martes, septiembre 15, 2015

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Lea el siguiente poema (recomendamos hacerlo en voz alta) y escriba luego sus impresiones al respecto.



POEMA CANINO Y TRUNCO


Lo mejor de estos trescientos años ha sido mi perro.
Pluto como el dueño que ahora camina embalsamadoo no camina o
Vuela.
Lo demás es campo de girasoles recortado a ras por el abismo.
Criaderos virtuales con todos dentro.
Neonatos, mortinatos, capullos, fugitivos, fariseos, sibilinas.
Lo demás es fármacos sabor a piedra caliza, sexo en burbujas o
pavesa.
Trenes a distancia entre la cama y el néant que es el país de los
funámbulos.
Y los dos plutos viajando a pie, o a cuatro patas buscando el hueso
sacro.

Igual que en carnaval do Río pasábamos contemplando
cómo el tiempo desfilaba meneando sus caderas
más que de sur a norte de arriba para abajo
llevando en sus vagones gente contenta al matadero.

¿Por qué gusta tanto el holocausto? me preguntaba Pluto, como niño
de zapatos rotos a su bisabuelo sordo.

Era un perro insomne hasta en el día, hasta en la lluvia, hasta en la
guerra humana. Y cuando dormía gimoteaba, tratando de sacar las
patas de su matorral genealógico: una jauría huyendo del cielo a ras
del suelo, atados entre todos como una telaraña, más por espanto que
por amor al incesto.

En ocasiones aullaba con el hocico apuntando a Dios.
Qué te ocurre, estás acongojado o tienes miedo, le preguntaba.
No pasa nada, socio, me contestaba, siga bebiendo que es cosa mía.
O me explicaba sin escatimar pormenores, que el hocico era suyo
pero los aullidos de Dios.

Tanta miseria veíamos que después ya no veíamos nada.
Que más bien al compás de los otros, Pluto mi perro y yo, su amo
Pluto, terminábamos bailando, perjurando, teniendo prole, por poco
destino.

Ocasiones había en que la belleza como un rayo se clavaba delante
nuestro.
Allí, a sus piesnos enmadejábamos para disfrutarla hasta el fin de
los tiempos,
que no duraban mucho,
aunque sí lo suficiente para quemarnos los labios, perder inocencias,
gastar esa fruta del corazón.
Nada más glacial que ver el estertor de la belleza, fisurándose
como un huevo prehistórico y el pavoroso insecto que ella larva,
devorándola
y de paso devorando la bondad del mundo.

Qué esperas para colocar el rabo entre las piernas, me ladraba Pluto
y me ayudaba a recoger el alma con su hocico sucio.
O yo le ladraba para desentumirlo, para que enrollara su lengua,
para sacarlo del amor.
Los dos, perro y amo, pluto y pluto, hundidos los pies, par de
marineros sin dueño, bailando hasta comer tierra.

Por lo demás la vida era un puerto miserable con el agua aceitosa,
un largo enredo de barcas y esqueletos con la cara al cielo
y al fondo a mano izquierda el umbral de un puterío.

Ocasiones había en que los dos éramos un solo perro heróico sin
hambre, sin calores, penetrando en el campo de batalla. O una horda
de santos capaces de todo, hasta de crucificarnos uno al otro para
cumplir con la profecía que nos colgaba entre las piernas. O una
bandada de pájaros malvados buscando serpientes por los pasadizos.

Había noches de luna rota como paraguas en tormenta y estrellas
alocadas muriendo o reventando.
Noches en las que hombro a hombro ladrábamos por las calles y nos
poníamos a cantar y a llorar y a raspar la tierra quemada o las tres
cosas al mismo tiempo aunque nos salpicara sangre.

La gente muere como moscas, me decía mi perro rascándose la
panza y viendo al mismo tiempo el sufrimiento de las otras especies
callejeras, empezando por la humana.
No te olvides que hemos hecho un pacto con la incertidumbre, le
decía rascándome la panza y a oscuras leyendo cartas de amor.

Plis, no me cuentes cómo acaba la historia, me pedía Pluto.
Pero yo, infame y ebrio, todo un pirata en altamar, se la contaba con
detalles,
a voz en cuello, la camisa abierta, moviendo como rueca las
mandíbulas y con el placer gourmet que es morder un carnoso peroné.

