martes, septiembre 20, 2016

EN OTRO TIEMPO - ANTONIO BUERO VALLEJO - POEMA Y COMENTARIO


EN OTRO TIEMPO
Antonio Buero Vallejo.



En las nieblas de un tiempo futuro no imposible
seguirán preguntando los hijos de los hombres.
Los niños siempre inquieren las cosas y sus nombres
con un tesón curioso y apacible.

Imaginad la escena que llegará algún día.
Un niño cabalgaba los hombros de su padre.
Sofocando la risa les seguía la madre
y la mansa pradera florecía.

Cantaban otros niños por el campo dorado.
- !Arre, caballo, arre! -el pequeño gritaba.
Como un corcel fogoso el padre relinchaba
y avisaba la madre: -!Ten cuidado!


Calla de pronto el niño con un mirar ausente.
El padre se detiene. -¿Qué te pasa hijo mío?
¿No quieres que vayamos galopando hasta el río?
La madre se les une lentamente.

-Sé lo que significan esos ojos tan fijos.
Pregunta lo que quieras y te responderemos
Tú, hijo mío, no ignoras que los padres sabemos
Que no hay que mentir nunca a nuestros hijos.

Se miran él y ella. El niño caviloso
En preguntar vacila. Lo baja el padre al suelo.
Caminan por la hierba mientras se nubla el cielo.
El niño titubea silencioso.

Ya no se oyen canciones. Parece muerto el prado.
Apenas se percibe la melodía del río.
Por la tibia campiña se expande un suave frío
Cuando el niño a sus padres ha mirado.

Hombre y mujer escuchan preguntas no esperadas
Que no son las del sexo y el amor entre humanos.
Y las van contestando, mientras tiemblan sus manos,
Con tímidas palabras semiahogadas.

-¿Es verdad, padre mío, lo que los libros cuentan?
¿Se enriquecían unos porque a otros les robaban
su pan y el de sus hijos hasta que los mataban?
-Fue verdad, hijo mío, en otro tiempo.

-Y si de ese atropello los hombres protestaban,
¿prohibían sus palabras? ¿Tachaban sus escritos?
¿Les impedían unirse? ¿Los libros les quemaban?
-Todo fue cierto, hijo, en otro tiempo.

-Dicen que hubo millones de bombas y de ahorcados,
y que hubo leyes malas, y que hubo horribles guerras.
Y madres violadas, y niños abrasados...
-Sí. Mas ya no los hay en nuestro tiempo.

-Yo no entiendo de tiempos ni sé cómo es el mío.
Hablas de ese otro tiempo igual que de un instante.
¿Tan corto fue como es el de llegar al río?
-No, hijo mío. Los siglos son el tiempo.

Calla el niño y medita. Su madre ahoga un gemido.
El hijo se ha sentado sobre la fresca hierba.
Un moscardón le ronda y emite su zumbido.
Lo ahuyenta el padre y a su niño observa.

La infantil voz susurra: -¿Es cierto, padre mío,
que a muchos prisioneros a palos destrozaban?
¿Con descargas eléctricas sus nervios desgarraban?
-¡Olvida, hijo mío, aquel remoto tiempo!

-Madre: ¿Es cierto que hubo muchos niños pequeños
hambrientos, sin escuela, a quienes obligaron
a trabajar en fábricas hasta que se agotaron?
Y murmura la madre: -En otro tiempo...

Le acarician sus padres. Ella oculta su llanto.
Lo sube él a sus hombros y ríe, galopando
hacia la verde orilla. El niño va llorando
porque imagina un impreciso espanto.

-Cálmate, niño mío. Si entonces fuimos fieras
ahora somos humanos. La pesadilla horrenda
terminó para siempre, y la tierra te ofrenda
la hermandad de los niños sin fronteras.

-¡Ay, padre, madre mía! ¡Yo no podré olvidarlo!
Lo que ya ha sucedido, ¿cómo desaparece?
Noto que es como un daño que dentro de mí crece
Y que vosotros no podéis curarlo.

Sobreviene el silencio. El río está cercano.
Besa las lentas aguas un débil sol brumoso.
En la ribera opuesta ve el niño a un afanoso
Sembrador que saluda con la mano.

