martes, junio 11, 2019

DIARIO DE DALTON - MARTES






Salgo de casa y en la parada del bus no me encuentro con nadie, salvo con una muchacha a quien no conozco y que lleva un gato que parece enfermo a juzgar por los cuidados que le brinda. Minutos después, en la parada del tranvía con dirección a la universidad, tampoco me encuentro con nadie. En la biblioteca hay algunos lectores, todos silenciosos y no conozco a nadie, de todas formas todos andan ocupados en sus cosas. Yo tambien tengo cosas en las que debo ocuparme pero nunca dejo de esperar encontrarme con alguien, si es desconocido mejor. Con gusto borraría lo hasta aquí escrito y no volvería a escribir un diario nunca más, pero sucede que desde hace algunos días, y por proposición de un buen amigo, he comenzado con esto y considero que es demasiado temprano para abandonar. Me gusta observar a la gente. A veces pienso que somos como aves que se posan por segundos en determinado lugar y luego vuelan hacia otro, que las mesas en un café o los asientos en la biblioteca de la universidad, son como ramas sobre las cuales nos posamos, nos detenemos por un momento y luego alzamos vuelo. Al mismo tiempo que pienso en esto, pienso también en lo que pasó la noche del domingo 9 de Junio, anteayer, en la aldea de Sobame Da en la región central de Mali. Pienso en eso y me digo que sí, que somos como aves que se posan por segundos en determinado lugar, pero que somos incapaces de ver la belleza del cielo sobre el que volamos, o peor, somos aves que no merecemos el cielo en el que desplegamos las alas, tampoco merecemos las alas. Pienso en Sobame Da y creo que no merecemos nada, y menos compararnos con tan hermosa especie como las aves.

      De vuelta a casa ya no quiero encontrarme con nadie y de pronto, sin darme yo cuenta, alguien, a quien hace mucho no veo, se acerca a saludarme.


Julio Dalton Guevara