jueves, junio 13, 2019

TALLER DE ESCRITURA: UN LUGAR




Primero pensaba que podría ser el café del barrio pero ahora no. ¿Cuándo un lugar se vuelve narrable? Cuando existe la voluntad de narrarlo. Nunca he escrito sobre un lugar aunque siempre escriba sobre lugares que conozco, sucede que los lugares sobre los que escribo son una mezcla de lugares, nunca un lugar. Un lugar, lo pienso ahora, se vuelve narrable cuando en él se tiene intimidad. Los lugares en los que uno se encuentra con uno mismo. Eso puede suceder en cualquier lugar, podría decirse, no hace falta un lugar en especial para encontrarse con uno mismo, de hecho cualquier lugar es bueno para eso. Solo poseo fragmentos de lugares, collages de imágenes, olores, sonidos, sensaciones. Miro a mi alrededor con la intención de narrar el lugar donde me encuentro pero nada sale. Todo puede describirse pero no todo puede narrarse. El lugar en el que me encuentro ahora, por ejemplo, sería más fácil narrarlo en la ficción, es decir si no fuera yo quien se encuentre en medio de todo esto. Un lugar, ¿Es necesariamente un espacio físico? Hay lugares a los que me gusta ir de vez en cuando pero eso no los hace narrables, una banca en el jardín publico, un asiento en el transporte urbano, el restaurante del barrio, el café, sí, son lugares donde me siento a gusto pero no es suficiente para que ahora mismo me ponga a escribir sobre ellos, no me sale hacerlo. Quiero tanto poder escribir sobre un lugar, quiero tanto tener un lugar sobre el cual poder escribir y no sé si alguna vez lo tuve. Una vez escribí sobre una ventana, hace muchos años, estaba en mi habitación mirando la ventana abierta y me puse a escribir sobre ella y salió un cuento llamado sobre una ventana, pero una ventana no es un lugar, es algo que se observa. Para que un lugar sea narrable uno tiene que estar en él, sentir en él, ser parte de él y el lugar de uno. Lugares portátiles. Llevo conmigo, por ejemplo, el jardín en casa de mi abuela y el olor de los geráneos, la sala de casa en el barrio de mi infancia y el olor a cera de piso, la calle de mi primera juventud y el olor a tierra mojada. Cada lugar su olor y cada olor su recuerdo. Estoy lleno de lugares portátiles, todos narrables y amados, pero no tengo ahora un lugar físico sobre el cual poder escribir, porque intuyo que el ejercicio este está basado en escribir sobre un lugar físico que tenga relación con uno y yo no veo, no encuentro en mi memoria sensorial un lugar con el que esté relacionado de manera íntima. Porque es íntima la escritura, la narración nace de la intimidad entre el autor y su recuerdo, por eso la soledad de quien escribe. Un lugar físico e íntimo al mismo tiempo puede ser una prenda, la camisa que tanto me gusta por ejemplo, pero también puede ser una biblioteca o la ducha o el baño. Quiero escribir pero me sale espuma, decía Vallejo. La playa puede ser un lugar, pero qué playa si ahora que lo pienso todas las playas son iguales o por lo menos tienen los mismos ingredientes. Un abrazo puede ser un lugar, aunque no se pueda vivir abrazado a alguien todo el tiempo, una sonrisa puede ser un lugar, una mirada, la tibieza de una mano, un beso ¡Tantas cosas pueden ser un lugar! ¡Cuántos hermosos lugares donde estar! ¡Qué cantidad de maravillosos lugares he conocido sin darme yo cuenta! ¡Y cuántos otros todavía por conocer!

Pensaba escribir sobre un lugar, el café del barrio por ejemplo, y he terminado descubriendo tantos, y tan lindos, que ahora comprendo de dónde mi imposiblidad de cumplir con la idea inicial.



Ronald Vega - Pezo