lunes, octubre 31, 2016

QUE VIVA NUESTRA MUSICA CRIOLLA


Son tantos los años en que por estas fechas nos vemos envueltos en el mismo
debate, que hoy no queda más que dudar. Que si uno o lo otro, que el primero es
una muestra de alienación y el segundo manifestación del alma nacional,
extranjerizante el uno reivindicativo el otro, de colores el primero blanquirrojo el
segundo, que el rostro terrorífico o la guitarra y el cajón. Son tantos los años de
absurdo debate, que hoy no queda más que decir: NINGUNO.

Ni el uno es mejor que el otro ni el otro peor que el primero. Ni el haloween ni la
música criolla nos representan. Ambas fiestas son igual de extrañas para un país
de tan amplia diversidad cultural. Sobre el primero no hay mucho que decir, al
final la distancia hace siempre su trabajo, y se termina haciendo cosas cuyo origen
nadie entiende pero que divierten a los más pequeños. Pero lo del segundo es ya
vergonzante.

¿Cómo es posible, que por estas fechas se le de tanta atención a la música criolla,
que es tan sólo una entre la gran diversidad de músicas que tiene el país? ¿Con
qué derecho se le adjudica a esa música –que además nunca evoluciona- la
representación nacional?

El criollismo es una tontería. Los Felipes Pinglos de hoy, se mueren alcoholizados
en las calles de Lima, calatos, sin guitarra ni zapatos, ante la mirada pasiva de los
celebradores de esta fiesta que, bien mirada en el desarrollo de la historia, es tan
extranjera como el Haloween.

Lucha Reyes, la morena de oro, Los Embajadores Criollos e incluso la pluma de
Juan Gonzalo Rose, son tan importantes para la música peruana como lo son
Amanda Portales, Silverio Urbina o un poema de Carlos Oquendo de Amat
interpretado por Rafo Ráez.

¿Se celebra con el mismo afán el día de la música peruana? Pudiendo organizar un
sólo día de conciertos en todas las ciudades con músicos de diferentes ritmos y
tendencias, llevando músicos ayacuchanos a tocar en Arequipa, o sikuris puneños
a escenarios de Lima o esos músicos que se ven en las esquinas de Pucallpa con
sus quenas hechas de tubos de pvc y acompañados de un tamboril, verlos tocar en
el teatro nacional; en fin, pudiendo revolver toda esa hermosa mezcla cultural en
la que nos hemos convertido como país, nos quedamos, obtusos, comiéndonos
todos los años el mismo discurso que si la música criolla o el haloween.

Hace años que el callejón de un solo caño ha sido demolido por una constructora,
y hoy en su lugar puede verse un edificio con departamentos de 25 metros
cuadrados para jóvenes emprendedores y sus familias. Y todavía seguimos
diciendo...

¿Que viva nuestra música criolla?


Ronald Vega - Pezo

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