Cómo nos dolía el pecho en ciertos puertos donde el mar ya no era
mar sino una gelatina donde surfeaban ratas y los pescadores ya
muertos seguían sentados con la caña encorvadaen la suciedad del
aire.
Cómo nos dolía la música coagulada en el dorado polvo de los
burdeles en donde Pluto, mientras yo dormía con la nariz pegada a
los maternos pubis de las putas, lamía las bragas tiradas en el piso o
mis botas de guerra o sus atávicas pulgas.

¿Si me muero te morirás conmigo? me preguntaba Pluto.
Yo lo besaba en el hocico porque nuevamente me regalaba el
título para el largometraje sobre un perro poeta que se inventó un
fantasma.
Crees que somos buenos, me preguntaba Pluto como si un eunuco
preguntara a su padre asesino, mientras yo afilaba el cuchillo en el
borde mojado de la acera.

Crees que hay salida, me preguntaba Pluto como si lanzara lo más
lejos posible el palo mojado de baba con el que yo volvía para que él
nuevamente lo lanzara.

Ay, Pluto, mi perro puto, mi perro que en tantas ocasiones fue mi amo

Años había, delgados como lámina, como cortina de aceite,
en que los dos éramos un hermafrodita sin espejo
y otros años en que uno de los dos estaba solo y el otro era su sombra
o viceversa la sombra estaba sola y el otro caminaba
como si hubiera venido al mundo sin amo o sin perro.

Ah, Europa, bajo las pezuñas de los dos Plutos gozosos,
ese mar de cristal y mármol invadido de naves religiosas y tesoros,
geriátrico donde se fabrican calaveras con dentaduras de oro
y los monumentos siguen teniendo frutos y gusanos hasta en el olvido.

Allí nos perdimos los dos perros, cada cual con su libreto.

Pluto nunca contaría su gótica historia de perro vagabundo en
tiempos de guerra fría hasta los huesos.

En cambio yo, aquí estoy, con el cuerpo lleno de tatuajes, perlas de
eter,
la lengua dividida en dos por asunto de misas negras
y el corazón convertido en esponja a causa de mi vida anfibia
a causa de seguir buscando el animal celeste de Isadora.

Habráse visto perro más perro más halcón más murciélago
más asesino y jonki alado que yo el ángel de la gasolina
viviendo hasta la miseria el amor bajo las arcas de austria
muriendo hasta la gloria fecal en el pantano de Isadora la reina de la
muerte.
Isadora la esqueleta con la boca sellada.
La sirena de humo con luzbello tatuado en el toórax y doble piercing
clitoriano para que no circule por allí ninguna lengua de imán.
Isadora la virgen que se hizo perra que se hizo polvo, jeringa, poupée
gótica que terminó como una simple y tonta muerta.
La Isadora del cuento inescrito. La mujer del poema que no se puede
escribir. La musa casi risueña que rasgando el telón salió de una
comedia muda y se metió en el fuego por el simple placer de ya no ser.
Por el eterno capricho de ser una cucaracha de ceniza.

Dónde andabas que estás muerto, me dijo mi perro de nacimiento. 


Huilo Ruales Hualca. (Ecuador, 1947) 








EL PACTO CON LA INCERTIDUMBRE
 (Tristan De Mar)


            He vuelto a leer el “Poema canino y trunco”, algunas ideas se confirman y otras aparecen por vez primera.

            Me queda claro que Pluto es el poeta y viceversa. Ambos son parte de lo mismo, Pluto es el espejo en el que el poeta no solo se refleja sino que ve reflejado el mundo que vive, su pasado y su vida. Creo que podríamos tener una idea de quién es el autor, o por lo menos de cómo se ve él a sí mismo, en el siguiente pasaje “...como el dueño que ahora camina embalsamado o no camina o vuela”, en ese verso al incio del poema, ya da una idea de sí mismo, y al final de la estrofa da la idea de quienes son Pluto y él, de cuál es la relación que hay entre ambos, deja en claro que los dos son uno: “Y los dos plutos viajando a pie, o a cuatro patas...” De haber querido diferenciarlos hubiese especificado que uno de ellos va a pie y el otro a cuatro patas. Lo que dice el verso es que el perro puede ser el amo y el amo puede ser el perro.