Alza el niño las suyas y un alarido insano
lanzan sus secos labios. Se incorpora, risueño,
el sembrador lejano: acaso es sólo un sueño.
Profiere el niño: -¡Hermano! ¡Ven, hermano!..!

Esto pasará un día y no habrá quien lo impida.
El niño es nuestro hijo y por nosotros llora.
¿Será un hermano suyo el hombre a quien implora?

¿Sabremos darles la alegría y la vida?





Análisis

Nuevas lecturas del poema “En otro tiempo”, de Antonio Buero Vallejo, permiten encontrar más de una sorpresa y profundizar un poco más en algunos de los temas que el mismo poema propició ayer, de forma natural, durante nuestro encuentro.
Se trata, como bien definimos, de una especie de “ajuste de cuentas” con la historia: interpelación que un hijo hace a sus padres sobre el tiempo pasado. Antes de entrar en eso, vale remarcar la organización narrativa del poema, y para hacerlo sin que nadie se pierda, propongo utilizar las estrofas como unidad de medida de la narración. Son veintiún estrofas a las que propongo dividir en tres partes.
En las primeras ocho el lector ya está ubicado: sabe quiénes son los personajes (el niño el padre y la madre, es decir la unidad familiar clásica), sabe dónde están esos personajes (en una “mansa pradera”, como dice en el último verso de la segunda estrofa) sabe qué están haciendo los personajes: juegan juntos mientras caminan hacia el río (En el tercer verso del cuarto párrafo la pregunta lo deja en claro) y por último, en esas ocho primeras estrofas el lector sabe que está a punto de descubrir esas “preguntas no esperadas” (Primer verso, octavo párrafo) que el niño está a punto de hacer a sus padres. En un análisis nada profesional, y a efectos unicamente de poder ubicarnos dentro del poema, propongo considerar estas ocho primeras estrofas como Introductorias.
Abro aquí un paréntesis antes de continuar, para resaltar que las estrofas (que algunos podrían considerar párrafos), las mismas que están compuestas por versos (que algunos podrían considerar frases), tienen en sí mismas, por lo menos en las estrofas introductorias, una organización fonética que puede resumirse en: 1 – 2 – 2 – 1. Esto quiere decir, simplemente, que la sílaba con la que termina el primer verso es la misma con la que termina el último y que pasa lo mismo con las sílabas finales del segundo y tercer verso. Esto, claro está, tiene un nombre y tras él toda una teoría en materia de versificación. Veremos que luego de las estrofas introductorias la versificación cambia.
Terminadas las estrofas introductorias, el lector queda de cara a la interpelación, es decir, que es el mismo lector el que va a recibir las preguntas que hará el niño a sus padres. Para continuar con nuestra organización narrativa, propongo llamar Dialogantes a las diez estrofas que siguen en esta segunda parte. Propongo ese nombre a pesar ver más un monólogo que un diálogo, ya que tanto el padre como la madre repetirán en sus respuestas que todo lo que su hijo señala ha sucedido “en otro tiempo”.
Tomaremos las primeras cinco estrofas Dialogantes en las que el niño interpela a sus padres sobre tres puntos cruciales de una época que puede ser, claramente, nuestra propia época: lo económico (“¿Se enriquecían unos porque a otros les robaban su pan y el de sus hijos hasta que los mataban?”), lo político (“Y si de ese atropello los hombres protestaban ¿Prohibían sus palabras? ¿Tachaban sus escritos? ¿Les impedían unirse?...) y finalmente lo militar (“...millones de bombas y de ahorcados (...) horribles guerras...). Luego de estas tres interpelaciones, en la cuarta estrofa Dialogante hay una reflexión sobre el tiempo en el que podemos deducir por lo que dice el padre, que un siglo es la medida del tiempo. (“Los siglos son el tiempo”), esto puede ayudar a definir cronológicamente la idea del poema, si para el padre “los siglos son el tiempo”, cuando responde a las preguntas con su consabido “En otro tiempo”, léase entonces: en otro siglo. ¿Será este poema, un ajuste de cuentas que Buero Vallejo hace con el siglo que le tocó vivir? ¿Es este poema una crítica al siglo XX?
