigo, protegemos su legado, que es también el nuestro.

Pero cuando uno es encontrado por un amigo, es decir, cuando de pronto, desde algún lugar del tiempo que pensábamos olvidado aparece un nombre, una persona, una carta, unas líneas de saludos en las que alguien quiere saber qué ha sido de la vida del amigo y se vuelve a establecer una comunicación con toda naturalidad, es cuando uno dice, alguien me ha considerado su amigo y qué bien que así sea, una relación en la que la cercanía física deja de tener importancia, a veces ni siquiera se necesita saber dónde está el amigo, con saber que está bien ya tenemos bastante. No es fácil cultivar la amistad, mantenerla, habría que comenzar, si es que ya no se ha hecho eso, por hacer una agenda de amistades, de personas que uno considera importantes y buscar sus números y comenzar a llamarlas, una por una, para saber cómo se encuentran, y si después de eso nace seguir escribiéndose o llamándose, o reunirse si cabe la posibilidad, a tomar algo juntos, habremos desenterrado una amistad que el tiempo se encargó de ocultarla a nuestros ojos.

Y hay los otros, los amigos a los que nunca se conoció pero que jamás dejaron de estar. Músicos, escritores, pintores, gente que a través de su trabajo tuvieron una importante presencia en nuestras vidas. Hace unas semanas murió Mino Mele, jamás lo conocí personalmente, pero con su participación como baterista en el disco “El Loco y la Sucia” de Rafo Raez  y “Kavilando” de Manuelcha Prado, marcó momentos importantes no solo en la historia de la música peruana de finales del siglo pasado sino en el de toda esa generación que crecimos escuchando sus sonidos. Hasta siempre Mino Mele.


Y así, a los amigos, se les conozca o no, estén presentes o no, vivan cerca o lejos, llamen, escriban, envíen mails o no lo hagan nunca, los hermanos que elegimos voluntariamente están siempre a la espera de una breve comunicación, lanzar una piedra al centro del lago para que vean las ondas del agua y respondan. Desempolvar la agenda y actualizarla.  Y, mientras eso, nuevas personas van subiendo a nuestro bus y abriéndonos la puerta del suyo, viajando en nosotros, observando nuestros paisajes, disfrutándolos cuando son agradables a los ojos y soportándolos cuando son agresivos, permitiéndonos a la vez mirar por sus ventanas lo que ellos ofrecen. Me quedo con la frase de un viejo amigo: no toda distancia es ausencia ni todo silencio es olvido.

R.