            Encuentro en un pasaje de esa primera página una definición de ambos personajes: “...me preguntaba Pluto, como niño de zapatos rotos a su bisabuelo sordo” tomando ese verso podemos deducir que Pluto, el niño de zapatos rotos, puede, en este caso porque en otros puede ser otra cosa distinta, representar la inocencia y la falta de experiencia de la infancia, mientras que el bisabuelo sordo es la sabiduría atacada por el paso del tiempo. En ese verso, a mi gusto, hay un encuentro de extremos, Pluto y el poeta son extremos que se tocan.

            Buscando información sobre el autor, supe que pertenece a una familia numerosa, de doce hermanos. Por eso, tal vez, el siguiente verso: “Y cuando dormía gimoteaba, tratando de sacar las patas de su matorral genealógico: una jauría huyendo del cielo a ras de suelo, atados entre todos como una telaraña, más por espanto que por amor al incesto.”

            Amo y perro comparten el mismo nombre y el mismo destino. Son buscadores, en esencia es eso un creador, un buscador que se sumerge en sus propias profundidades donde puede también, por qué no, encontrar belleza: “Ocasiones había en que la belleza como un rayo se clavaba delante nuestro. Allí a sus pies, nos enmadejábamos para disfrutarla hasta el fin de los tiempos, que no duraban mucho, aunque sí lo suficente para quemarnos los labios, perder inocencias, gastar esa fruta del corazón.” ¿Habla aquí el poeta de la belleza de una mujer? ¿De qué belleza está hablando?

            Hay muchos otros versos en los que se define la relación de unidad entre perro y poeta, tomaré el siguiente, corto y directo: “Ocasiones había en que los dos éramos un solo perro heroico...”

            Hay un pasaje, en la tercera página, que comienza con el perro diciendo “La gente muere como moscas” y lo dice “...viendo al mismo tiempo el sufrimiento de las otras especies callejeras, empezando por la humana”, es entonces cuando aparece la respuesta del poeta, a mi gusto más como advertencia que como explicación: “No te olvides que hemos hecho un pacto con la incertidumbre...” Pluto vuelve a ser el inocente niño de zapatos rotos, que se espanta al observar una especie que va hacia el abismo, que se despedaza a sí misma, y el poeta regresa a su rol de sabio bisabuelo sordo, para recordarle el pacto con lo incierto, lo desconocido. Deja de mirar lo que ya conocemos, parece recordarle, que tenemos un pacto con lo que hay por conocer.

            La nostalgia producida por el re paso de lo vivido, está marcada en dos versos que, aunque hablen de situaciones distintas, siempre vividas por el poeta y Pluto, comienzan ambos con la misma frase, casi una exclamación, el recuerdo de momentos intensamente vividos, impregnados en la memoria y, antes de recordar el momento, el poeta le recuerda a Pluto “Cómo nos dolía...”

            En otro pasaje encontramos una definición de Pluto que a su vez autodefine al poeta. “...un perro poeta que se inventó un fantasma”, es lo que se dice de Pluto, de lo que podríamos invertir la idea para decir que en este poema, el autor es un poeta que se inventó un perro fantasma.

            En una parte del poema, el autor habla de un continente, pero, la reflexión que de ahí nace y las imágenes que usa en el verso, creo que pueden ser perfectamente aplicables a nuestras sociedades contemporáneas: “...mar de cirstal y mármol invadido de naves religiosas y tesoros, geriátrico donde se fabrican calaveras con dentaduras de oro y los monumentos siguen teniendo frutos y gusanos hasta en el olvido.”

            Finalmente aparece Isadora, que representa la cración poética, lo que algunos podrían llamar “inspiración”, aquella por la que el poeta y su perro han estado “...muriendo hasta la gloria fecal en el pantano de Isadora, la reina de la muerte.” Isadora queda definida, es la gran madre de toda incertidumbre, tal vez sea con ella con quien poeta y perro, perro y poeta han firmado el pacto: La Isadora del cuento inescrito. La mujer del poema que no se puede escribir.”


            El último verso da una idea del recorrido y de una inversión de roles. Es el poeta que aparece, parece ser el último en llegar después de todo ese viaje a las profundidades, y el perro lo está esperando para anunciarle la muerte. Si del primero verso “Lo mejor de estos trescientos años ha sido mi perro.”, concluimos que los trescientos años es el tiempo sobre el que el poeta va a sumergirse, y que el perro es lo más importante en ese tiempo; del último verso “Dónde andabas que estás muerto, me dijo mi perro de nacimiento.” ¿Qué podemos concluir?