Y, para hacer un equilibrio, para armonizar el poema, la quinta estrofa de las Dialogantes, es decir la que viene después de esa primera descarga de preguntas e interpelaciones, es una especie de calma, estrofa que hace la pausa, que permite al lector respirar, que le da tiempo para digerir –en una no tan agradable digestión- todas las preguntas que acaba de leer. Esa estrofa comienza diciendo: “Calla el niño y medita”. Y veremos, que los silencios son importantes en el poema, los silencios de los personajes aquí, son también los silencios del lector. Lo que me gusta es cómo el autor equilibra el poema en esta quinta estrofa, porque luego de hablar de “...horribles guerras. Y madres violadas y niños abrasados.” Nos dice que el niño está sentado “sobre la fresca hierba”, después de una enumeración de desgracias, nos dice que el mismo niño que ha hablado de eso, está sentado “sobre la fresca hierba”, y repito la frase porque poética y fonéticamente es una frase bellísima: “sentado sobre la fresca hierba”.
Vuelven a aparecer todos los personajes en esta quinta estrofa Dialogante. Esa estrofa es un cuadro. Buero Vallejo parece decirnos aquí: miren, así han quedado los tres personajes después de las preguntas del niño: el niño “sentado sobre la fresca hierba” (hermosísima frase, insisto), la madre que “ahoga un gemido” y el padre que “a su niño observa”. Y con esa imagen el niño vuelve a la carga.
Las otras cinco estrofas Dialogantes se abren precisando de dónde salen las preguntas, ya no es el niño quien pregunta sino “La infantil voz”, que además no pregunta: “susurra”. El niño baja la voz para preguntar sobre La Tortura. ¿Por qué baja la voz? ¿Por qué susurra? Un niño que pregunta a su padre sobre prisioneros que “...a palos destrozaban?” o “¿Con descargas eléctricas sus nervios desgarraban?” se ve obligado a bajar la voz, a susurrar. Aquí el niño llega al fondo, y yo creo que susurra porque su inocencia le impide aceptar que eso ha sucedido, y en la respuesta del padre se ve la incomodidad que ha producido en él la pregunta. El padre inicia su respuesta con un verbo imperativo: “Olvida”. Todas sus respuestas anteriores fueron más bien aceptaciones de lo que el niño preguntaba. Siempre el padre respondía con un Sí, o un Todo fue cierto, Fue verdad; pero aquí aparece una orden: “Olvida”, y antepone al tiempo la característica de “Remoto”; al decir “Olvida aquel remoto tiempo”, el padre habla de un tiempo más que pasado, remoto: muy lejano. El verbo imperativo nos dice que las posibilidades del padre han sido agotadas, y lo comprobamos porque en la siguiente estrofa el niño se dirige a su madre para preguntarle por otros niños como él. La madre, que durante todo el poema tiene un rol más bien pasivo, responde con el consabido “En otro tiempo”.
Los padres intentarán que las cosas vuelvan a la normalidad, sobretodo él, que toma al niño otra vez para subirlo a sus hombros y avanzar al río. La madre, otra vez en actitud pasiva “oculta su llanto”. Los padres van a intentarlo pero no podrán, el niño no vuelve a ser el mismo, y en esto el poema es también una alegoría de la pérdida de la inocencia. “El niño va llorando porque imagina un impreciso espanto”. Y en la novena estrofa dialogante, el padre intenta calmar al niño y hace, por vez primera y única en el poema, una crítica de su tiempo al decir: “Si entonces fuimos fieras, ahora somos humanos.” Y ofrece al niño el goce de una sociedad nueva cuando le dice: “...la tierra te ofrenda la hermandad de los niños sin fronteras.” Otra vez una hermosísima imagen, en la que Buero Vallejo dibuja una idea, a todas luces poética, de sociedad nueva.
Pero ni eso logrará atraer al niño, porque simplemente, después de todo lo que ha vivido dentro del poema, ha dejado de ser niño y comienza a asumir la responsabilidad de vivir. Esa estrofa, la décima y última de las que hemos convenido en llamar Dialogantes, es la estrofa en la que el niño se despide de sus padres. Nótese que a partir de ahí los padres no vuelven a aparecer en el poema. Y, cuando el niño dice: “Noto que es como un daño que dentro de mí crece y que vosotros no podréis curarlo.”, lo que está diciendo es que él se hace responsable de lo que siente, de lo que vive; lo que está diciendo a sus padres es que no son ellos los que curarán ese daño. Es un momento de ruptura y a su vez de madurez con el que finaliza esta segunda parte del poema: las estrofas Dialogantes.
