domingo, julio 01, 2018

CENSOR




La idea es colocarse por encima de las miradas y lejos de las lenguas. Crear prudente distancia de los inquisidores. Sabiendo, para comenzar, que nuestros más grandes censores están dentro de nosotros.
            Así pensaba Cocolo, borracho, llegando a casa pasadas las tres de la mañana. Tenía dieciséis años, demasiado joven para aprender lo que era la paciencia; pero la necesidad, madre de todas las virtudes, le enseñó a hacerse el dormido y quedarse en silencio pasadas las ocho de la noche, hora en que sus padres apagaban las luces de la casa. Poco antes de las diez el silencio estaba hecho. Entonces Cocolo, que dormía vestido y dejaba las zapatillas en el jardín, saltaba por la ventana de su habitación, se calzaba y salía al encuentro de sus amigos, hombres y mujeres que bebían en un bar no muy lejos de casa.
Aquella era la primera vez que Cocolo hacía esto un día domingo.
-¡Abran la puerta quiero dormir! –Gritaba desde la calle golpeando con los brazos en alto. Algunas luces del vecindario comenzaban a encenderse.
La primera en salir de la cama fue su madre. Corrió a abrir la puerta y lo hizo pasar a la sala. Cuando su padre apareció, Cocolo, doblado, vomitaba sobre la alfombra.
-¿Sabes lo que hago con el perro cuando se caga en la alfombra? -Preguntó su padre mientras se acercaba a Cocolo y lo tomaba del cuello haciendo presión hacia abajo.
- No hagas eso, no hagas eso... – Decía Cocolo para sus adentros.
- ¡Lo hago comerse su propia mierda! – Dijo el padre empujando la cabeza de Cocolo con dirección a su propio vómito.
Entonces, con toda la fuerza de su edad y el valor de lo bebido, Cocolo levanta el brazo y da con el puño en el mentón de su padre que cae de bruces al suelo. No tuvo tiempo de defenderse del ataque de su madre, que le clavó las uñas en el rostro arañándolo hasta el cuello diciendo: “!cómo has hecho eso, has golpeado a tu padre, no eres más nuestro hijo!.”
Cocolo eructó , miró la sangre chorrearle por la camisa y dirigiéndose a su habitación dijo: “Quiero dormir.” En ese momento se escuchó la voz amenazadora de su padre que se recuperaba del golpe y decía gritando: “Mañana por la mañana hablaremos de todo esto, ya verás.” En ese momento Cocolo se detuvo en el umbral de la puerta de su habitación, miró la sangre en su camisa y dijo: “Mejor lo arreglamos de una buena vez”.
Caminaba decidido hacia la sala.



Ronald Vega - Pezo


LA ESPERANZA PERDIDA...

NO TIENE VALIA...