Las tres últimas estrofas, que forman la tercera y última parte del poema, a las que, en claro ejercicio de flojera propongo llamar Finales, son simplemente decisivas. Buero Vallejo abre este último momento del poema con un silencio. El silencio siempre reflexivo, el silencio que precede los momentos claves de la vida. Un silencio que “Sobreviene”, es decir que aparece de forma repentina, inesperada. Luego anuncia que el río está cerca; sabemos desde el inicio que el río es el lugar al que el niño se dirige. Considero por esto que estamos frente a un poema que narra una iniciación. El niño se dirige al río en un principio bajo la protección de sus padres, pero llega solo frente a él. ¿Y qué ve cuando llega al río? Ve, en la ribera opuesta –es decir, del otro lado del río- a un “Afanoso sembrador que saluda con la mano”. Ahí hay un encuentro de dos personas divididas por un río, (propongo ver el significado psicoanalítico del río, por ejemplo) que se reconocen. Por un lado un niño que ha dejado de serlo y que acaba de abandonar a sus padres, y por el otro un sembrador. Nótese que Buero Vallejo pudo haber usado palabras como Campesino o Agricultor, pero nos dice que es un Sembrador y nos dice también que está, del otro lado del río “En la ribera opuesta”. ¿Qué representa el sembrador? El niño sabemos por todo lo que ha pasado en el poema, está en la ribera de la madurez, pero el sembrador. ¿Cómo se define la ribera en la que se encuentra?
El niño responde el saludo del Sembrador y lanza un “Alarido insano”, es decir un grito loco, demente, ante el cual el Sembrador “Se incorpora risueño”. Hasta aquí el Sembrador parece ser una figura amiga o por lo menos cercana. El niño lo llama: “!Hermano! ¡Ven, hermano!...” El niño le pide al Sembrador que cruce el río hasta la orilla en la que el se encuentra, es decir, la orilla de la madurez. El niño no pretende cruzar el río, no está interesado en llegar a la orilla del Sembrador, sino de hacer que el Sembrador llegue a la orilla donde él se encuentra. El poema nos dice, en la primera estrofa de las tres finales, que el sembrador se encuentra “En la ribera opuesta” a la del niño. ¿Es acaso el sembrador la representación de aquellas personas que han preferido alejarse, tomar distancia para desde ahí “sembrar”? ¿Es el sembrador una especie de intelectual o artista marginal, que sonríe desde la otra orilla de la madurez sin dejar de sembrar?
No hay respuestas. Buero Vallejo, como los grandes escritores, nos deja más dudas que certezas. Y estas se manifiestan en la última estrofa, en la que abandona su rol de narrador para hablarnos directamente desde su yo poético. Y nos dice, por si hasta aquí no había quedado claro para alguien, que ese niño es el hijo de todos nosotros y que “por nosotros llora”. Y pone en duda la figura del sembrador al preguntarse (preguntarnos): “¿Será un hermano suyo el hombre a quien implora?” Si no lo es, por lo menos queda claro, en el último verso, el verso que cierra el poema, que tanto el niño como el sembrador son importantes, porque ese verso se abre con un verbo en plural, verbo que incluye a ambos, niño y sembrador están incluídos en la preocupación del poeta, que se pregunta si “¿Sabremos darles la alegría y la vida?”

Las posibilidades analíticas de este poema son muchísimas y pueden pasar por la métrica, el psicoanálisis, el feminismo, la adjetivación, en fin, muchas posibilidades de las cuales yo he intentado centrarme en la interpretativa, que como bien sabemos, es tan amplia como personas la practiquen. Pero, si a partir de estas páginas puede abrirse un intercambio de ideas en torno al texto, es decir nuevas ideas de interpretación, estoy seguro que podremos enriquecer nuestra visión del poema y con él la de nosotros mismos y de la sociedad en que vivimos.

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